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Boualem Sansal

 

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Desde la placa tectónica sur

Boualem Sansal | © Catherine Hélie / Ed. Gallimard (cortesía Alianza)

Boualem Sansal | © Catherine Hélie / Ed. Gallimard (cortesía Alianza)

 

Es ingeniero, y quizás de ahí le venga la mirada precisa, escudriñadora, crítica, sobre la sociedad que le rodea. La suya, la argelina.  Boualem Sansal (Theniet El Had, Tissemsilt, norte de Argelia, 1949) ha escrito más de una novela sobre la transformación de su país en un campo de batalla en el que ya solo parecen enfrentarse dos fuerzas tectónicas: militares dictatoriales e islamistas no menos dictatoriales.

Porque Sansal sabe que Argelia es más, mucho más que eso, y lo fue siempre: un lugar de mezclas de mil corrientes, como lo son todos los países de la cuenca mediterránea, todos. Precisamente es en ese choque de corrientes, o de encuentro de placas tectónicas históricas, sociales, ideológicas, en lo que reside la riqueza de esta parte del mundo. Así lo refleja el escritor – que publica en francés, pero nunca ha dejado de vivir en su tierra, pese a las amenazas que le puedan llover desde todos los bandos  – no solo en sus novelas sino también en las entrevistas que ha dado a M’Sur. A ellas se viene a unir ahora esta breve reflexión, cedida a la revista Caleta, sobre el Mediterráneo como trasfondo imprescindible de la sociedad ya planetaria.

[Ilya U. Topper]

Una historia telúrica y mágica

 

El Mediterráneo ha sido desde siempre un escenario de dramas y de fiestas. De sus dramas componía leyendas y religiones felices, mientras que sus fiestas más queridas terminaban siempre en tragedia y a veces en vendettas de gran crueldad. Ninguna región del mundo contará jamás con tantos ritos, templos y sacerdotes como la mediterránea, ninguna tendrá liturgias tan exuberantes, ninguna hará tantas guerras de religión y mártires.

¿De dónde viene todo esto? Quizá se deba a que el Mediterránero sea un lugar cerrado donde actúa lo telúrico y lo mágico desde que la placa africana y la placa europea chocaron con estrépito y delimitaron un espacio, crearon una especie de ruedo, el Mediterráneo, que no tiene más puerta de entrada que el minúsculo estrecho de Gibraltar y un estrecho cañón que un día convertieron en el Canal de Suez.

Es aquí, en el Mediterráneo, dónde se han creado los grandes panteones de los dioses  -egipcios, cretenses, fenicios, griegos, romanos, árabes, bereberes-, y las tres únicas religiones monoteístas del mundo. De esta promiscuidad de dioses y de hombres vinieron las guerras y las locuras más inverosímiles. En este sentido, el Mediterráneo nunca ha estado parado, no hay ninguna de sus tierras que no haya sido bañada en sangre.

Recordemos que el Mediterráneo es la única región del mundo que ha inventado esa cosa insensata: los juegos en el ruedo adonde iban los gladiadores, valientes, a morir por el placer de los dioses y los hombres. Salvo que haya un nuevo cataclismo que redibujara el mapa, la historia seguirá su trayectoria. Lo más grave es que el Mediterráneo se ha convertido en un cubo de basura, sus recursos se han esquilmado, sus pueblos han envejecido y se han empobrecido. Peor aún, esta región ya no cuenta nada en la historia del mundo.

Existe el riesgo de que el Mediterráneo, que ha sido la cuna de la civilización humana, se convierta un día en su tumba. Que a sus cementerios y sus museos, donde ya hay un montón de cadáveres y vestigios de bellísimas civilizaciones que se han lucido en la Atlántida, en Sumeria, Egipto, Grecia, Roma, Cartago, Tiro, Jerusalén, Bizancio, Andalucía, Estambul y Génova, vayamos a añadir los nuestros.

En vista de todo esto, podríamos decir: el Mediterráneo ha vivido. Pero no lo diremos: el futuro, como el pasado, es inmortal, y los hijos del Mediterráneo se han dispersado por toda la Tierra. Por tanto, el Mediterráneo se encuentra hoy en cualquier lugar del planeta.

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© Boualem Sansal. |  Traducción del francés: Mar Barbero [Primero publicado en Caleta, Diciembre 2015]

 
 
 
 

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