Cansinos, ¿judío por elección?

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Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 15 Jul 2010

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Rafael Cansinos Assens
Rafael Cansinos Assens

El ambicioso proyecto de la Fundación Archivo Rafael Cansinos Assens (ARCA) de editar en formato digital la obra completa del polígrafo sevillano, incluyendo sus manuscritos inéditos y publicaciones en prensa, va dando poco a poco sus frutos. Sin ir más lejos, recientemente fue presentada en la Fundación Tres Culturas de Sevilla la recuperada antología Cuentos judíos contemporáneos, un volumen seleccionado por Cansinos en 1920 que tuvo como objeto la reivindicación de la memoria sefardí en España.

El libro, que está siendo distribuido a través de la librería ‘on line’ Amazon después de llevar décadas descatalogado, y que próximamente estará disponible a través de Google, reúne narraciones de ‘Teodoro’ Herzl, Israel Zangwill, ‘Chalom’ Asch, Isaac L. Peretz y Leon Kobrin.

Estos Cuentos judíos contemporáneos se enmarcan en el ciclo que el escritor, muy influenciado por la Institución de Libre Enseñanza, emprendió para defender la cultura sefardí. En concreto, fue decisiva su amistad con el doctor Ángel Pulido, quien a principios de siglo XX hizo campaña ―y Cansinos con él― para conceder la nacionalidad española a los sefardíes repartidos por todo el mundo.

“Antes de eso, Cansinos había indagado en el origen de su primer apellido, a raíz de conversaciones que había oído en el patio de su casa cuando vivía en Sevilla, según las cuales entiende que la suya es una familia de origen morisco o judío, sefardíes que han perdido sus raíces”, explica Rafael Cansinos, hijo del escritor y director de la Fundación que lleva su nombre.

“Cuando se traslada a Madrid, se acerca a la Biblioteca Nacional, consulta varios documentos de heráldica y descubre que en efecto su apellido es sefardí, que pertenece incluso a un linaje que sufrió persecución por parte de la Inquisición —un supuesto pariente fue al parecer ejecutado por orden del Santo Oficio— y todo esto le impulsa a tomar conciencia”, añade.

Considerado un maestro por Borges, Cansinos Assens (Sevilla, 1882-Madrid, 1964) abraza esta causa, y su compromiso quedará plasmado en algunas de sus novelas más celebradas, como El candelabro de los siete brazos (1914) o Las luminarias de Hanukah (1924) —que será reeditada este año—, y en ensayos como España y los judíos españoles (1920) o Los judíos en Sefarad (1950), pasando por antologías como Bellezas del Talmud (1919).

Entre unos y otros destacan estos Cuentos judíos contemporáneos, que en palabras de la profesora Carmen de Urioste, de la Arizona State University, “ha resistido estupendamente el paso del tiempo, porque todavía hoy nos pone en contacto no sólo con el mundo judío actual y sus costumbres, sino con una serie de enseñanzas que siguen siendo universales”, afirma.

No deja de resultar curioso que el mismo autor que desplegó tan ingente volumen de trabajo en defensa del judaísmo fuera también traductor del Corán y de Las mil y una noches, así como autor de una biografía de Mahoma. Claro que acaso nunca pensó que judaísmo e islam estuvieran enfrentados.

“Mi padre fue un orientalista, y de Oriente le interesaba todo, la cultura, las lenguas…”, explica Cansinos hijo. “Es difícil especular con el modo en que habría actuado hoy, pero tengo la seguridad de que su actitud sería conciliadora, y al mismo tiempo estaría a favor del Estado de Israel. Mi padre se declaró en varias ocasiones favorable al sionismo, que tanto se ha desvirtuado a ojos del mundo occidental”.

Para el editor y poeta Abelardo Linares, el judaísmo de Cansinos es “una máscara literaria” y tiene su origen en el influjo orientalista del momento. “Le sucedió lo mismo con su amigo Isaac Muñoz, si bien éste se interesó más por lo árabe ―llegó a fabularse que había estudiado en El Cairo―, y más tarde pasa a otros autores, como Villaespesa. Es curioso, porque en las memorias de Cansinos se ve que ese orientalismo es algo que flota en el aire, como cuando Manuel Machado dice que tiene ‘el alma de nardo del árabe español’. Algo debía de deberse también al modelo francés, pero quienes en España hacen verdaderamente suyo ese mundo oriental son ellos. Lo gracioso es que el arabista del grupo fuera precisamente el que se llamaba Isaac”.

Cansinos hijo no está de acuerdo en achacarlo todo a una fiebre temporal. “Es cierto que el orientalismo estuvo de moda en aquella época, pero de ser sólo así habría durado lo que dura una moda. La trayectoria literaria de Cansinos, en cambio, demuestra que esta inclinación por el mundo judío se prolonga mucho más en el tiempo, hasta su última obra, Soñadores del galut, un ensayo sobre el antisemitismo que creíamos perdido, y del que ha aparecido un ejemplar en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Su adscripción al judaísmo fue algo más que un arrebato juvenil”.

“Cansinos asume de una manera totalmente natural la confluencia de las tres culturas”, apunta la profesora De Urioste. “Él era un políglota, llega a las cosas por la lengua y la cultura, y todo acaba siendo para él un magma de erudición, sin mirar ni religión ni políticas. En eso también es un maestro para todos nosotros, pues se pasó la vida tendiendo puentes y defendiendo la unión de las personas”.

