La Scala brilla en tiempos de crisis

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Darío Menor

Publicado el 18 Dic 2010

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Waltraud Meier y Simon O'Neill en 'La Valquiria' | © Brescia e Amisano / Cortesía Teatro alla Scala
Waltraud Meier y Simon O’Neill en ‘La Valquiria’ | © Brescia e Amisano / Cortesía Teatro alla Scala

Pasarán los años, las crisis, los recortes y los sucesivos Gobiernos que dinamitan el mundo de la cultura, pero La Scala, el teatro de la ópera más importante del mundo, seguirá siendo cada siete de diciembre, cuando celebra su esperada apertura de temporada, uno de los lugares donde con más intensidad se puede pulsar el arte y la belleza que nos hace ser lo que somos.

El día de San Ambrosio el foco cultural está en Milán, en las arias que envuelven su teatro más célebre, en la puesta en escena de su “prima”, incluso en los modelos que lucen sus poderosos e influyentes espectadores que desembolsarán los 2.000 euros que cuesta la entrada.

En el año más difícil para la cultura italiana por los enormes recortes realizados por el Gobierno de Silvio Berlusconi, La Scala brilla como nunca. La temporada operística 2010-2011, que echa a andar el martes con La valquiria, de Richard Wagner, es tal vez la mejor campaña en las últimas dos décadas y, sin duda, el ejercicio más brillante de Stéphane Lissner, superintendente del coso milanés desde mayo de 2005.

Son 20 las producciones en programa entre óperas y ballets, de las cuales diez son proyectos completamente nuevos. Hay además más intercambios que nunca con los mejores teatros de la ópera de todo el mundo y una serie de nombres en los carteles que garantiza el fervor del público.

Hay 20 producciones, entre óperas y ballets; diez son proyectos nuevos

Tras Daniel Barenboim, Guy Cassiers y Waltraud Meier, entre otros, que compartirán su arte en la noche de San Ambrosio, destacan Juan Diego Flórez, Jonas Kaufmann, Diana Damrau o Joyce DiDonato, que irán pasando por La Scala durante el resto de la temporada.

Hace unos días, Barenboim, que llevará la batuta en La va¡lquiria, y Cassiers, quien se ocupa de la dirección escénica, trazaban la línea que une la obra wagneriana con la situación de crisis que afronta hoy Europa y que amenaza al propio teatro de La Scala.

“La historia que cuenta Wagner es un espejo de la situación social actual”, coincidían ambos.En el torrente musical del compositor alemán y en la madera, fuego, luces y vídeo de los que Cassiers se sirve para su representación escénica puede sentirse el “difícil camino de Europa hacia la unidad” y su propio fracaso, producido por la “incapacidad” de su clase política.

“La Cultura no se come”

Esta incapacidad, evidente en las palabras del ministro de Economía italiano, Giulio Tremonti, quien afirma que con “la cultura no se come”, tiene a La Scala al borde del precipicio en una de sus épocas más brillantes. Este año todavía no ha recibido el dinero que le corresponde del fondo para la promoción del espectáculo, dependiente del Gobierno, que junto a las ayudas municipales, provinciales y regionales cubre el 40% de los alrededor de 100 millones de euros de presupuesto del coso milanés.

“La historia que cuenta Wagner es un espejo de la situación social actual”

El resto corre a cargo de los ingresos de taquilla y del patrocinio privado, una fuente de financiación que La Scala exprime con mayor habilidad que la mayoría de teatros de la ópera italianos y europeos. Aún así, Daniel Barenboim aprovechó la oportunidad para lanzarle una advertencia directa al presidente de Italia, Giorgio Napolitano, presente en el palco: “En nombre de los colegas que actúan, cantan, bailan y trabajan, no sólo aquí sino en todos los teatros, quiero decirle hasta qué punto estamos preocupados por el futuro de la cultura en este país y en Europa”.

Lissner advierte de que sin los 17 millones de euros que le debe el Gobierno, La Scala cerrará 2010 con pérdidas, una situación evitada en los últimos años. Además considera que los nuevos recortes previstos para 2011 amenazan la calidad del mítico teatro de ópera y pueden suponer la muerte de otros centros operísticos menores de Italia. La fin¡anciación privada es una opción, pero no puede sustituir completamente a las ayudas estatales ya que un teatro “es un bien público” con una “misión pública”. “Los grandes países europeos tienen el deber de apoyar su propio patrimonio cultural”, recuerda Lissner.

