La última batalla de Aminatu Haidar

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Daniel Iriarte

@Danieliriarteo

Periodista y cineasta documental (Zaragoza, 1980). Vive en Madrid, donde trabaja en la sección internacional del diario El Confidencial , después de una década como corresponsal en Asia y el Mediterráneo, los últimos cinco años en Turquía.

Publicado el 10 Dic 2009

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No es la primera vez que Aminatou Haidar se encuentra en circunstancias difíciles. “Durante mi primer arresto fui sometida a todo tipo de torturas”, me contaba, sin inmutarse, el día que nos conocimos. Sólo se le quebró la voz cuando mencionó los tormentos de otros. “Había un hombre que se negaba a decir que el Sáhara es marroquí. Pasó toda una semana bajo tortura. Y su madre, una anciana, escuchaba sus gritos…”.

Aminatou es de esas personas cuyo coraje impresiona. Como el de Hamed Hamat. Como el de Brahim Noumría. Activistas saharauis a quienes conocía de mi segundo viaje al Sáhara Occidental, tres meses antes de la intifada saharaui de 2005. En aquellos días me llegaron las noticias de su arresto, y las imágenes de las palizas a las que la Gendarmería Real les había sometido. Las fotos de la cara amoratada de Aminatou me impresionaron enormemente. Es extraño cuando torturan a alguien que tú conoces.

Meses después, Aminatou salió de la cárcel y vino a Madrid, invitada por la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, donde volví a encontrarla*). Seguía siendo la mujer valiente, de hablar suave e ideas contundentes. Acababa de pasar por un período terrible, pero nadie lo hubiera dicho. No había una nota de odio o rencor en sus palabras, sólo una firme convicción al afirmar la justicia de su causa. Como ahora.

Los activistas saharauis llevan a cabo una pelea impecable: ni un solo acto de violencia, sólo palabras

Esta puede ser la última batalla de Aminatou. Me gustaría pensar que la va a ganar. Pero Marruecos ha demostrado ser un oponente duro, de los de “o jugamos como yo quiero o rompo el tablero”.  Poco importa la muerte de una sola mujer cuando está de por medio la razón de estado (algo que parece pensar también el gobierno español, con una diferencia: lo que en Marruecos es puro tesón, en España es cobardía. El gobierno español no sabe si le aterroriza más presionar a Rabat o que se les muera Aminatou en suelo patrio). Y en ese sentido, no soy optimista: tal vez Aminatou gane. Pero si no lo hace, morirá. No va a rendirse, eso seguro.

Los activistas del Sáhara Occidental, amén de andar cargados de razón, llevan a cabo una pelea impecable: ni un solo acto de violencia, ni una sola agresión, ni una venganza contra los torturadores. Solo palabras, manifestaciones, una voluntad férrea que ni las mazmorras ni las torturas marroquíes parecen capaces de aplastar. Y aún así la comunidad internacional ignora su lucha.

¿Les iría mejor a los saharauis, tendría más apoyo internacional su causa si en lugar de manifestarse frente a la Cárcel Negra de El Aaiún y ser arrestados les diese por poner bombas? La gran paradoja es que, probablemente, no.

Al final, Aminatou parece haber encontrado la fórmula, pero para ello ha tenido que recurrir al más extremo acto de violencia, el que uno lleva a cabo contra sí mismo al dejarse morir. Dejando claro, eso sí, que la culpa es de otros.

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