Plaza Tahrir, Tel Aviv

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 22 Abr 2011

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opinion

Hamram Mitzna es un buen tipo. Es modesto e irradia credibilidad. Le recuerda a uno al fallecido Lova Eliav, el secretario general del Partido Laborista que dimitió de indignación. Al igual que Eliav, Mitzna posee muchos méritos prácticos en su currículum: Eliav construyó los pueblos del área Lakhish en el centro-sur de Israel, Mitzna se ofreció para administrar la ciudad remota de Yerucham en lo más profundo del Néguev.

‘Buji’ Hertzog también es un buen tipo. Es vástago de una auténtica familia aristocrática judía, en el buen sentido de la palabra; su abuelo era un Rabino Jefe; su padre el presidente de Israel. Una persona cuyos logros como ministro de Asuntos Sociales hablan por sí mismas… aun cuando posee un desafortunado hábito de correr —después de cada acción— a contárselo a sus amigos (americanos), como revelan los informes de Wikileaks. (Esto es una alusión a un viejo chiste israelí: ‘¿Por qué los hombres israelíes terminan tan rápido? Porque no pueden esperar para ir corriendo a contárselo a  sus amigos.’).

Peretz cometió el error de su vida cuando exigió el puesto de ministro de Defensa y la fastidió

Amir Peretz es un personaje interesante. La historia de su vida como inmigrante marroquí es admirable. Cometió el error de su vida cuando exigió el puesto de ministro de Defensa y la fastidió — pero la gente puede aprender de sus errores.

Shelly Yacimovich es una mujer firme, una feminista convencida. La miseria social de los indigentes y oprimidos arde en sus huesos, como decimos en hebreo. Ella cree posible tener un partido dedicado enteramente a estos asuntos, olvidándose por el momento de cuestiones tan impopulares y problemáticas como la paz. Esto es un error: quien huya de la cuestión palestina será perseguido por ella. Pero Yacimovich aprenderá.

Todos estos son candidatos a la presidencia del Partido Laborista. Cualquiera de ellos puede, tal vez, frenar su deterioro y mantener los votos que consiguió en las últimas elecciones, y tal vez, tal vez, incluso sumar dos o tres escaños más.

Y ahora ¿qué?

La pena es que esto no cambiaría casi nada. El poder se quedaría en manos de la derecha. El balance entre los bloques —derecha e izquierda— no sería diferente en absoluto.

El Partido Laborista es un viejo pájaro sin alas; no le quedan fuerzas para renovarse…

Aquéllos que una vez pusieron su fe en el ascenso de Kadima, tienen aprendido ahora que Kadima no es un partido de izquierdas, ni siquiera uno de centro — a menos que el centro se haya movido bastante hacia la derecha. Kadima es Likud 2, pura y simplemente, dirigido por una mujer que creció en un hogar Likud y a la que le falta, o al menos eso parece, cualquier tipo de instinto político. Su partido incluye, además de ceros a la izquierda parlamentarios, numerosos racistas cuyo lugar se encuentra entre Likud y Lieberman, y algunos fugitivos del laborismo, cuyo lugar se encuentra en ninguna parte.

El Partido Laborista puede rehabilitarse. Algunos partidos se parecen al fénix y pueden resurgir de sus cenizas. Pero el Partido Laborista es un viejo pájaro sin alas. Durante la mayor parte de su larga vida fue el partido gobernante, y nunca se ha recuperado de ello. Incluso en la oposición, se comporta y habla como un partido gobernante al que le robaron el mandato. No le quedan fuerzas para renovarse, rebelarse, abalanzarse al frente. Fue y sigue siendo una federación de funcionarios profesionales. Un partido así no hace revoluciones.

La gente que se reunió en la plaza Tahrir no eran los restos de los antiguos partidos políticos

Bajo el liderazgo de cualquiera de estos candidatos, no se va a llenar el vacío del sistema político israelí. No va a inspirar a la plaza Tahrir israelí. No provocará una revolución, sin la que Israel continuará la marcha, al mismo ritmo y al unísono, hacia el abismo.

La gente que se reunió en la plaza Tahrir no eran los restos de los antiguos partidos políticos. Por supuesto, ellos estaban allí también – los wafdistas, los últimos de los nasseristas, los comunistas, los Hermanos Musulmanes. Pero no transmitían el ardor, no prendían la llama que ilumina el cielo que cubre todo el mundo árabe.

En la plaza, fuerzas completamente nuevas aparecieron de la nada. Hasta el día de hoy no tienen un nombre, excepto el día del evento original: 25 de enero. Pero todo el mundo sabe de donde vienen y cómo son. A falta de una mejor etiqueta, los llaman ‘la generación joven’. Son un conjunto de esperanzas y aspiraciones que tocan todas las esferas de la vida. Son la determinación de crear ‘otro Egipto’, completamente diferente del Egipto de tan solo ayer.

No hay, por supuesto, casi ningún parecido entre Egipto e Israel. La revuelta egipcia puede servirnos, como mucho, de metáfora, de símbolo. Pero el principio es el mismo: las ansias de tener ‘otro Israel’, para una segunda república israelí.

