El hombre de goma

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 1 May 2011

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opinion

No pude reprimirme. A pesar de que estaba solo en la habitación, me eché a reír.

Estaba leyendo un reportaje en el periódico sobre los últimos sondeos, donde los votantes valoraban a los líderes políticos nacionales.

Parece que el presidente del Estado, Shimon Peres, es por el momento el líder más popular de Israel. El 72% de los votantes le aprueba, sólo el 20% no lo hace. Los subcampeones le seguían de muy lejos: el 60% para el portavoz de la Knesset Reuven Rivlin, lo mismo para el gobernador del Banco de Israel, Stanley Fischer, y el 57% para el agresivo interventor del gobierno, Micha Lindenstrauss. La presidenta del Tribunal Supremo, Dorit Beinish, se encontraba ya por debajo del 50% de los votos positivos: obtuvo el 49%, seguida de Tzipi Livni con el 48%.

El podio de la impopularidad lo ocupaban los tres políticos más poderosos del país, los hombres que están dando forma a nuestro futuro: Binyamin Netanyahu (38% a favor, 53% en contra), Avigdor Lieberman (40% a favor, 52% en contra) y Ehud Barak (30% a favor, ¡63% en contra!).

El podio de la impopularidad lo ocupan Barak, Lieberman y Netanyahu

Y ¿por qué me reía?

La Historia ha estado siempre llena de humor. Es más fácil imaginarla dirigida por los testarudos y maliciosos dioses del monte Olimpo que por el austero dios de los judíos, que reside sobre el Monte del Templo de Jerusalén. El humor nunca ha sido su punto fuerte.

Pero he aquí Shimon Peres, la persona más popular de Israel. Pero ¡qué cosa más graciosa! Porque en toda su larga vida (él es dos semanas mayor que yo) nunca ha ganado unas elecciones. (Los miembros de la Knesset no se eligen de forma individual, sino como miembros de una lista electoral).

Peres ha sido político desde que tenía 20 años y nunca ha sido otra cosa. En un país democrático, lo importante para un político es ser elegido y después reelegido. Pero Peres nunca lo fue. En docenas de campañas electorales (las elecciones de la Knesset y las primarias del partido) nunca ganó. (Nunca ganó por mayoría en las elecciones a líder del partido, y perdió en otras ocasiones donde se presentaba como candidato individual). Los votantes simplemente eran incapaces de votar por él.

(Una vez lanzó una pregunta retórica al auditorio de su partido: ¿Soy un perdedor? La respuesta fue ensordecedora: “¡Sí!”)

Incluso su trabajo actual lo consiguió de chiripa. El presidente del gobierno es elegido por la Knesset mediante votación secreta. Cuando Peres se presentó como presidente por primera vez, la Knesset le rechazó; prefería un mediocre y corriente funcionario de partido llamado Moshe Katzav. Esa fue la última humillación. Sólo cuando Katzav fue descubierto como un acosador sexual en serie y tuvo que dimitir, Peres fue elegido por una arrepentida Knesset. Los miembros parece que se han dicho: ya está bien. No podemos seguir torturando a este hombre, que ha sido, después de todo, miembro de la Knesset durante unos 45 años.

Peres lanzó una pregunta retórica: ¿Soy un perdedor? La respuesta fue sonora: “¡Sí!”

Y ahora este hombre, a quien casi todo el mundo le encantaba odiar, se ha convertido en el líder más querido del país, así como en un viejo estadista respetado por todo el mundo. Raro.

Le conocí por primera vez en 1953. Yo era el propietario/editor de una famosa revista informativa, él era el recién nombrado Director General del Ministerio de Defensa, un puesto sumamente poderoso ya que el ministro era David Ben-Gurion. Peres se convirtió en su ayudante principal.

Él me había invitado a una reunión sobre algún asunto sin importancia. No fue un caso de amor a primera vista. De hecho, no nos gustamos desde el primer momento.