La Scala no es el único valor amenazado. En noviembre colapsó la Casa de los Gladiadores en las ruinas de Pompeya: las fuertes lluvias acabaron con un edificio con insuficiente restauración. Y el futuro será peor: el gobierno planifica recortar el presupuesto anual de Cultura de 450 a 262 millones de euros para 2011. Un recorte del 40%. Ya no habrá dinero para nuevas excavaciones ―y sigue habiendo tesoros en el subsuelo de Roma― y ni siquiera para mantenimiento. El palacio de Nerón, el Domus Aurea, cerró este año sus puertas a las visitas, según un reportaje de GlobalPost.

Una semana después del desastre de Pompeya, los trabajadores de museos, sitios arqueológicos y galerías de arte convocaron una jornada de huelga. Temen que los recortes supongan un daño irreversible al mayor valor de Italia, su riqueza cultura. Incluso el presidente de Italia, Giorgio Napolitano, reconocío más tarde que “tenemos que reducir nuestra deuda, pero no creo que se deba hacer arruinando del todo uno de los mayores valores de Italia: la cultura.” El ministro del ramo, Sandro Bondi, en cambio, se mantuvo en sus trece: “Vivimos tiempos difíciles y la cultura no puede ser financiada por el Estado. Buscamos acuerdos con fundaciones privadas”, aseguró.

Tiempos difíciles son, desde luego: la deuda pública de Italia sigue subiendo y ya ha alcanzado el 115% del producto interior bruto (PIB). Los recortes son generalizados pero no afectan a todos por igual: el presupuesto militar, cinco veces mayor que el de Cultura, se reduce en un 10%. De todas formas, según GlobalPost, Italia, pese a vivir de la Cultura que atrae al invierte tanto: Francia y Alemania invierten un porcentaje entre dos y tres veces mayor de su producto interior bruto que el país del Apenino.

Polémicas

Más allá de la amenaza presupuestaria, San Ambrosio en La Scala es siempre San Ambrosio y no puede estar exento de polémica. Esta vez la protagoniza la futurista puesta en escena de Cassiers, con proyecciones, vídeos, globos y llamativas luces rojas.

Esta vez la protagonista es la futurista puesta en escena de Cassiers

A Waltraud Meier, que interpreta el papel de Sieglinde, no le ha gustado: “Desde hace años se utilizan las proyecciones y a nosotros nos dejan un poco solos. Hoy existe la tendencia a crear imágenes y efectos bellísimos, que a veces superponen al núcleo de la ópera elementos que no tienen nada que ver con ella. Así se pierde el sentido, se renuncia a analizar la psicología de los personajes y la relación entre ellos”. Cassiers se defiende explicando que Meier no se había quejado hasta el último momento y dejando la crítica al criterio del público.

La valquiria congregará en Milán a tres ministros del Gobierno y al presidente de la República, Giorgio Napolitano. Los italianos podrán seguir en directo la obra a través del nuevo canal Rai5 y de la radio estatal. Varias televisiones internacionales también ofrecerán la señal, así como cientos de cines en todo el mundo.

Una noche de alfombra verde

Más que roja, la alfombra del teatro de La Scala bien podría ser este año de color verde. Gracias a la compañía eléctrica Edison, una de las patrocinadoras del coso milanés, la apertura de temporada de este año se llevará a cabo con cero emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera.

Las cerca de 80 toneladas de Co2 generadas con la iluminación del teatro y con el transporte de los artistas y público de La valquiriaserán compensados por Edison con la producción de energía de fuentes renovables, concretamente de origen eólico. Tampoco contaminará la pantalla gigante instalada en una céntrica galería de Milán desde donde se podrá seguir el espectáculo, ya que será alimentada con placas fotovoltaicas.

Los responsables de La Scala afirman orgullosos que gracias a esta iniciativa se han convertido en el primer teatro de la ópera de Europa con cero emisiones de dióxido de carbono.

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