«El Marrakech de hoy no tiene nada que ver con el de hace 30 años»

Harry Gruyaert

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 13 Jun 2009

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Harry Gruyaert (Sevilla, 2009) |  © Javier Díaz / El Correo de Andalucía
Harry Gruyaert (Sevilla, 2009) | © Javier Díaz / El Correo de Andalucía

‘El exotismo de lo cotidiano’: así, con una paradoja aparente, define Brice Mathieussent el trabajo del fotógrafo belga Harry Gruyaert (Amberes, 1941), un hombre de la agencia Magnum que ha hecho de Marruecos su modelo más recurrente. Recientemente pasó por la Fundación Tres Culturas de Sevilla con una colección de imágenes similar a la que inauguró la sede dicha institución en 2002, y allí volvió a insistir en que su enfoque no es sociológico, ni antropológico, y mucho menos periodístico: se considera un buscador de luces y de colores, un cazador de instantes que tiene al azar como mayor aliado.

La paradoja –otra vez– es que ante sus instantáneas no podemos evitar preguntarnos dónde se encuentran esos lugares, quiénes son esas personas, qué ocurrió antes y después del disparo. Su visión de Marruecos, entre otros lugares del mundo, no es, pues, algo cerrado y completo, sino una permanente invitación a la curiosidad.

La fascinación por Marruecos, ¿vino progresivamente, o fue amor a primera vista?
Fue un amor a primera vista, y muy intenso. Fue también la única vez que he trabajado por encargo, y se lo debo todo al azar. Había un barco en aquel tiempo que comunicaba Sète con Casablanca. Un amigo me convenció para embarcarme, hacer algunas fotos y usarlas para un díptico publicitario de la línea. Una vez en tierra, cogí un cochecito, y al instante me enamoré del país. Al regresar sólo pensaba en una cosa: volver cuanto antes. Me compré una furgoneta Volkswagen y desde entonces pude moverme sin necesidad de hotel. Volví no sé cuántas veces…

¿Pero recuerda su primera impresión de Casablanca?
Claro, recuerdo sobre todo la calidad de la luz, la vestimenta de la gente, una fuerte sensación de estar volviendo cien o doscientos años atrás. Y la unidad, como si todo fuera la misma cosa: había tal fusión entre los seres humanos y la Naturaleza… También me impresionó la fuerza de los colores, y la manera en que el paisaje cambia constantemente, del Atlas al Sáhara, del Sáhara al Mediterráneo. Una diversidad increíble en muy poca distancia.

Con más de 30 años de trabajo, ¿cuál es su perspectiva, de qué modo cree que ha cambiado el país?
Es algo que se verá muy bien en mi próxima exposición. En este momento me interesa explorar las zonas urbanas, y la gente está ahora mucho más en las ciudades. Pero todo ha cambiado, en parte debido al turismo. El Marrakech de hoy no tiene nada que ver con el de hace 30 años.

¿Y la gente, percibe cambios en los vecinos?
Todo cambia, todo. Cuando yo empecé a viajar a Marruecos, lo que me gustaba era la impresión de que todo seguía igual, aunque pasaran tres años entre una visita y la siguiente. Para mí era como regresar a mis antiguas fotos. Mira, una vez hice en Asila una foto que me gustaba mucho, con unas sombras proyectadas en la pared y un señor mayor pasando por allí con un turbante rojo en la cabeza. Dos o tres años después, volví y allí estaba el mismo señor, en el mismo lugar, con las mismas sombras… Dije: “¡Es mi foto!”. Luego entendí que era el mismo momento, en Ramadán, y todo coincidía, la hora, la vestimenta… Me temo que ahora es más difícil que esas coincidencias ocurran.

La presencia de un europeo con cámara en ristre, ¿suscitaba a su alrededor curiosidad, o rechazo?
A menudo trabajo muy rápido, pero también suelo quedarme sentado en el mismo lugar, durante mucho tiempo, esperando a ver qué cosas ocurren. Es difícil no ser tomado por un turista, y no es beneficioso: por lo general los turistas no tienen tacto a la hora de hacer fotos, sobre todo con las mujeres, a quienes muchas veces no les gusta que las retraten. Por otra parte, tengo una instantánea hecha en Marrakech en 1975, en un festival, de unas chicas que se escondían de la cámara y al mismo tiempo se reían como locas. Sentí que era un juego parecido a esconderse y seducir, o coquetear, a la vez.

¿El hecho de que los rostros estén casi siempre escatimados en sus imágenes responde a algún tipo de pudor o de respeto en ese sentido?
En realidad no soy fotógrafo humanista, no es la gente lo que más me interesa. Pienso que en la fotografía en color, el color tiene que ser lo primordial, con la luz. No quiero decir que la gente no pinte nada, claro que es importante, pero lo que tiene que resaltar es el conjunto.