No era sólo cuestión de falta de química. Había una razón muy concreta de por qué mucha gente de mi quinta, y de la suya, le detestaba: él no sirvió en el ejército en la guerra de 1948. Eso era casi increíble: cuando estalló la guerra, todos nos desvivimos por nuestros colores, toda nuestra generación fue devastada por la guerra, yo mismo fui gravemente herido. Pero aquí había un hombre que se había perdido esos memorables momentos.

Para ser más justos, Peres no holgazaneó durante la guerra. Ben-Gurion le mandó fuera del país a conseguir armas, que necesitábamos desesperadamente. Pero eso lo podría haber hecho una persona mayor que él, no un hombre sano de 25 años. Fue un estigma que se le pegó durante décadas, mientras la generación de la guerra marcaba la pauta en nuestro nuevo Estado. Esto ayuda a explicar, dicho sea de paso, por qué perdió tantas veces contra Yitzhak Rabin, un auténtico dirigente de combate, querido y respetado por casi todo el mundo.

Mucha gente de mi quinta le detestaba a Peres porque no sirvió en el ejército en la guerra del 48

Sin embargo, aunque siempre había buenas razones para que no nos gustase, parecía que la aversión hacia él era fundamentalmente irracional. Él una vez se quejó de que cuando era niño, cuando volvía a casa del colegio (judío) de su ciudad polaca, los demás niños (judíos) solían darle palizas sin motivo alguno, y su hermano pequeño tenía que salir a defenderle. “¿Por qué me odian?”, preguntaba a su madre con lástima.

Afortunadamente, sus padres se lo llevaron a Palestina en los años 30, cuando tenía 13 años (yo vine un poco antes). Le enviaron a una famosa aldea de juventud sionista, le casaron con la hija del carpintero de allí y estaba sentando la cabeza en un kibutz, cuando descubrió una vocación mayor.

A principios de los años 40, hubo una escisión en Mapai, el poderoso partido gobernante en el Yishuv (la comunidad judía en Palestina). Los disidentes fundaron un nuevo partido, más socialista, más orientado al kibutz y más “activista” en asuntos nacionales. Naturalmente, mucha gente joven se sintió atraída por él.

Esa fue la gran oportunidad de Peres. Era uno de los pocos jóvenes que permanecían fiel al viejo partido, y así atrajo la atención de los jefes de partido, Ben-Gurion y Levy Eshkol. Ese fue el final de Peres el del kibutz y el nacimiento de Peres el político de larga vida.

Él hizo lo que siguió haciendo muchas veces en su vida. “Se pateó” el país, visitó todas las ramas locales del movimiento juvenil, dio discurso tras discurso. Su incansable diligencia compensaba la falta de encanto natural. Su voz grave dio a sus obviedades más banales el sonido de la profunda verdad.

¿Cuáles eran sus convicciones más íntimas? ¿En qué creía?

Bueno, eso depende del año, el día y la hora. En toda su vida política, Peres ha tenido todas las opiniones posibles, deshaciéndose de ellas sin mirar atrás y adoptando otras. Es el perfecto ejemplo de la famosa frase de Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros.”

Peres cumple la frase de Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros.”

Cuando le conocí era un auténtico halcón de guerra. Él y Moshe Dayan estaban presionando a Ben-Gurion para ir a la guerra, y éste los presionaba a su vez, “caldeando” las fronteras con “asaltos en represalia”. Él presume de ser el arquitecto de la alianza francesa-israelí de entonces.

Francia estaba metida en una guerra sucia para mantener Algeria en su poder y necesitaba que Israel distrajese al líder egipcio, Gamal Abdel Nasser. Peres de buena gana sirvió a esta noble causa y preparó la conspiración franco-israelí-británica que dio pie a los ataques a Egipto. La guerra de Suez de 1956 fue un desastre para Israel, porque finalmente se consolidó a ojos árabes la posición de Israel como aliado de los odiados poderes colonialistas. A cambio, Francia obsequió a Peres con un generoso regalo: el reactor nuclear de Dimona. Incluso ahora, Peres lo considera su mayor logro.

En ese momento, Peres anunció que la alianza entre Francia e Israel no se basaba en vergonzosos intereses, sino en profundos valores comunes. Como la mayoría de las afirmaciones lapidarias de Peres, ésta tardó menos de diez años en perder su brillo: Charles de Gaulle dejó Algeria, Francia buscó reestablecer su posición en el mundo árabe, las relaciones con Israel fueron bruscamente tiradas por la borda, junto con aquéllos “profundos valores comunes”.

