El velo exhibicionista

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 20 Ene 2010

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La república contra el burqa. Siete meses de debate en el Parlamento francés, ochenta expertos invitados, un resumen de 600 páginas… y una resolución de 16 puntos sin valor legislativo, que no aclara la cuestión: ¿se prohíbe o no se prohíbe llevar el velo integral en Francia?

El velo integral: la comisión ha elegido esta definición en lugar de burqa, niqab u otros términos equivalentes. Aquella tela que cubre a una mujer de manera que no se le puede ver la cara. Una prenda habitual sólo en Arabia Saudí, por orden gubernamental, y en el Afganistán de los talibanes. Es decir, en el país en el que nació la secta wahabí y el país en el que se impuso en los noventa gracias al dinero norteamericano. En los últimos veinte años, también se ha impuesto en Yemen.1)

He dicho secta. No es exacto clasificar de “fundamentalistas” a quienes llevan el niqab o exigen llevarlo: no tienen fundamento. La corriente wahabí, nacida en el interior de la Península Arábiga en el siglo XVIII, difunde una interpretación estricta del islam desconocida en el resto del mundo hasta bien entrado el siglo XX y, pese a predicar un “retorno al islam original”, es inaudita en la larga historia de las culturas musulmanas (usamos el término ‘wahabí’, aunque sus seguidores lo rechazan: aseguran, por supuesto, que se trata del único islam verdadero).

Únicamente Europa considera “tradicional” el velo islamista

Al menos este punto quedó aclarado ―y ya era hora― por la comisión parlamentaria francesa: llevar un niqab en Francia no significa mantener una tradición sino adherirse a una ideología religiosa de nuevo cuño. Unas 1.900 mujeres en Francia salen a la calle completamente tapadas. Probablemente ninguna haya visto a su madre llevar niqab: la cuarta parte son conversas; dos de cada tres tienen la nacionalidad francesa; la mitad de éstas nació ya en Francia, el 90% es menor de 40 años 2). Y en el Magreb, de donde es oriunda la inmensa mayoría de los inmigrantes musulmanes, no existe la idea de que la religión exija ocultar el rostro de la mujer.

En resumen: comparar el velo integral a tradiciones chocantes o nocivas es confundir. El niqab no es una tradición. Es el símbolo de una ideología y, en concreto, una ideología integrista.

Utilizaremos aquí la útil distinción entre fundamentalismo e integrismo, propuesta por la periodista francesa Caroline Fourest: fundamentalista es quien se recluye para vivir una religión de una forma estricta, como las sociedades amish en Norteamérica; integrista es quien intenta difundir esta visión religiosa con el fin de que, en algún momento, toda la sociedad se atenga a estos valores 3) .

La corriente wahabí predica su visión a través de canales de satélite, en internet, en las mezquitas, y donde tiene el poder la impone por ley. Es un movimiento político. Y el niqab no es otra cosa que el uniforme femenino del ala más radical de este movimiento. O, en palabras de la filósofa francesa Élisabeth Badinter: “Las mujeres han sido instrumentalizadas para convertirse en el estandarte bien visible de la ofensiva integrista” 4).

Desde luego, no sólo las mujeres que llevan niqab. Aunque menos chocantes, menos espantosos a primera vista, el chador iraní, que cubre toda la mujer exceptuando el rostro, y el hiyab, que sólo enmarca la cara y cubre el escote, son variantes de la misma bandera y proclaman una ideología similar: la de marcar el cuerpo de la mujer como un elemento que es necesario acotar en público. Y esto es algo que en Europa se tiende a ignorar.

¿Respeto a la diversidad?

Observamos el cortometraje Hiyab del alicantino Xavi Sala (2005): Presenta a una colegiala adolescente con hiyab a la que una profesora intenta convencer con una batería de argumentos a favor de la laicidad para que se quite el velo. El filme termina con Fátima a pelo descubierto y un recorrido visual sobre la veintena de alumnos y alumnas que la esperan en clase, cada uno ataviado con otro tocado: gorras, diademas, cintas, pañuelos palestinos…

Probablemente, la intención del corto es suscitar la reacción que mayoritariamente suscita: obligar a alguien a quitarse el velo en el colegio, mientras se permita todo tipo de tocado, es una discriminación y que se debe respetar la forma en la que cada uno quiera presentar su cabeza.



