Salafistas contra las iglesias coptas

Publicado por

Daniel Iriarte

@Danieliriarteo

Periodista y cineasta documental (Zaragoza, 1980). Vive en Madrid, donde trabaja en la sección internacional del diario El Confidencial , después de una década como corresponsal en Asia y el Mediterráneo, los últimos cinco años en Turquía.

Publicado el 10 May 2011

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Soldados ante la iglesia de Imbaba (El Cairo, 2011) |   ©  Daniel Iriarte
Soldados ante la iglesia de Imbaba (El Cairo, 2011) | © Daniel Iriarte

El Cairo | Mayo 2011

La iglesia de Mar Mina es un edificio de cinco plantas que saluda, ahora ennegrecido, la entrada al barrio de Imbaba, en el noroeste de El Cairo. El mobiliario, incluyendo el altar, ha sido reducido a cenizas, pero eso no impide que se celebre una ceremonia religiosa en el segundo piso, en honor de los caídos la noche anterior. Horas antes, varios centenares de islamistas (hasta quinientos, según algunos testigos) asaltaron el lugar empuñando machetes y palos, cócteles molotov y algunas pistolas.

Todos los testimonios coinciden en que los atacantes eran “salafistas”, islamistas radicales que quieren imponer su versión “purificada” del islam. Al parecer, estaban convencidos de que los cristianos retenían por la fuerza a una joven que se habría convertido recientemente a la religión musulmana para casarse. Los enfrentamientos entre los salafistas, por un lado, y los vecinos del barrio y el ejército, por el otro, se saldaron con una docena de muertos y casi dos centenares de heridos.

El pequeño Abderrahman jugaba en la calle cuando empezó todo. “Grupos de barbudos llegaron en moto, rompieron la puerta de la iglesia y le prendieron fuego”, relata. El guardia de seguridad murió en el incendio. Según los testigos, otro de los parroquianos, aterrorizado por las llamas, se mató al arrojarse por una ventana. Pocas horas después, la iglesia de la Virgen María, en el mismo barrio, era también pasto de las llamas.

La convivencia entre confesiones religiosas pende de un hilo tras la quema de la iglesia de Mar Mina

El hecho de que Abderrahman, musulmán, nos hable frente a Mar Mina, dentro del perímetro de seguridad establecido por el ejército, es un indicador de que los atacantes no han conseguido su propósito de provocar una ruptura religiosa. “Todos los vecinos ayudaron a apagar el fuego, tanto cristianos como musulmanes”, indica Nabil, otro de los testigos presentes. Pero la ya muy dañada convivencia entre ambas confesiones pende de un hilo. Aquí, frente a Mar Mina, la tensión es enorme.

«Los locos de Afganistán»

“¡Los que han hecho esto no son egipcios! ¡Son los locos esos que van a Afganistán!”, le asegura un hombre al reportero de ABC. “¿Tú qué vas a decir? ¡Eres musulmán! ¿Acaso no son de tu misma religión los que nos han atacado?”, le espeta otro. Al primero se le saltan las lágrimas. “¡Vosotros sois mis vecinos, mis hermanos!”, les grita, antes de retirarse, para evitar problemas.

Estos no tardan en llegar: alguien, un musulmán, hace un comentario ofensivo desde una furgoneta, y recibe como respuesta con una lluvia de piedras arrojadas por un grupo de jóvenes coptos cuya ira es patente. Al otro lado de la barrera policial, otros reaccionan lanzando sus propios proyectiles. Por un momento parece que el enfrentamiento es inevitable, hasta que los soldados dispersan a los revoltosos disparando al aire y ampliando su perímetro.

Sin embargo, el rencor contra las fuerzas de seguridad está muy extendido entre la comunidad copta. Cuando varios camiones de la policía antidisturbios aparecen para desplegarse en el área, son recibidos con abucheos. “El ejército no puede protegernos, está con los musulmanes”, asegura Emad Aguib, un ingeniero de treinta años.

Escenas muy similares se repiten el lunes en el área de Maspero, frente al edificio de la televisión egipcia, donde miles de personas protestan a gritos contra los ataques. La mayoría son coptos, pero hay también muchos musulmanes que se han acercado a expresar su solidaridad con los cristianos. “Esto le da mala imagen al islam y destruye la idea de que todos somos un solo pueblo. Lo lógico es que los musulmanes sean los primeros en salir a la calle para pedir que los asesinos sean juzgados”, explica Abd El Saíd, de confesión musulmana.