Como ministro de Defensa a mediados de los 70, Peres fue el padre de los asentamientos en la Cisjordania central. Utilizaba los asentamientos para socavar a su archienemigo, Rabin, entonces su primer ministro, que se oponía por principio al establecimiento de asentamientos en los territorios ocupados.

A continuación, Peres de repente emergió como el Hombre de la Paz. No con el pueblo palestino, dios no lo quiera, sino con el rey Hussein de Jordania. Como ministro de Exteriores del gabinete de la coalición de Yitzhak Shamir, negoció un acuerdo secreto con su majestad, pero fue inmediatamente destituido por Shamir, que no soñaría con firmar la paz con nadie. Y así fue.

Peres podía convertir Oslo en un verdadero acuerdo de paz pero comenzó una guerra en Líbano

En ese momento Peres se dio cuenta de que la paz, como idea abstracta, era buena para él. Se convirtió en el profeta del “nuevo Oriente Medio”, siempre hablando de ella, sin hacer nunca nada por ella. Cuando Yasser Arafat inició lo que fue el acuerdo de Oslo, Peres lo acogió con entusiasmo y reclamó su exclusiva autoría. Incluso me invitó a una reunión privada en la que me aleccionó con el afán de un converso acerca de los méritos de la solución de dos estados (que yo públicamente defendía desde 1949).

La verdadera prueba fue cuando Rabin fue asesinado y Peres tomó el mando. Por primera vez, era libre de actuar y convertir a Oslo inmediatamente en un verdadero acuerdo de paz. En vez de eso, comenzó una guerra en Líbano que tuvo un rápido y desastroso final cuando la artilleria provocó, por error, una masacre en Qana. Entonces él aprobó el asesinato de un importante líder de Hamas, poniendo en movimiento una serie de sangrientos ataques suicidas en las principales ciudades israelíes. Así Peres perdió las elecciones (otra vez) y Netanyahu tomó el poder.

Ése no era el final. Ariel Sharon se escapó del Likud y fundó el partido Kadima. Tras fracasar en su intento por conseguir el secretariado del Partido Laborista, Peres les abandonó y se unió a Kadima. Como creador del nuevo Oriente Medio le dio a Sharon, el jurado enemigo de la independencia palestina, un certificado de legítimidad y jugó un papel fundamental en conseguir que el mundo le aceptara. Ahora está representando el mismo papel para Netanyahu, usando su puesto de presidente y ‘viejo estadista’ para convencer a los gobiernos del mundo de que Netanyahu es en el fondo un hombre de paz y que con el tiempo, mucho mucho tiempo, aún podría “sorprender al mundo”.

El hebreo de Peres es común y superficial. No sorprende que sea el líder más popular de Israel

Como presidente del Estado, Peres habla sin cesar, como siempre ha hecho. Pero en sus incontables millones de palabras, todavía no he encontrado ni una sola idea original.

Este es por sí mismo un curioso estado de cosas. Al igual que Ben-Gurion, a quien pretende imitar, Peres se presenta como un pensador profundo, un intelectual que lee libros importantes. Uno de sus anteriores asesores afirma que nunca ha leído un libro de verdad, sino que sus asistentes le preparan resúmenes de los contenidos, con lo que él puede hablar sobre ellos con algo de idea. Juzgo por su estilo: una persona que lee poesía y literatura es propensa a reflejar algo de eso en sus discursos orales y escritos. La producción lingüística de Peres es igualmente poco profunda, su hebreo común y superficial. No sorprende que ahora sea el líder más popular en Israel.

El hombre que ha defendido todo, la guerra y la paz, el socialismo y el capitalismo, lo laico y lo religioso, y cuyos principios son tan elásticos que pueden abrazar cualquier cosa y a cualquier persona, por fin ha conseguido, en el 63 aniversario del Estado de Israel, lo que ha estado buscando toda su vida:

El pueblo le quiere.

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