La lluvia que cae sobre Marruecos

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 20 Abr 2010

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Rafael Chirbes
Mimoun

Género: Novela
Editorial: Anagrama
Páginas: 160
ISBN: 978-84-3397-180-7
Precio: 15 euros
Año: 1988
Idioma original: Español

Por supuesto persiste la tentación de juzgar un libro por lo que cuenta, y no por cómo lo cuenta. Nos suele ocurrir cuando hablamos de cosas que por algún motivo nos son cercanos. A mí me ocurre cuando abro una novela sobre Marruecos, por ejemplo. Y entonces tengo que hacer un esfuerzo para recordar las palabras definitivas de Oscar Wilde: No existen libros morales o amorales. Un libro está bien escrito o mal escrito. No hay más.

Podemos decirlo ya: Mimoun, la primera novela de Rafael Chirbes (Tavernes, Valencia, 1949), está bien escrito. Muy bien escrito, incluso. El lenguaje es cuidado al máximo, preciso cual cuchilla de afeitar, cargado de una lírica austera. Los personajes son pocos, los imprescindibles, trazados con rotulador fino sin temblor de manos. Los diálogos, reducidos al número exacto de palabras necesarias, hasta que dejan de ser diálogos y se convierten en parte del ambiente.  Y qué decir de los paisajes: son casi personajes, también, la aldea Mimoun, la eterna lluvia, la salamandra cargada de leña, los perros nocturnos, las botellas de vino vacías, el piano, la casa.

El lenguaje es cuidado al máximo, preciso cual cuchilla de afeitar, cargado de una lírica austera

Por cierto, admirable el valor del autor por escribir en francés parte de los diálogos ―los necesarios, los que se desarrollan en francés―. Un golpe de efecto de realismo añadido para el que hay que tener agallas en un país tan monolingüe como España.

“Me pareció que eran hilos de una misma red, aquella que nos apresaba a todos.” Ninguna frase podría resumir mejor la sensación que se apodera del extranjero enfrentado a una sociedad marroquí que no llega a entender. Chirbes consigue desde la primera página crear un ambiente frío, opresivo, amenazante. Una vez instalado el lector en ese oscuro miedo, el autor puede jugar a voluntad con él: cualquier gesto del policía Driss, de Rachida, la chica de la limpieza, o el amante Hassan se convertirá en un presagio nefasto. Si uno sigue leyendo no es para saber si todo aquello terminará bien o mal sino para saber de cuál manera terminará mal.

En otras palabras: un libro denso como un golpe seco de whisky, rotundo, magistral.

Usted puede dejar de leer aquí, acudir a la librería más cercana y pasar por caja. No se arrepentirá. Palabra.

No obstante… permítanme que ceda a la tentación de juzgar lo que el libro relata: no obstante, entre las muchas desazones que va provocando Mimoun hay una recurrente. ¿Es imprescindible que cualquier novela escrita por un español sobre Marruecos retrate únicamente el ambiente de profesores extraviados, perdón, expatriados, que se empeñan en la búsqueda de un sexo sórdido? Sórdido porque ellos se empeñan en creer que el chapero que les cae es un amante, que el teatro de vodevil por el que pagan es un drama, que las moscas cojoneras que ellos atraen son la única fauna posible.

El Marruecos descrito es la burbuja de los españoles expatriados, casi siempre homosexuales

Se le ha alabado a Chirbes por no inventar un Marruecos exótico y orientaloide sino retratar la realidad: con sus lluvias, su polvo, su frío. Con razón: el Marruecos descrito en Mimoun existe. Existe exactamente así, una burbuja que cobija a españoles, alemanes, italianos casi siempre homosexuales. Con sus borracheras, sus fracasos, sus asesinatos. Con su total desinterés por llegar al suelo del país en el que viven, por aprender siquiera el idioma (raros son los extranjeros afincados en Marruecos que hablen árabe, así aguanten veinte años). Siempre sorprendidos ante la repentina agresividad de sus chaperos-amantes que fingen amarles mientras se prostituyen para reunir el dinero que les permita casarse con la chica de su elección. Algo muy habitual: el desprecio que éstos sienten por su propio papel, por su carácter de puto, suele estallar tarde o temprano en violencia.

No dudamos de que Rafael Chirbes es consciente de que existe un Marruecos muy diferente (incluso se asoma a través de su personaje Sidi Mohamed); probablemente incluso lo conozca bien. Lo que me produce desazón es que haya elegido describir éste. Lo ha descrito, reitero, de forma magistral.

Pero ¿para cuándo una novela que al lector español le muestre el Marruecos de los marroquíes, el que nunca conocerá a través de los relatos y memorias de sus compatriotas extraviados?

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