Creación de la felicidad

 

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Los pasajeros del barco del primer viaje de Simbad el Marino llegaron a lo que pensaban que era una bonita isla. Allí descansaron e hicieron una hoguera antes de que el suelo comenzara a moverse y la isla resultara ser una gigantesca ballena. Todos se apresuraron por alcanzar el barco y ponerse a salvo. Algunos lo consiguieron, otros se ahogaron.

Pienso en las islas que se parecen a aquella isla-ballena por la sensación de peligrosidad y de amenaza de hundimiento que dan en esta era del calentamiento global e incalculables problemas ambientales. Basta con imaginarnos la cantidad de islas que sobrevivirá en las próximas décadas si las predicciones sobre el aumento del nivel del mar son ciertas y un buen número puede ser tragado por las aguas.

Adentrarse en Isla de Oro revela que el paraíso imaginado oculta un infierno en su interior

Pero más allá de estas suposiciones angustiosas las islas siguen sugiriéndonos un posible paraíso y puerto seguro alejado del estrés y del vertiginoso ritmo de vida. Sin embargo, ese paraíso encantador puede acarrear consecuencias infernales. Al respecto, se me viene muchas veces a la cabeza una isla que me ha llamado especialmente la atención por la belleza visual que me transmitía desde la distancia antes de descubrir con mis propios ojos que en realidad se trataba de una hermosura engañosa que amenaza con acarrear serios problemas y convertirse en un lugar nada agraciado. Me refiero a Gazirat el Dahab o Isla de Oro, una pequeña isla del Nilo situada a la altura del distinguido barrio cairota de El Maadi, en medio del curso del río.

Si divisamos la isla desde el margen derecho o izquierdo del río nos quedamos embelesados por el palmeral y la vegetación y sorprendidos por cómo ha podido mantener el sencillo modo de vida rural tal cual, sin contagiarse de la ciudad. De lejos, el lugar promete una naturaleza pura y un paraíso sin explotar. Lo cierto es que se trata de un hábitat rural cuyos habitantes viven de la agricultura, la pesca y la ganadería. Es, además, un lugar elegido por artistas para reflexionar y escapar del ruido y del bullicio.

Los visitantes se adentran en una brecha en el tiempo que separa la isla de la ciudad

Sin embargo, adentrarse en Isla de Oro y en su mundo particular revela que el paraíso imaginado oculta un infierno en su interior. La isla carece de hospital, escuela, policía y saneamiento. No cuenta con los servicios más básicos. Sus gentes se mueven en precarias barcas de madera, son víctimas de la pobreza, del abandono y de un analfabetismo del 90%. Sus habitantes piensan que la isla ni siquiera aparece en el mapa de Egipto. No exageran cuando se quejan del doloroso aislamiento y el evidente contraste de la vida en la isla con la de los barrios cercanos que dan al Nilo. Los visitantes se adentran en una brecha en el tiempo que separa la isla de la ciudad, en un lugar atrapado en épocas inmemoriales, en una zona al margen, invisible.

Posiblemente la situación de la isla no mejore con medidas similares a las aplicadas a islas más grandes en medio de océanos y mares, pero sin duda tiene atributos que llevan la esencia y la idea de isla. Me refiero a su capacidad de agrupar contradicciones, de oscilar entre la condición de infierno terrenal y paraíso deseado. El aislamiento y la tranquilidad que las caracteriza, la belleza de la vegetación, las playas y la naturaleza mágica puede estar relacionado con la desconexión del mundo, la dificultad de movimiento y la escasez de recursos naturales. La plácida extensión azul que las rodea y completa la estética de su escenario es a la vez la barrera natural omnipotente contra la que han luchado los antiguos hijos de las islas para someterlas y transformarlas.

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Mansoura Ezeldin
Escritora egipcia. Nació en el delta del Nilo en 1976. Tras estudiar periodismo en El...

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