Cien días sin Mubarak

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Daniel Iriarte

@Danieliriarteo

Periodista y cineasta documental (Zaragoza, 1980). Vive en Madrid, donde trabaja en la sección internacional del diario El Confidencial , después de una década como corresponsal en Asia y el Mediterráneo, los últimos cinco años en Turquía.

Publicado el 20 May 2011

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Vecinos de un barrio de El Cairo (2006) |   ©  Eva Chaves
Vecinos de un barrio de El Cairo (2006) | © Eva Chaves

El Cairo| Mayo 2011

Se han cumplido ya cien días desde la caída del presidente egipcio Hosni Mubarak, y Egipto parece haber iniciado el rumbo hacia la estabilización. Los tanques prácticamente han desaparecido del centro de El Cairo, salvo en puntos estratégicos, y el toque de queda, reducido a unas pocas horas durante la madrugada, es ya poco más que una anécdota que ha dejado de afectar a la vida diaria de los egipcios. Sin embargo, tras esa apariencia de normalidad, algunos elementos muestran las nuevas dificultades a las que se enfrenta el país.

La seguridad ciudadana, por ejemplo, se ha deteriorado notablemente, y el número de delitos se ha multiplicado varias veces, especialmente los robos a mano armada. Se han producido varios intentos de fugas masivas en las cárceles de El Cairo, y al menos tres de ellos han tenido éxito.

Los expertos lo achacan a la menor presencia policial en las calles, y a que los agentes que quedan, están desmoralizados. También a las dificultades económicas: la drástica caída del turismo —hasta un 80 % respecto a los niveles de antes de la revolución— ha provocado pérdidas a la economía por valor de unos 11.000 millones de dólares, según el Instituto de Planificación Nacional.
Preocupan, y mucho, los últimos brotes de violencia entre cristianos y musulmanes.

La seguridad ciudadana se ha deteriorado mucho, y el número de delitos se ha disparado

Aunque en ambas comunidades existe un importante esfuerzo por preservar el equilibrio religioso, el incremento de sucesos de este tipo hace que los islamistas radicales hayan adoptado una estrategia sistemática de hostigamiento contra los coptos, dirigida a quebrar la convivencia de forma permanente.

Está también muy extendida la opinión de que estos enfrentamientos están siendo orquestados por elementos del antiguo régimen, que pretenden demostrar la necesidad de un “poder fuerte”, que en último término facilitaría la rehabilitación de los Mubarak y los miembros de su entorno. Contarían para ello con la ayuda de Arabia Saudí, que estaría financiando y enviando y financiando a radicales salafistas con este propósito. En los últimos días han tenido lugar varias manifestaciones frente a la embajada saudí para protestar contra esta supuesta práctica.

Mubarak & Cía, en el banquillo

Mientras tanto, los Mubarak y sus colaboradores más cercanos se enfrentan al banquillo. El exministro del Interior, Habib El Adli, ya ha sido condenado a 12 años de cárcel por corrupción, y se enfrenta a otro proceso por su responsabilidad en la represión política.
Tanto Hosni Mubarak como sus hijos Gamal y Alaa están encarcelados a la espera de juicio. Su mujer, Suzanne, ha evitado el ingreso en prisión en el último momento debido a un presunto ataque al corazón. El expresidente podría llegar a enfrentarse a la pena de muerte si se demuestra que ordenó disparar contra manifestantes desarmados durante la revolución, aunque pocos creen que dicha condena pueda llegar a aplicarse.

La cuestión política está al rojo vivo. “Se ha recorrido un largo camino a la hora de desmantelar el legado autocrático del régimen de Mubarak. Los tres principales pilares del régimen, el aparato de la Seguridad del Estado [el organismo encargado de reprimir la disidencia interna], el antiguo Partido Nacional Democrático gobernante y las cámaras alta y baja del Parlamento, han sido desmanteladas”, asegura el analista político Gamal Essam El-Din en el diario Al Ahram. “Permanece una fuerte euforia, pero una sensación de aprensión y preocupación se extiende en Egipto”, dice, sobre todo después de los últimos incidentes sectarios.

El ejército continúa al mando del país, y muchos se preguntan cuál es su verdadero papel. “Administramos el país pero no gobernamos”, asegura el general Mojtar Al Molla, miembro del Consejo Superior de las Fuerzas Armadas. Pero lo cierto es que el gobierno interino, liderado por el primer ministro Essam Sharaf, tiene poco margen de autonomía sin la supervisión de los militares. En septiembre tendrán lugar las primeras elecciones —libres, en principio— de la época post-Mubarak, las parlamentarias, y se espera que para entonces el gobierno militar haya levantado la Ley de Emergencia, vigente desde la llegada de Mubarak al poder.
A los comicios concurrirán, entre otros, los Hermanos Musulmanes, que han creado su propio grupo político, el Partido de la Libertad y la Justicia. La mayoría de los observadores espera que obtengan, como mínimo, un tercio de los escaños parlamentarios.

Se espera que los Hermanos Musulmanes obtengan al menos un tercio de los escaños del Parlamento

Los motivos son varios: su renovada popularidad, vista su vocación de vanguardia a la hora de batirse con las fuerzas de seguridad durante la revolución; el hecho de que son, con diferencia, el grupo de oposición mejor organizado desde hace años; y su alianza con los predicadores salafistas, cuya capacidad de movilización a través de las mezquitas quedó ya demostrada durante la celebración del referéndum sobre la reforma constitucional el pasado marzo: los artículos a reformar, elaborados por un equipo jurídico liderado por los Hermanos Musulmanes, obtuvieron una aprobación popular de más del 77 %.

Estrategia común islamista

Aunque muchos en la Hermandad se esfuerzan por desligarse, de cara al público, de los radicales salafistas, hace dos semanas tuvo lugar en el barrio de Giza un congreso islamista que logró reunir a 50.000 militantes y simpatizantes, en el que se acordó una estrategia electoral común.

Poco después, en octubre o noviembre, están previstas las elecciones presidenciales, a las que se presentan figuras como el ex premio Nobel Mohamed El Baradei, o el popular Amr Musa, antiguo líder de la Liga Árabe.

Otros candidatos de oposición son menos conocidos en el extranjero, como Ayman Nour —de quien el régimen de Mubarak se deshizo encarcelándole en 2005, imputándole delitos de corrupción, cuando éste empezó a volverse demasiado importante— o el izquierdista Rifat El Sayed.

Entretanto, el país ha iniciado una nueva era en política exterior. El vecino Israel ve con preocupación cómo el nuevo gobierno egipcio ha apoyado el acuerdo de unidad entre Fatah, Hamás y otras facciones palestinas, y ha iniciado la reconciliación con Irán, país con el que había roto relaciones diplomáticas en los años 80.

“Todos los países del mundo tienen relaciones con Irán excepto tres: EE.UU., Israel y Egipto. Hemos pasado página. Irán no es un enemigo”, ha dicho el que hasta hace una semana era el ministro de Asuntos Exteriores, Nabil El Arabi, ahora elegido como sustituto de Amr Musa al frente de la Liga Árabe. Egipto también ha abierto el paso de Rafah “de forma permanente”, debilitando considerablemente el bloqueo israelí a Gaza.

Tal vez por ello, la Administración Obama ha anunciado esta semana la concesión de 2.000 millones de dólares de ayuda a Egipto, para “ayudar al proceso de transición democrática”. Un intento de conservar la influencia de EE.UU. sobre uno de sus socios más fiables en Oriente Medio, y que ahora mismo nadie sabe bien hacia dónde camina.

Publicado parcialmene en ABC

 

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