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Esta conclusión revela una profunda ignorancia sobre la naturaleza del velo. Nadie duda de la carga ideológica del hiyab en Marruecos o Siria. Sólo en Europa se le atribuye un valor “tradicional” (lo que es falso) o “religioso” (lo que significa dar por buena la usurpación de la religión por parte de la secta wahabí).

Aclaremos términos. En todas las culturas, desde Escandinavia hasta el Sáhara, las mujeres campesinas han utilizado trajes tradicionales que incluyen un pañuelo. Éste normalmente se ata en la nuca, deja libre el escote y, sobre todo, se puede quitar: protege contra el sol, no contra las miradas masculinas. Conforme se ha ido abandonando la vida tradicional en el campo, también el pañuelo ha sido reemplazado bien por el tocado específico de una profesión (jueza, cocinera, médico, azafata…), bien por el peinado, gorro o sombrero que cada mujer decida individualmente.

Algunas mujeres mayores de origen magrebí en Europa llevan un pañuelo tradicional que puede ser muy similar a un hiyab. En algunas zonas de Marruecos existen trajes tradicionales (haik) similares al niqab. No son objeto de la polémica, porque comparten una característica: se pueden y se suelen abandonar en cuando desaparecen las circunstancias (sol, viento, calor) que aconsejaban su uso en el pueblo. Nadie lleva un haik cerrado para tomarse un café en París.

Nadie excepto aquellas mujeres que han convertido un traje determinado en un símbolo ideológico que exhiben cual bandera de una condición concreta, que las distingue de todas las demás. Un niqab, incluso un hiyab, en Madrid, París o Casablanca, no evita las miradas: las atrae. Provoca. Manifiesta una ideología. Y ésta va, por supuesto, mucho más allá del simple hecho de tapar determinados centímetros de la piel o el pelo.

El hiyab, tal y como lo defienden los telepredicadores wahabíes de medio mundo, desde Amr Khaled (antes Egipto, hoy Inglaterra) hasta Yusuf Qaradawi (Arabia Saudí) o Tariq Ramadan (Suiza), señala que su portadora respeta una serie de normas sociales: evitará dar la mano a un hombre, evitará quedarse a solas en una habitación con un hombre (exceptuando familiares), no bailará con chicos, y por supuesto obedecerá al marido, una vez casada. El hiyab no es una moda ni una adorno particularmente exótico sino una expresión de una actitud ante la vida. Una actitud cortante: cuando una chica velada entra en una reunión de mujeres musulmanas, las risas se apagan de golpe 5).

Esta ideología es totalitaria. Sobre todo en Europa, donde se ha adoptado en su forma más pura. En los países de tradición musulmana, los usos y costumbre se imponen sobre las supuestas normas religiosas y actúan de contrapeso. En Europa, muchos jóvenes crecidos en el seno de las ‘comunidades musulmanes’ (inmigrantes de segunda o tercera generación, conversos) rechazan los códigos europeos pero desconocen los de sus padres o abuelos (que no eran tan distintos) y se entregan al modelo difundido por los telepredicadores wahabíes, cuya presencia es ahora completada por internet.

En los barrios en los que son mayoría imponen este modelo ―la sumisión de la mujer al hombre y la separación de sexos― a través de amenazas, palizas, violencia y, ocasionalmente, asesinatos. Son sobre todo los jóvenes quienes ejercen esta presión sobre sus hermanas o, simplemente, todas las chicas de su edad y su barrio 6).

Por supuesto, no todas las mujeres o chicas que llevan hiyab se adhieren a esta ideología. Diferenciemos cuatro grupos:

―Las chicas que deciden respetar una conducta devota, ya sea por convicción espiritual, ya sea por admiración a alguno de los telepredicadores, cuyos clubs de fans se asemejan a los de los actores para quinceañeras 7). Para ellas es un símbolo religioso.
―Las chicas que llevan el hiyab como reivindicación de una supuesta ‘identidad islámica’ y que, sin querer adherirse a sus normas sociales, sí se quieren solidarizar con quienes siguen estas normas. Para ellas es un símbolo político.
―Las chicas que recurren al hiyab para evitar ser el blanco de las miradas en una sociedad que mayoritariamente lo lleva, o que lo utilizan para fingir cierta devoción, bien para evitar el acoso verbal en la calle, bien para desviar las sospechas sobre su modo de vida. Para ellas no es un símbolo sino una herramienta para no tener que asumir abiertamente una conducta más libre.
―Las chicas que llevan hiyab porque sus padres, madres, hermanos o maridos las obligan. Para ellas es una opresión.

