«Franco nunca habría permitido el destape de los hombres»

Clara Usón

 

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Clara Usón (Feb 2018) | © Edere Comunicación

Sevilla | Mayo 2018

La única condición que Clara Usón (Barcelona, 1961) pone para hacer la entrevista, es que se realice en algún lugar al aire libre para poder fumar. El cigarrillo es el único vicio que le queda de aquella juventud loca en la que, como muchos coetáneos suyos, coqueteó con las drogas y empezó a obsesionarse con el suicido. La memoria de aquellos años alienta su nueva novela, El asesino tímido (Seix Barral), que toma como motivo principal la precoz muerte de Sandra Mozarowsky, pionera del destape. Premio Biblioteca Breve por Corazón de Napalm, Nacional de la Crítica y Ciudad de Barcelona por La hija del Este, Usón es una de las autoras más solventes, y a la vez imprevisibles, de la narrativa española actual.

¿De qué es símbolo la figura de Sandra Mozarowsky, que también aparece en Daniela Astor y la caja negra, de Marta Sanz?

«El destape nos pareció un síntoma de libertad, una promesa de apertura y democracia»

No puedo hablar por Marta, que en esa novela hace un magnífico retrato del destape. A mí me llamó la atención que Sandra Mozarowsky muriera tan joven, con 18 años, por lo que no llegó a ser uno de los grandes iconos del destape. En mi caso tiene que ver con muchas cosas, creo que oí hablar de ella a través de un programa de Sánchez Dragó, en el que se hablaba de su supuesto vínculo con el Rey y su muerte extraña y trágica. Indagué y descubrí que éramos casi contemporáneas (ella nacida en el 58, yo del 61). Empecé a pensar en aquel fenómeno del destape, que nos asombró a las adolescentes de mi generación, que nos pareció en su momento un síntoma de libertad, una promesa de apertura y democracia.

¿No lo fue?

En el Franquismo, como en todas las dictaduras, como mejor se representa la opacidad del régimen y el hermetismo es tapando físicamente a las mujeres. Mi madre iba a misa tapada y con un velo, y en las películas le pintaban escotes a las extranjeras. La mujer tenía que ser casta y pudorosa. Y de pronto, en los 60, vemos que ese tabú se había levantado, había actrices que en las películas que primero enseñaban un pecho, luego dos, hasta que leíamos “Susana Estrada lo enseña todo en Interviú”, ¡hasta el pubis! Yo tenía 13 o 14 años y no daba crédito. Veíamos esta exhibición impúdica del cuerpo femenino como un modo en que el régimen nos decía que iban a cambiar las cosas. Y en efecto, esa exhibición vino acompañada de la democracia. Yo pertenezco a la generación que la estrenó, tenía 14 años cuando murió Franco.

Sandra apenas pudo disfrutar de aquella democracia, ¿no?

«Sandra solo tuvo dos tipos de papeles: o el de prostituta o el de víctima, virgen inocente»

Sandra murió en el 77, justo antes de que se aprobara la Constitución. Entonces se hablaba mucho de la mujer objeto, de la diferencia entre erotismo y pornografía… Era una niña de clase media que quería ser actriz, y a una joven española con esa aspiración no se le ofrecía otra oportunidad que hacer aquellas películas. Y eso hizo Sandra, empezó muy joven y trabajó muchísimo, desde Lo verde empieza en los Pirineos con un partenaire tan desconcertante como José Luis López Vázquez, que podía ser su abuelo… Se quitó el uniforme de colegio de monjas para hacer películas de destape. Así apareció en más de 20 películas, imagínate, y murió a los 18. En algunas tenía papeles pequeños, sin diálogo, porque en realidad estaba ahí para enseñar las tetas, hasta que poco a poco fue haciendo papeles más importantes. Pero solo tuvo de dos tipos: o el de prostituta o chica de alterne –hasta el punto de que ella misma dijo “hay que matizar mucho el papel de chica de alterne que empieza”–, o el de víctima, virgen inocente a la que vejan, maltratan, atan, violan y secuestran. Esos eran los dos papeles, la puta o la santa.

Hasta que le tocó ser, o parecer, la suicida en la vida real…

Esa muerte es lo que ha hecho quizá que sigamos acordándonos de ella. Fue muy oscura, enigmática, en tanto se nos dijo que estaba regando las plantas en el balcón de su casa a las tres de la mañana, una noche de agosto, y se cayó. Quedó en coma y ya no despertó. Pero da la casualidad de que las macetas estaban en el suelo, la barandilla le llegaba al codo, era imposible que se cayera haciendo algo para lo cual tenía que agacharse. No hubo ambulancias, la autopsia no se hizo pública… Claro, eso da pie a todo tipo de rumores, que yo tomo como tales.

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Alejandro Luque

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Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
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