Sistemas políticos

 

En el ámbito mediterráneo coexisten varias formas de organización política. Una división fácil pero superficial es la de distinguir repúblicas y monarquías. En las primeras, el máximo representante del Estado es determinado de forma cíclica por los ciudadanos, en las segundas, el cargo es hereditario. En la práctica, la diferencia puede ser nimia:  en muchas monarquías europeas, el máximo cargo es meramente representativo y no tiene la función de ejercer poder real. Y existen repúblicas donde el presidente no sólo se ha eternizado en el poder sino que incluso nombra como sucesor a sus familiares.

Mayores consecuencias prácticas tiene la diferenciación entre democracias y dictaduras. Se podría definir una democracia como un sistema donde los ciudadanos tienen capacidad de reemplazar a los dirigentes mediante cauces pacíficos previstos – normalmente elecciones celebradas cada cuatro o cinco años – mientras que una dictadura sería un sistema donde este cambio es percibido como imposible, y dónde sólo la muerte natural del dirigente, un golpe militar o una rebelión masiva puede suscitar un cambio.

La distinción es gradual porque numerosas dictaduras intentan mantener una fachada democrática y porque incluso en las democracias, el rumbo político no depende únicamente del voto de los ciudadanos sino también en mayor o menor medida de poderes extrapolíticos, como grandes conglomerados empresariales, bancos o incluso mafias.

Por otra parte, no todas las dictaduras ejercen el mismo grado de represión política, y puede haber sistemas formalmente democráticos que con el respaldo de la mayoría oprimen ciertos colectivos étnicos, religiosos o sociales.

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