Es obvio que adoptar el hiyab para no tener que dar explicaciones a una sociedad que mayoritariamente lo impone aliviará temporalmente a quien se pliega a la norma, pero no hace más que reforzar la presión sobre quienes se niegan a seguir este modelo. Una vez generalizado el hiyab gracias a la desidia de quienes simplemente quieren tranquilidad, no llevarlo se convierte en imposible. Es entonces cuando llega el siguiente paso: se difunde el niqab para quienes quieran proclamar su condición de ‘buenas musulmanas’ frente a las demás, ya uniformadas con el hiyab. Esta fase se puede observar hoy en Egipto, donde el debate sobre el derecho a llevar niqab en la universidad corresponde al debate sobre el hiyab en Turquía.



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En otras palabras: Quien adopta el hiyab por convicción se hace abanderada de una ideología totalitaria. Quien lo adopta por comodidad, se hace cómplice.

Volvamos a Fátima, la chica del cortometraje Hiyab. ¿Qué ocurre si se le permite mantener en clase su velo, bajo el argumento de que “forma parte de su religión”? ¿Qué ocurre si al día siguiente afirma que la misma religión le impide coger a un chico de la mano en clase de deportes o en un taller de teatro? ¿Que no debe participar en la clase de natación? ¿Que debe salirse de la clase de música si se pone rock en lugar de sinfonías? ¿Que no puede entrevistarse con el director sin la presencia de una profesora? ¿Que para hacer una pregunta en clase debe escribirla en un papel porque no quiere alzar la voz en presencia de hombres para no excitar su líbido? (También este último detalle es verídico: hay estudiantes en la Universidad de El Cairo que intentan emplear este sistema en el aula 8).

Ninguna chica ha sido golpeada o amenazada por no llevar minifalda. Por no llevar velo, sí

Tal vez la tímida y retraída Fátima del cortometraje no sepa nada de esto y, como muchas defensoras del hiyab en Europa, se limite a reivindicar la libertad de vestir como parte fundamental de las libertades ciudadanas, confundiendo voluntariamente el velo con una prenda cualquiera. Incluso la actriz española Farah Hamed ―por supuesto no velada― despacha el debate con la boutade: “El velo es en el islam lo que la talla 38 en Occidente”, reduciendo el debate a una especie de mandato estético 9). Otros señalan la minifalda como equivalente occidental del hiyab.

Pero no consta que ninguna chica, desde Odessa a Lisboa, haya sido golpeada por negarse a llevar minifalda o por no enfundarse en un pantalón de la talla 38. Ninguna ha sido encerrada por su familia, multada por los agentes de la autoridad, encarcelada por el juez, azotada, quemada viva, asesinada, por negarse a seguir los dictados de la moda. Por negarse a llevar el hiyab, el chador, el niqab, el burqa, sí. Poner en pie de igualdad la minifalda y el hiyab es cinismo.

La libertad de vestir debe valer para todos. Y las chicas de la banlieue, la periferia de las grandes ciudades de Francia, convertida en guetos dirigidos por jovenes franceses de raíces magrebíes e ideología wahabí, no tienen libertad de vestir. No pueden llevar falda 10). Adoptar el modelo impuesto por ellos no es ejercer una libertad individual. Es colaborar con el carcelero.

¿Prohibir no no?

Hoy nadie discute ya en Francia que la ley de 2004 que prohibía el porte de “símbolos religiosos ostensibles” en los colegios fue un acierto. El número de alumnas que prefirieron abandonar el colegio no ha alcanzado en total dos centenares 11). La ley ha respaldado a las chicas para las que el hiyab fue una imposición mientras que a las voluntariamente veladas les ha tenido que demostrar que la ausencia de aquel trozo de tela no cambia la forma en la que son tratadas por los chicos: no se convierten de repente en putas (el cometido de la escuela es formar, no perpetuar la ignorancia).

Pero el debate del Parlamento francés, cerrado en falso el pasado 27 de enero con una declaración aguada, no se refería a los colegios ―establecimientos con potestad para imponer una serie de normas, por ejemplo la obligación de sentarse en clase y estudiar― sino al espacio público. ¿Se debe prohibir portar el niqab en la calle?

Adoptar un modelo impuesto no es ejercer una libertad individual. Es colaborar con el carcelero

Aclarado que el niqab no es una tradición entre las mujeres que lo llevan, y que sólo es defendido como obligatorio o aconsejable por una secta concreta, y denostado o desconocido por la inmensa mayoría de los musulmanes, la pregunta se plantea en otros términos: ¿se debe prohibir la exhibición de un símbolo político?