No hay receta para hacer un partido, como ‘Coja 2 judíos orientales, 1 ruso, 1 rabino, agite bien…’

La fundación de un nuevo movimiento político es un acto de creación. No hay receta para ello, algo así como ‘Coja 2 judíos orientales, 1 ruso, medio rabino, agite bien…’ No funciona así. Tampoco algo como ‘Tome los restos del Partido Laborista, añada una cucharada sopera de Meretz, mezcle con medio vaso de Kadima…’. No funcionaría.

Un nuevo movimiento del tipo que se necesita ha de venir de otra parte. De la visión y determinación de un grupo de líderes jóvenes con una nueva visión del mundo que cubra las necesidades del futuro de Israel. Un grupo que piense de una forma diferente, que vea las cosas de otra manera, que hable un nuevo idioma.

Esto ocurre una vez en cada generación, si acaso. Cuando ocurre, se puede ver desde lejos.

En estos momentos hay al menos media docena de grupos en Israel que planean esta revolución. Tal vez uno de ellos tenga éxito. Tal vez no, y la chispa no prenda hasta algún tiempo después. Como dijo el joven rabino judío de Nazaret: ‘Por sus frutos los conoceréis.’

Para que cualquier grupo lleve a cabo este milagro, existen algunas condiciones que parecen ser absolutamente esenciales:

La nueva visión del mundo debe abarcar todas las esferas de la vida pública. Los asuntos sociales sin paz no tienen sentido, sin un cambio fundamental en los valores la paz no se producirá, los ideales inmortales de libertad, justicia, igualdad y democracia deben aplicarse a todo el mundo, en todos los ámbitos de la vida.

Un movimiento que aparece de la nada no puede hablar el lenguaje del ayer

Muchos ‘pragmáticos’ afirman que lo contrario es verdad. ¡Que ni se nos ocurra mezclar las cosas! Si hablamos de paz, los defensores del bienestar social abandonarán. Si abogamos por los derechos de las minorías, hay que decir adiós a la mayoría. Eso es verdad si pensamos en las próximas elecciones, no si pensamos en las próximas generaciones.

Cualquiera que se proponga el objetivo de ganar la mayoría de escaños en las próximas elecciones no hará historia. Los velocistas no traerán la medalla que necesitamos. Esto exige corredores de fondo. (Menachem Begin, podemos recordar, perdió nueve elecciones antes de conseguir el Gran Cambio de 1977. ¿Qué consiguieron Yigael Yadin o Tommy Lapid con sus pequeños y efímeros triunfos?).

Un movimiento que aparece de la nada, un movimiento que lleva el futuro en sus entrañas, no puede hablar el lenguaje del ayer. Debe venir con un nuevo lenguaje, una nueva terminología, nuevos eslóganes. Ese lenguaje no ha nacido en una agencia de relaciones públicas. Aquéllos que copian el lenguaje de sus predecesores están condenados a seguir en el camino de sus predecesores.

El nuevo lenguaje debe llegar a las mentes —y lo que es más, a los corazones— de todos los ciudadanos. Otro nuevo partido asquenazí no lo hará. El nuevo movimiento debe llegar a las profundidades del alma de judíos y árabes, orientales y ‘rusos’, laicos y religiosos (al menos algunos de ellos), veteranos y jóvenes, los mejor establecidos y los pobres. Cualquiera que pierda la fe en alguna de estas comunidades se expone al fracaso.

Hay sorpresas en la historia. A veces, por necesidad, los pueblos pueden sorprenderse a sí mismos

Mucha gente inteligente y con experiencia sonreirá con condescendencia. Eso es utópico, dirán. Buenos sueños. No se cumplen. No hay tales personas, no hay tales visiones, no hay hervor en la sangre. Como mucho, buenas personas con los ojos puestos en un escaño en la próxima Knesset.

Puede que tengan razón. Pero estas mismas personas habrían sonreído si alguien les hubiera dicho, hace cinco años, que los votantes americanos elegirían a un presidente afro-americano cuyo segundo nombre es Hussein. Eso habría sonado totalmente absurdo. ¿Un presidente negro? ¿Votantes blancos? ¿En Estados Unidos?

Estas mismas personas se habrían partido de risa si alguien les hubiera dicho, hace un año, que un millón de egipcios se reunirían en la plaza central de El Cairo y cambiarían la cara de su país. ¿Qué? ¿Egipcios? ¿Esta gente tan vaga y pasiva? ¿Un país que en todos sus 6.000 años de historia documentada no ha vivido ni siquiera media docena de revoluciones? ¡Ridículo!

Bien, hay sorpresas en la historia. A veces, cuando surge la necesidad, los pueblos pueden sorprenderse a sí mismos. Puede ocurrir aquí. Si es así, no nos sorprenderá a los que creemos en nuestro pueblo.

Es verdad, la plaza Rabin no es la plaza Tahrir. Pero en su momento, ésta tampoco lo fue.

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