Los organizadores de la protesta lo tienen muy claro: los culpables no son todos los musulmanes, sino los salafistas —como el polémico predicador Mohamed Hassan— que en los últimos meses ya han hecho un llamamiento abierto a la expulsión de los cristianos en sus prédicas o a través de videos colgados en la web. Algo que horroriza a Hamdi Munir, un profesor de mediana edad, que toma de la mano a su vecino Naguib Philip, cristiano. “Los dos somos egipcios, aquí no hay cristianos y musulmanes. Tenemos el mismo corazón”, aseguran.

No faltan, naturalmente, quienes opinan diferente, especialmente entre los familiares de las víctimas de los ataques. “Sí, hay fractura religiosa entre cristianos y musulmanes, porque mientras que Arabia Saudí financia a los salafistas, los cristianos estamos discriminados”, asegura un joven llamado Ashraf. “No digas eso, somos hermanos, yo soy tu hermano”, le dice un hombre entre la multitud de curiosos que se ha arremolinado en torno al periodista.

«¿Dónde estabas tú cuando atacaron mi iglesia?», le grita un copto a otro manifestante

“¿Mi hermano? ¿Dónde estabas tú cuando atacaron mi iglesia?”, le responde Ashraf. El hombre le abraza y le besa la frente: no es el momento para la ‘fitna taifiya’, la ‘guerra sectaria’, el término que en Egipto se utiliza para describir los conflictos entre musulmanes y coptos.

Pero Ashraf no está convencido. “Cada poco hay alguien que sale con el rollo de la unión entre la media luna y la cruz, pero ¿dónde está la cruz? Sólo tenemos un ministro cristiano, si de verdad tuviésemos a alguien que nos protegiese nadie podría chistarnos”, dice. “A los jóvenes cristianos les digo que eso de que cuando te pegan tienes que poner la mejilla no es verdad, tienes que preguntarte por qué te han pegado”, afirma.

Grupos de autofefensa coptos

Una idea que parece haber calado entre algunos sectores de la comunidad copta, que han empezado a organizar grupos de autodefensa para proteger las iglesias y lugares de culto en El Cairo y otras ciudades, según informa el diario Al Masry Al Youm. Algo que ya ha ocurrido en otras ocasiones, como en 2008, cuando voluntarios coptos comenzaron a custodiar el monasterio de Abu Fana, en el desierto occidental, después de que éste fuese atacado.

La tensión, en todo caso, sigue creciendo: el lunes provocó también una gran pelea entre cristianos y musulmanes en la calle Ramsés, en el centro de El Cairo, entre otros incidentes. Con todo, la comunidad copta ha reaccionado con un civismo ejemplar. Si el propósito de los instigadores del asalto, como algunos sospechan, era provocar un enfrentamiento generalizado entre cristianos y musulmanes, por el momento han fracasado.

El Gran Muftí Ali Gomaa, uno de los principales líderes espirituales del islam suní, pidió “que los egipcios se mantengan hombro con hombro para prevenir tensiones”.  Por otra parte,  el domingo por la tarde ya hubo varias manifestaciones, entre ellas una que reunió a un centenar de personas frente a la embajada estadounidense, “para pedir a la comunidad internacional que intervenga para proteger a los coptos”.

La quema de las iglesias de Imbaba culmina una larga lista de incidentes religiosos que en las últimas semanas parecen haberse multiplicado, y que algunos achacan a una estrategia deliberada de confrontación por parte de los salafistas. Otros acusan a elementos del régimen del derrocado presidente Hosni Mubarak de orquestar los ataques, para demostrar que el país necesita de un poder fuerte que evite que se suma en el caos.

Las relaciones entre los coptos —alrededor del 10 % de la población egipcia— y los musulmanes parecían gozar de un nuevo período de fraternidad tras la revolución popular que acabó con el derrocamiento del presidente Hosni Mubarak el pasado 11 de febrero, en la que participaron egipcios de todas las confesiones.

La revolución pareció ayudar por un momento a superar el enfrentamiento religioso. Cuando el Papa Shenuda III salió en defensa de Mubarak, poco después de iniciarse la revolución, muchos coptos decidieron desobedecerle.

