La guerra de Siria se acabó

 

El plan fue un fracaso desde el principio: muchos insurgentes se pasaron con sus armas y dinero a las cada vez más pujantes organizaciones yihadistas; otros se negaban a combatir fuera de sus barrios o ciudades. Aún así, pudo haber funcionado: el esfuerzo bélico debilitó enormemente al régimen, que probablemente habría acabado colapsando de no haberse producido la intervención de Rusia en su apoyo en septiembre de 2015.

La llegada a la Casa Blanca de un Donald Trump indiferente selló el destino de la rebelión

Además, la irrupción del Estado Islámico un año y medio antes había alterado significativamente los cálculos de Estados Unidos y los países occidentales, que convirtieron la lucha contra el Daesh en su prioridad absoluta y trataron de que los grupos a los que patrocinaban dirigieran sus esfuerzos contra esta organización. Esto no gustó a muchos rebeldes, que preferían seguir combatiendo contra Asad. Washington acabó por encontrar a un socio más fiable: las milicias kurdas que, arrastradas a la guerra contra su voluntad, aprovecharon el conflicto para tratar de afianzar su autonomía en el norte del país, lo que les colocaba en un enfrentamiento a vida o muerte con los yihadistas por el control de esos territorios.

La llegada a la Casa Blanca de un Donald Trump más bien indiferente hacia Asad selló el destino de la rebelión: a los siete meses de haber tomado posesión, y ante la constatación de su ineficacia, el nuevo presidente decidió cancelar el programa de financiación de la insurgencia siria. Tras la desaparición de esos fondos, hasta entonces canalizados a través del MOC, Israel optó a finales de 2017 por seguir manteniendo a algunas de estas milicias en el sur, en un intento de impedir el establecimiento de fuerzas vinculadas a su archienemigo Irán junto a sus fronteras. Pero ni siquiera la chequera israelí ha podido impedir la victoria de Asad en Guta oriental y, ahora, el derrumbe del Frente Sur.

En Idlib, los rebeldes moderados son irrelevantes, hostigados por fuerzas islamistas

Hoy, lo que queda del ESL es una fuerza totalmente dependiente de Turquía, y como tal está lejos de ser un actor independiente, ocupada en combatir a los kurdos y en servir de punta de lanza a las tropas turcas en el norte de Siria. En Idlib, los rebeldes moderados son irrelevantes, hostigados por fuerzas islamistas como Ahrar Al Sham y más radicales como Hayat Tahrir Al Sham, el antiguo Frente Al Nusra creado por Al Qaeda. Fuera de eso, sólo quedan bolsas de resistencia yihadista en el sur, este y centro del país, y una zona norte bajo control kurdo a excepción de las áreas ocupadas por el ejército turco.

Lo que queda por delante es lo que, desde el principio, ha intentado vender Damasco: un Gobierno central y sus aliados enfrentados a una insurgencia meramente yihadista que busca imponer la sharía en el país. Un escenario que Asad ha contribuido a crear en gran medida, liberando de sus cárceles, por razones propagandísticas, a los presos yihadistas y enviándolos al norte para que radicalizaran la rebelión. El éxito ha sido innegable.

Es de esperar que el régimen dirija ahora sus esfuerzos contra Idlib, para erradicar de una vez por todas la rebelión. Cuando caiga este bastión –y lo hará, por pura lógica, ante la correlación de fuerzas-, el frente kurdo puede convertirse en la siguiente fase del enfrentamiento en Siria. Pero esa será otra guerra.

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Acerca del autor

Daniel Iriarte

@Danieliriarteo

Periodista y cineasta documental (Zaragoza, 1980). Vive en Madrid, donde trabaja en la...

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