La revolución egipcia no puede con el machismo

Publicado por

Nuria Tesón

Publicado el 17 Mar 2011

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Manifestación del 8 de Marzo en Tahrir, El Cairo. 2011 | © Daniel Iriarte/M'Sur
Manifestación del 8 de Marzo en Tahrir, El Cairo. 2011 | © Daniel Iriarte/M’Sur

La revolución egipcia ha ayudado a superar algunos prejuicios religiosos y ciertas diferencias socioeconómicas, pero hay algo con lo que no ha podido: el machismo. Para el Día Internacional de la Mujer estaba convocada la “Marcha del Millón de Mujeres” en la Plaza de Tahrir. Apenas acudieron unos pocos centenares. Tal vez porque la mayoría intuía lo que se iban a encontrar.

“Cada uno hace la revolución por sus propios motivos. Para nosotras es un momento útil, para dirigir la atención hacia este tipo de cambios, hacia los roles sexuales”, explica D. E., monitora deportiva. “No veo que la dictadura sea algo que ocurra solamente a nivel de gobierno, sino que sale del corazón de la sociedad. Si alguien es un dictador en casa, también va a serlo en la política”, asegura.

D.E. sostiene un cartel en el que se lee: “La dictadura caerá cuando caiga la dictadura machista”. A su alrededor, una docena de mujeres, tanto con velo como sin él, algunas envueltas en la bandera egipcia. “Yo soy tu igual”, reza una de las pancartas que enarbolaba una joven estudiante con gafas. Pero eso es algo con lo que muchos hombres egipcios no están de acuerdo.

“Míralas, ¡no son egipcias!”, dice un hombre de unos cuarenta años. Ciertamente, en la manifestación hay dos extranjeras, pero ambas, en cuanto se dan cuenta de la situación, abandonan el grupo. Un corro de hombres las rodea y empieza a decirles: “¿Qué hacéis aquí? La mujer está para parir y estar en casa”.

“¿Qué hacéis aquí? La mujer está para parir y estar en casa”

Las dos extranjeras, que hablan árabe perfectamente —una de ellas está casada con un egipcio— comienzan a discutir con los hombres. Algunos justifican su postura con versos coránicos, pero para la mayoría no es ni siquiera una cuestión religiosa: “No entendéis que ésta es la cultura egipcia, que las cosas son así”, les aseguran.

Peor lo tienen las propias egipcias. Los hombres comienzan a increparlas, a gritarles. “Pero, ¿qué pedís? ¿Qué es lo que no os gusta?”, dicen. Uno se acerca a D.E. y le espeta: “Esto es lo que quieren los extranjeros. ¡Estáis debilitando nuestra revolución!”. Otro, un anciano, se coloca por detrás y empieza a corear: “¡Ahora no, ahora no!”. Un tercero levanta una pancarta que dice: “¿Dónde están las madres de los mártires? ¿Dónde están las campesinas egipcias?” La acusación está clara: aquellas que reclaman su propia emancipación no son verdaderas egipcias.

Ideas medievales

No sólo los hombres piensan así. “Te manifiestas tú, que tienes coche y piso. Yo sólo tengo hijos”, escupe una chica de veintipocos años, cuyo aspecto delata que viene de un entorno tradicional. La multitud aplaude sus palabras. Poco a poco, los ánimos se van exaltando. Los hombres consiguen separar a las mujeres en pequeños grupos aislados, las rodean, las humillan, les impiden hablar. Algunas se marchan, llorando de impotencia. Otras, escoltadas por el ejército o por otros hombres, después de ser zarandeadas por la multitud. Mientras, la masa grita: “¡Fuera, fuera!”

“No sospechábamos esta rabia ante la idea de que la mujer pueda estar al mismo nivel que el hombre. Aquí todavía hay mucha gente que tiene ideas medievales muy arraigadas”, relata D.E. “Los varones egipcios tienen la idea de que sólo son hombres si dominan a la mujer. Por eso, sienten que si ella tiene la igualdad, ellos pierden su hombría”, afirma.

Durante las revueltas parecía que todas estaban de acuerdo desde el principio. No era el momento de hacer luchas individuales. Ni siquiera por una cuestión de género. Las mujeres egipcias permanecieron en las calles junto a sus compañeros varones desde el primer minuto de la protesta, pero no pensaban en ellas, sino en el bien común. Las ancianas proveían de agua y bebidas de cola a los que sufrían los efectos del gas lacrimógeno, las madres, esposas y hermanas sujetaban las pancartas, llevaban a sus hijos a las manifestaciones o preparaban el avituallamiento. Ni un paso por detrás de los varones. 

También hicieron de escudos cuando les apedreaban y se plantaron ante los tanques banderas en ristre y gritaron su himno nacional a la cara de los que les disparaban y apedreaban. Juntos, hombres y mujeres conquistaron  la plaza de Tahrir, la plaza de la Liberación y allí durmieron, gritaron o se pasearon con sus demandas de democracia  y libertad. A veces en grupos sólo femeninos, la mayoría del tiempo mezcladas con los hombres esgrimiendo banderas y vociferando consignas, como uno solo. Para muchas de ellas esta esa fue su primera conquista.

Por su cabeza pasaba Hoda Shaarawi, la primera fémina que se quitó el velo en público y la fundadora del Sindicato de Mujeres. Una egipcia acomodada que estuvo profundamente involucrada en política, sentó muchas de las bases del feminismo árabe y fue un modelo para el movimiento de liberación de la mujer.

Pero la mayoría de las que se encontraban aquellos días en Tahrir sólo sabían de ella que da nombre a una conocida calle en el centro de El Cairo. Pasado el espejismo, la realidad esperaba a las mujeres en el mismo sitio de siempre. Como Hoda Shaarawi, que después  de haber luchado denodadamente por la independencia de Egipto vio como el nuevo Gobierno negó el voto a la mujer e incluso les prohibió la entrada al Parlamento egipcio.

Como Shaarawi, las mujeres han vuelto a ser ignoradas cuando han empezado a darse pasos hacia una transición democrática. Si el Gobierno de Hosni Mubarak tenía a cuatro mujeres entre una veintena de ministros, el nuevo Gabinete de Essam Sharaf solo tiene a Fayza Abul Naga, una herencia del régimen anterior, en el Ministerio de Cooperación Internacional.

No había ni una sola mujer en el grupo que ha elaborado las enmiendas a la Constitución

Lo mismo ha sucedido con la coalición de Jóvenes del 25 de Enero que instigó la revolución y que se reunió con representantes del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas apenas una semana después de la caída de Mubarak. Sólo Asmaa Mahfouz tuvo el privilegio de encontrarse entre los ocho emisarios de la juventud egipcia que haló con los militares.

Tampoco había ni una sola mujer en el grupo de sabios que ha elaborado las enmiendas propuestas a la Constitución egipcia y que deberá votarse el próximo 19 de marzo en un referéndum. Inferioridad salarial, peores condiciones laborales y violencia sexual como norma es a lo que la mujer egipcia se enfrenta cada día. Y no sólo por motivos religiosos.

Por un momento, a D. E. le domina la emoción, pero se sobrepone al instante. Sabe que debe hacerlo para seguir luchando. “Los que nos han hecho esto no son los revolucionarios que acampan en el centro de la plaza. De hecho, muchos hombres nos defendían, pero estaba claro que eran gente educada”, dice. “Estoy convencida de que la culpa de todo esto la tienen la corrupción y la falta de educación provocados por el régimen de Mubarak”, asegura. Un desafío enorme para la revolución, en un país donde la mitad de la población no sabe leer ni escribir.

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