Pero hay a quien no le interesa dicha convivencia. En los últimos meses,se han producido al menos cinco incidentes de gravedad de carácter sectario. La pasada Nochevieja, un atentado contra una iglesia en Alejandría provocó una veintena de muertos y casi ochenta heridos. Dos semanas después, un agente de policía disparó contra seis cristianos coptos en la zona de Assiut, en el Alto Egipto, matando a uno de ellos e hiriendo al resto.

En marzo, la situación volvió a tensarse peligrosamente después de que un grupo de exaltados destruyese una iglesia en la provincia de Helwan. Cuando unas decenas de jóvenes coptos decidieron cortar una carretera en El Cairo, a modo de protesta, grupos de islamistas asaltaron el barrio de Moqattam, de mayoría cristiana, provocando enfrentamientos en los que trece personas murieron y otras ciento cuarenta resultaron heridas.

Incluso se han encontrado culpables de la violencia sectaria dentro del anterior gobierno. El propio exministro del Interior durante el régimen de Mubarak, Habib El Adli, está formalmente acusado por la fiscalía de haber instigado el atentado de Alejandría “con el propósito de culpar a los islamistas, incrementar la represión sobre ellos y recabar el apoyo occidental”.

«El barrio de los basureros necesita protección internacional»

Fresco en una iglesia copta  |   ©  Eva Chaves
Fresco en una iglesia copta | © Eva Chaves

El barrio de Moqatam todavía huele a pólvora y a basura quemada. Basura con la que, en circunstancias normales, se ganan la vida los miles de personas, en su mayoría cristianos coptos. El 9 de marzo por la noche grupos de incontrolados atacaron el barrio con cuchillos, piedras y armas de fuego, incendiando las casas de algunos cristianos. Un incidente que se ha saldado con al menos 13 muertos —todos cristianos— y 140 heridos, según la prensa egipcia.

En Moqatam reverberan los lamentos de las plañideras. Un grupo de hombres transporta un ataúd hacia la iglesia de San Simón. Badri Makra, voluntario de la iglesia, relata lo sucedido la noche anterior, cómo un grupo de personas llegaron desde el barrio de Sayeda Aisha —de mayoría musulmana— para atacarles. “Al principio había más o menos la misma gente en cada bando, unas 150 o 200 personas a cada lado. Nuestros sacerdotes fueron para allá para intentar impedir que la gente se uniese a la lucha”, asegura Makra. No lo lograron: a las pocas horas, el número de los que combatían en la explanada de Mansheyet, junto a Moqatam, superaba las dos mil personas.

Un muchacho que venía desde la Ciudadela con un carro cargado de basura, nos cuentan, fue detenido en la carretera, golpeado y apuñalado gravemente. “Los de Sayeda Aisha cantaban eslóganes islámicos: ‘¡Todas las iglesias en llamas!’, y ‘¡Estado islámico!’”, dice Makra.

La cólera es omnipresente en el barrio. Contra la Media Luna Roja y los bomberos, que nunca aparecieron. Contra la televisión egipcia, que, dicen, ignoró los hechos. Pero, sobre todo, contra el ejército, a quien acusan de colaborar en los ataques.

“Los soldados no hicieron nada. Los atacantes se parapetaban en sus tanques, y nos lanzaban “cócteles molotov” y nos disparaban desde allí”, afirma Makra. “Este barrio necesita protección internacional”, asegura un viejo. “¿Los militares? ¡Si son ellos los que nos disparan!”

Los vecinos muestran unas garrafas de gasolina con las que los atacantes incendiaron varias plantas de reciclado de basura y algunas casas. Son de los tanques de los soldados, aseguran, lo que para ellos es la prueba definitiva de la complicidad de éstos en el asalto. “¿Acaso puedo yo coger algo del ejército?” dice Makra.

Les preguntamos si no hay soldados cristianos entre los militares. “Muy pocos”, dice un hombre. “Cuando yo hice el servicio militar no podía abrir la boca”, cuenta. “Hasta que no llamamos a altos mandos del ejército, los soldados no hicieron nada por parar los ataques”, asegura Makra. Por ello, muchos sospechan que puede haber otras motivaciones detrás del asalto. Un intento de crear caos y división social que justifique la necesidad de un poder fuerte, utilizando el recurso más fácil: la división religiosa.

 

 

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