¿Alguna vez tuvo algún problema en aduanas, o con la policía?
No, ninguno. A pesar de estar en Magnum, yo nunca me consideré periodista, y tampoco me ocupé nunca de la política, lo cual facilita mucho las cosas, supongo.

¿Cómo evitó caer en el exotismo fácil, en la tentación de los tópicos efectistas?
Por supuesto, el exotismo es una trampa, y es difícil sortearla, porque a veces encuentras cosas que son muy seductoras a primera vista. Creo que para dar una foto mía por buena, la composición debe ser muy fuerte, y que aguante en el tiempo. A menudo miro las fotos durante meses, incluso años, y no es raro que tire alguna que hasta entonces me parecía valiosa.

¿Cómo han sido sus exposiciones en Marruecos? ¿Qué ha recibido de esa, digamos, mirada de vuelta?
Esta misma exposición ha viajado bastante, estuvo en Essaouira, en Rabat, en Tánger, en los centros culturales franceses… En total, serán cinco o seis las veces que la he mostrado allí. Hay que partir del hecho de que quien acude a ver estas exposiciones no es el bereber del Atlas, es gente cultivada y con el ojo educado. Recuerdo que hubo intercambios de ideas interesantes, y hasta discusiones en la radio con tonos de voz altos, lo mismo que en los libros de firmas, donde había comentarios elogiosos, y otros muy críticos…

¿Qué decían las críticas?
Bueno, no todo el mundo entiende que no es una visión de Marruecos desde dentro, sino la visión de un extranjero. Es una mirada completamente subjetiva, y ésa es la intención. En ningún caso quiere ser un trabajo periodístico, porque ni siquiera me fío de la objetividad fotográfica. En una revista tal vez pueda funcionar muy bien eso, pero mi obsesión es el artista, me interesa la persona que se proyecta sobre el objeto. Hace poco estuve en Madrid viendo la retrospectiva de Bacon, quien decía en una entrevista que el retrato que Rembrandt ha hecho de alguien nos da mucha más información sobre Rembrandt que sobre el modelo en cuestión. Eso es lo que me mueve. Mira, yo andaba por Asila, vi una pared que me llamaba la atención y a una mujer apoyada en ella. Me senté y esperé dispuesto a hacer una foto rápida. Creo que ella se dio cuenta de mis intenciones, se levantó y se dio la vuelta, mostrando ese niño que entonces me pareció un regalo enorme. Estoy siempre a la búsqueda del momento excepcional. Espero a que ocurra algo y le dé una tensión a la foto, ese plus que la convierte en algo poderoso.

¿Se acompaña en los viajes de lecturas, de alguna referencia?
No, no, he leído muchas cosas, pero mi manera de trabajar es no pensar en nada, dejar todo lo que sabes a un lado. Las referencias están en mi cabeza, pero allí intento no tener ningún concepto. Otros fotógrafos trabajan más el concepto, pero no es mi caso.

Uno de sus pocos ilustres retratados fue el escritor Mohamed Chukri. ¿Cómo fue la experiencia de trabajar con él?
No suelo hacer retratos, en efecto, pero me gustó la experiencia. Por entonces ya estaba muy alcoholizado, pasé varias noches con él, en compañía de unas amigas suyas, me llevó a su casa… Bueno, todo aquello era más bien fuertecillo. Era un hombre muy autodestructivo, pero te llegaba. Vivió, desde luego, pero a costa de pasar por cosas terribles. Y como modelo, lo vi muy cómodo ante la cámara, como si yo no existiera.

Ha viajado por otros muchos países del Mediterráneo. ¿Marruecos es para usted único, o tiene un aire de familia con otros lugares?
Siempre hay cierto aire de familia, pero Marruecos es muy diferente, incluso a sí mismo. Es muy distinto a Túnez, que también me gusta. En Argelia, en cambio, nunca me he sentido muy cómodo, siempre he tenido problemas allí. Egipto sí lo adoro: tan grande, tan caótico, y con una cultura que viene de mucho más lejos…

Después de más de 30 años retratándolo, ¿es inagotable Marruecos?
Por supuesto, todo continúa y yo volveré seguramente, pero también sé que en algún momento hay que poner el punto final. He trabajado mucho sobre las ciudades, Tokio, Shanghai, Nueva York, hago cosas diferentes sobre amores diferentes. Me gusta cambiar, lo nercesito. Si hacemos siempre lo mismo, se vuelve una costumbre y pierde todo su encanto. Por ejemplo, una de las cosas que más difíciles me resultan es hacer fotos de París, porque vivo allí y todo me parece normal. Hay que intentar no caer en situaciones familiares, estar libre, solo, y no dejar nunca de ser curioso.

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