En Alemania y Polonia, sí: la cruz gamada está prohibida. En Francia y España no: llevarla se considera de mal gusto, pero no es un delito.

Prohibir el velo integral en Francia causaría un enorme revuelo, no por el número de mujeres afectadas sino porque la ley sería aprovechada por telepredicadores wahabíes de todo el mundo para denunciar la “islamofobia” de Francia, vincularla a la reciente creación de un ministerio de Identidad National y exhortar a las mujeres a llevar el chador o el hiyab, en defensa de la (pretendida) “identidad musulmana”. Esta respuesta se intuye en declaraciones como las de Tariq Ramadan, que conceden que el burqa ― “a diferencia del hiyab”― no es obligatorio. Es decir: renunciamos al burqa pero exigimos que el hiyab se admita como obligatorio para las musulmanas.

Algunos activistas laicos de origen magrebí van, por ello, más lejos: piden prohibir todo símbolo totalitario religioso o político en la calle. Desde el burqa hasta el hiyab, incluyendo, por supuesto, los símbolos integristas cristianos y judíos. No obstante, una prohibición del hiyab es imposible: la policía debería empezar por definir qué exactamente es un hiyab y qué no, cuantos centímetros de tela son multables… Acabaría convirtiéndose en el reflejo inverso de la policía de la moral iraní. Promulgar la ley sólo para expresar el rechazo público a este símbolo no tiene sentido: una ley imposible de aplicar es peor que no tener una ley.





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Es por eso que Caroline Fourest, la periodista que desenmascaró al telepredicador wahabí Tariq Ramadan 12), propone otra vía: favorecer que las alcaldías elaboren normas municipales que, en aras de la seguridad ciudadana, impidan mostrarse con la cara enmascarada fuera de la época del carnaval.

Ha habido ya algunas iniciativas de este tipo y tienen dos ventajas: por una parte no ofrecen el inmenso trampolín publicitario de una ley nacional, por otra desvinculan el niqab completamente de la esfera religiosa ―en la que sólo una secta puede encuadrarlo― y lo reconducen a la simple cuestión de que absolutamente todos los seres humanos reciben un nombre al nacer y se identifican como individuos al relacionarse con los demás. Quien rehuye esta norma de convivencia, exceptuando determinados ritos (Carnaval, Semana Santa), quien niega dar la cara, se coloca fuera de la legitimidad, se reconoce delincuente.

El rol social que el wahabismo adjudica a la mujer es el de delincuente

De hecho, el rol social que el wahabismo adjudica a la mujer es el de delincuente. Su presencia en la esfera pública, en igualdad de condiciones con los hombres, se llega a considerar motivo de fitna: disputa, caos, guerra. Cuando se encuentran un hombre y una mujer solos, aseguran algunos teólogos, el diablo es el tercero. Es decir, la sola presencia de la mujer se equipara al delito en esta lógica sectaria (la solución propuesta nunca es ocultar o encerrar al varón).

Algunos llegan más lejos: disfrazan a niñas de seis, ocho o diez años con el hiyab. Teológicamente es un despropósito: un niño, dado que no comprende este tipo de actos, no debe rezar ni ayunar en ramadán ni tomar otros votos religiosos. Velar a una niña sólo certifica el exhibicionismo ideológico de sus padres. Es más: dado que la justificación del hiyab en el islam es que sirve para ocultar los encantos de la mujer y no incitar al hombre a pensamientos sexuales, la decisión de velar a las chiquillas es poco más que una apología de la pederastia.

La complicidad de Europa

Una progresiva prohibición municipal del niqab desde luego sólo combatiría el síntoma más extremo del totalitarismo wahabí. No haría nada por atajar la raíz del problema: la difusión mundial de una ideología política que pretende imponer el Corán ―en realidad, la interpretación que algunos teólogos hacen del Corán― por encima de las constituciones de los países en los que viven sus seguidores.

Esta ideología es en gran parte un fenómeno europeo, si bien financiado desde Arabia Saudí y los países del Golfo. Pero numerosos telepredicadores ―como Amr Khaled― encuentran en Europa, sobre todo en Inglaterra, la libertad de prédica y el suelo fértil para hacer adeptos que no tienen ni siquiera en países tan conservadores como Egipto, y mucho menos en el Magreb.

