Farsa macabra

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 30 May 2010

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Ismail Kadare
El general del ejército muerto

Por fin un Kadare que confirma lo que siempre sabíamos: que el Nobel albanés es un gran escritor, incluso si en su producción se dispersan unas cuantas piezas menores (ese pecado de juventud que es el Cerco, esta ambición algo fallida por dotar de misterio ambiental la brutal historia de amor de El accidente). No me negarán que un título como El general del ejército muerto, ya por si solo merece un premio. El resto es Kadaré sólido: paisajes albaneses, diálogos sobrios, breves, triviales, tan triviales que condensan la cotidianidad gris, la carga de los días que los personajes de la novela llevan sobre sus espaldas.

Los personajes: como ya parece ser toda una marca registrada de autor, los personajes no tienen nombre. A diferencia de otras obras, aquí no firman ni siquiera los protagonistas. Ninguno. Curiosamente, solo las pocas mujeres que aparecen de forma marginal en la novela – la misteriosa Betty que, por cierto, se esfuma de la trama sin haber jugado el papel que correspondería a su protagonismo en el planteamiento, la dulce Cristina, la tía Frose, si me apuran – tienen derecho a nombre. Los demás, los protagonistas, el general, el cura, el especialista, no son más que eso: general, cura, especialista. Y no tienen más vida que la de su oficio. Excepto en el caso del general, dado a las cavilaciones.

Los protagonistas, el general, el cura, el especialista, no tienen nombre: sólo son general, cura, especialista

No me entiendan mal: no quiero insinuar que Kadaré no haya dotado de vida a sus personajes. Sino que les ha dotado de vidas austeras, triviales, limitadas a cumplir un cargo. Militares en una misión. La de encontrar y recuperar, veinte años después, los cadáveres de los soldados caídos durante la ocupación de Albania en la II Guerra Mundial. Que se trata de soldados italianos se puede leer en el resumen de la contraportada; yo, que cuento entre mis más preciadas manías de lectura la de empezar un libro por la primera página y leerme la contraportada cuando corresponde por orden, es decir al concluir el libro, nunca antes, daba todo el tiempo por supuesto que el general y sus compatriotas muertos eran alemanes. La mención, casi a hurtadillas, de la palabra ‘Duce’ en la página 172 me sacó de mi error.

Se lo cuento porque este detalle subraya otro rasgo muy Kadaré: la de no dar datos históricos, no buscar el realismo, renunciar a todo contexto, centrarse en la trama psicológica. Si ustedes se encontrasen el libro en un mercadillo de Saigón, probablemente asumirían que el general es estadounidense y su campo de batalla, las colinas de Vietnam. O no. No, porque Albania juega un papel preponderante en la historia: su melancolía, sus cantos, incluso, en una de las escenas más logradas, más arrebatadoras del libro, sus bailes de boda, su código de honor y venganza y sus maldiciones. A veces uno sospecha que Ismaíl Kadaré ha llevado a un atormentado general italiano a sus montes sólo para poder retratar con más dureza el paisaje propio.

La trama es una obra maestra del expresionismo lúgubre, con un toque de humor absurdo

Con dureza, sí: pese a la correcta y amable colaboración del gobierno y el experto y los obreros albaneses en la exhumación de cientos de cadáveres, cientos de cráneos, miles de huesos, todo un ejército de muertos, el general está tan ajeno en este país, a menos de cien kilómetros de sus propias costas, como lo sería un neoyorquino entre vietnamitas. Aquí no hay hermanamiento, no hay aquella alegre máxima de ‘una faccia una razza’ del Mediterráneo de Tornatore, sólo hay rencor y temor, o más bien el temor al rencor.

¿Basta este ambiente melancólico, esta lluvia, estos diálogos triviales para llenar 370 páginas? No, y por eso el autor ha insertado dos subtramas en la historia, a la manera decameronista. La primera, la de Ramiz Kurti, asesino por honor, muy balcánica. La segunda, el diario de un soldado desertor, muy humana, tal vez el único toque tierno en la novela. Distracciones de la trama, que quizás habría quedado más compacta, más rotunda, si hubiera prescindido de los excursos y hubiera adoptado formato de ‘nouvelle’ límpida.

Porque la trama es una obra maestra del expresionismo lúgubre, con el toque de humor absurdo que aportan “los otros” – aquellos que buscan lo mismo pero con menos honradez, capaces de robar soldados a sus antiguos aliados, ahora rivales en la carrera por los sacos de huesos. De eso no les he contado nada en la reseña. Ni de la búsqueda del coronel Z. y de por qué la maldición de la vieja es capaz de derrotar a un general y a un ejército de muertos. Eso, leánselo ustedes. Ahí está la verdadera novela, en esa farsa macabra.

Macabro: del árabe ‘maqbara’: cementerio.

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