La cuestión de la lengua también se presta a controversia. Según Linares, “no se puede saber al cien por cien, pero todo parece indicar que tradujo directamente del hebreo”. Añade que “Cansinos traducía de bastantes idiomas, pero resulta difícil precisar hasta qué punto podía dominar éste. Lo seguro es que era un traductor libresco, nunca viajó, llegó a las lenguas por el estudio. En todo caso, sus traducciones siempre son interesantes, por la recreación que hace de los originales”.

Rafael Cansinos sostiene, sin embargo, que “la mayor parte de las traducciones que aparecen en el libro, tal y como queda reflejado en el índice de la obra, no son de Cansinos Assens, ya que él sólo hizo labor de selección de la antología y la introducción. Los cuentos traducidos por Cansinos tienen su origen en una versión inglesa de I. Goldberg. Mi padre nunca tradujo nada del hebreo. Incluso la breve antología del Talmud que hizo en esta misma época, la primera que se publica en castellano [1919] la vierte del francés y del inglés”, subraya.

De hecho, el índice aclara que Cansinos sólo dio forma a dos cuentos de Leon Kobin, escritos originalmente, al igual que los de Asch y Peretz, en yídish, un variedad del alemán escrita en caracteres hebreos y cultivada por numerosos autores judíos europeos y algunos norteamericanos en los siglos XIX y XX (Zangwill y Herzl escribían en inglés y alemán, respectivamente; el hebreo no fue empleado como lengua de literatura ‘profana’ entre los asquenazíes). El primer texto lo tradujo basándose en una versión inglesa de Isaac Goldberg; en el otro, la edición señala la posibilidad de una traducción directa del original. Algo difícil porque, pese a que Cansinos dominaba el alemán, le habría sido difícil descifrar un texto en yídish sin un fluido manejo del alfabeto hebreo y profundos conocimientos de la dialectología alemana.

En el amplio estudio introductorio que dedicó Cansinos a los Cuentos judíos contemporáneos, analiza detalladamente la actualidad de la literatura judía en los albores del siglo XX y rastrea las raíces judaicas, desde Góngora a Castellar, ocultas en la literatura española desde la expulsión de los judíos en 1492.

Asimismo, subraya la ascendencia germano-hebrea de Bécquer y dedica algunas páginas a Heinrich Heine, George Elliot, Gracia Aguilar y Benjamín Disraeli, iniciadores para él de la literatura judía moderna. Y defiende “la existencia de una literatura hebraica personal y consciente, marcada con el sello de las singularidades étnicas y de las aspiraciones colectivas, expresada en la propia lengua de la raza o en un idioma ajeno, pero moldeado por ella …”.

Aunque muchos lectores han considerado a Cansinos un representante de la literatura judía, no hay constancia genealógica de ese hecho. A lo sumo, la consideración del personaje de Rafael Benaser, descendiente de judíos conversos en Las luminarias de Hanukah, como un alter ego del sevillano. Para el escritor Ignacio Garmendia, otro buen conocedor de su figura y su obra, “se suele decir que fue más bien una opción estetizante y una reivindicación sentimental, derivada de su interés por la tradición judeoespañola. Si Cansinos fue judío, lo fue por elección”, comenta.

En cualquier caso, gran parte de la recuperación de la literatura del sevillano se debe a las comunidades judías de todo el mundo y sus revistas y otros órganos de expresión —desde Davar a El Ciervo—, que se han encargado, cabría decir en justa correspondencia, de reivindicarlo en los últimos años.

Del mismo modo que su discípulo Borges hace una defensa sin ambages del Estado de Israel —al que dedica dos magníficos poemas— y juega con la idea de que sus antepasados eran judíos portugueses, Cansinos Assens también se declaró sionista en periódicos extranjeros.

“En la España de Franco, por supuesto, no le permitieron hacer esas afirmaciones. Ni esa ni ninguna, porque Cansinos no existía”, apunta su hijo. “Los textos de introducción de mi padre tanto a estos Cuentos judíos contemporáneos como a la Las bellezas del Talmud, como muchos de sus poemas, son de marcado contenido pro-sionista. Todo le vino a mi padre directamente de Max Nordau, del que fue secretario y amigo durante su estancia en España después de la Primera Guerra Mundial, y que era la mano derecha de Theodor Herzl, llamado padre del estado de Israel”.

Un botón de muestra es el texto El último deseo, donde escribe Cansinos Assens: “Cuando el último canto expire entre mis labios —dijo el poeta—, quiero que me entierren en tierra de mi patria; en la sagrada tierra de Sión, tierra de mis abuelos gloriosos…”.

Para Abelardo Linares, “es muy probable que la ascendencia de Cansinos, con un apellido tan sevillano, tan de Castilleja de la Cuesta, fuera judía”, opina, “pero en el siglo XIV. Cuando muere, muere cristianamente”.

“Judío sólo es, en término estrictos, el hijo de madre judía y el convertido. Y Cansinos no reunía ninguna de las dos condiciones”, concluye el hijo del escritor. “Pero luego está ese judaísmo laico, pero hay que tratarlo con discrecion, porque es algo molesto dentro del propio mundo judío. El caso es que, desde ese punto de vista reformista, judío sería todo aquel que se dice judío”.

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