Durante décadas, los gobiernos europeos han aceptado que el islam proclamado por los imames inmigrantes o conversos correspondía, efectivamente, a las creencias de la población inmigrante magrebí, turca o siria. Algo que equivale a aceptar a un predicador de los testigos de Jehová como representante de la población católica.

Europa ha entregado a los imames un poder social que jamás tuvieron en el Magreb

Los aceptaron y los fomentaron: subvencionando asociaciones musulmanas dirigidas por ideólogos integristas (la FEERI y la UCIDE en España, la UOIF en Francia, la UCOII ialiana…) e invitándolos a debatir sobre la integración de los inmigrantes. Otorgando a los religiosos un poder que éstos jamás ostentaron: en el Magreb, origen de las personas que ahora se encuentran colocadas bajo su tutela, muchos pueblos no tienen siquiera mezquita y el imam, si existe, no tiene ningún papel relevante.

Este enaltecimiento del imam por parte de las autoridades europeos llega hasta el punto de que la alcaldía de Amsterdam negó a una mujer nigeriana el permiso de crear un proyecto social para mujeres… tras consultar con el imam del barrio, opuesto a la idea 13).

Paso a paso, los imames han ido empujando la frontera de lo que los europeos consideran el “islam normal”. Ya han conseguido hacer creer que el hiyab forma parte de la vestimenta habitual. Ahora se registran nuevas demandas, si bien ―aún― aisladas: que el comeder de una empresa no sólo sirva menús sin cerdo sino que además, éstos no se pongan juntos a los demás; que las camareras sirvan con los brazos cubiertos; que una mujer no pueda mantener reuniones laborales con un hombre (musulmán), que las piscinas municipales instauren horarios separados para mujeres y hombres y, lo más frecuente, que una mujer musulmana sea atendida en el hospital por una médico mujer, no un hombre. Una exigencia, esta última, que ya ha llevado a incidentes violentos 14). ¿Hace falta recordar que todas estas exigencias en aras del respeto al “islam” provocarían estupor en Marruecos o Siria?

Escribo islam entre comillas: me niego a utilizar el nombre de esta religión para referirme a la ideología que derivan de ella los integristas. Durante siglos, millones de mujeres musulmanas han podido vivir sin semejantes normas sexistas (¿realmente piensa alguien que los padres de la medicina moderna, Razi, Avicena y Abulcasis, no pudieron atender a mujeres?).

Los políticos han permitido que el nombre del islam sea usurpado por la secta wahabí

No es objeto de este ensayo analizar hasta qué punto las escrituras del islam justifican las normas integristas. Meterse en una disputa teológica sobre el significado exacto de los versículos del Corán respecto a los centímetros de piel femenina que deban estar visibles es absurdo en la medida en que una religión es definida por quienes la practican, no por sus escrituras. Si los políticos europeos que se consideran cristianos quisieran aplicar los mandamientos de la Biblia sobre la que juran al asumir el cargo, las lapidaciones y ejecuciones serían espectáculos diarios en Europa 15).

Europa ha ido superado paulatinamente los intentos totalitarios cristianos de imponer la Biblia ―o una determinada lectura de ella― como base de organización social. Una evolución que ha exigido luchas y sacrificios. Un combate similar, pero con signo inverso, tiene lugar en el mundo musulmán (y en el mundo judío, donde los integristas registran victoria tras victoria hasta el punto de convertir Israel en una teocracia). Durante años, sin embargo, los políticos y pensadores europeos, derecha e izquierda confundidas, sea por ignorancia, sea por cálculo, atacándolas o fingiendo que las defendían, han hecho creer que las poblaciones de origen musulmán forman un bloque monolítico modelado según los postulados de la secta wahabí. Han permitido que esta secta usurpe el nombre del islam.

Gracias a esta labor, a este voyeurismo europeo, los musulmanes europeos integristas hoy se han convertido en exhibicionistas: convierten a las mujeres, sus mujeres, aquellas sobre las que tienen potestad, en la bandera visible de su ideología.

Si cambia esta actitud, si los intelectuales, los profesores, los cineastas, los trabajadores sociales europeos dejan de pintar el velo como un derecho a expresar una identidad tradicional, si dejan de publicar libros en los que se le da este valor, si dejan de aceptar que chicas veladas impartan talleres de ‘multiculturalidad’ en los colegios públicos, si dejan de fingir que disfrutan con el exhibicionismo wahabí, tal vez no haga falta ninguna ley.





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