El factor palestino

Publicado por

Daniel Iriarte

@Danieliriarteo

Periodista y cineasta documental (Zaragoza, 1980). Vive en Madrid, donde trabaja en la sección internacional del diario El Confidencial , después de una década como corresponsal en Asia y el Mediterráneo, los últimos cinco años en Turquía.

Publicado el 9 Jun 2011

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Manifestante en Ammán (Jun 2011)  |  ©  Daniel Iriarte
Manifestante en Ammán (Jun 2011) | © Daniel Iriarte

Ammán | Junio 2011

Mañana, como cada viernes desde hace meses, cientos, tal vez miles de personas protestarán por toda Jordania contra el gobierno del primer ministro Maruf Bakhit. Se le acusa de no estar haciendo nada contra la oposición, y peor, de bloquear la reforma política.
Baruf es tal vez el cabeza de turco, porque lo que los opositores demandan, además de elecciones parlamentarias en las que esperan poder colocar a alguien “nuevo” –no cooptado por el régimen-, es apertura y reforma económica: los mismos vientos de cambio que recorren el resto del mundo árabe.

Baruf es también el chivo expiatorio porque nadie se atreve a ir tan lejos como para cuestionar abiertamente al rey Abdalá, mucho menos la institución monárquica como tal.

El soberano ha sorteado hábilmente las protestas que han sacudido a todos los países de la región, con una combinación de reflejos –reinstaurando inmediatamente los subsidios cuya supresión desencadenó las primeras protestas-, condescendencia y maquiavelismo: el régimen esperó a que se hubiesen calmado las manifestaciones más multitudinarias para desatar una ola de represión brutal, si bien muy discreta, sobre los opositores más destacados.

El primer ministro, Maruf Bakhit, es el chivo expiatorio porque nadie se atreve a protestar contra el monarca

Y sin embargo, algunos centenares de manifestantes continúan concentrándose cada viernes en la mezquita de Al Husseini, en el centro de Ammán, para seguir pidiendo cambios. Los que quedan pertenecen ya básicamente a dos grupos de oposición: la izquierda, y los islamistas. A ambos les une poco más que su enemigo común, el estado de Israel, y la alianza que la monarquía jordana ha establecido con éste. Un elemento ayuda a explicarlo: el factor palestino.

El pintor Muhammad Samhuri todavía conserva las llaves de la casa de sus padres en Yafa, en lo que hoy es Israel. Su familia es una de las que huyeron en 1948, durante lo que los árabes llaman la “Nakba”, “la catástrofe”: la creación del estado israelí, que empujó a cientos de miles de palestinos a convertirse en refugiados en los países vecinos. Pero lo que en otros lugares, como Líbano o Siria, es para la mayoría de sus ciudadanos poco más que una vieja historia trágica, en Jordania -donde más del 65 por ciento de sus habitantes se definen como “palestinos”-, es un drama muy vivo.

Bomba de tiempo

“Los palestinos no tienen casi representación política, y eso es una bomba de tiempo”, dice Samhuri. Cierto: apenas hay presencia palestina en el parlamento. Pero a la causa no le faltan abogados: casi todas las organizaciones que participan en las manifestaciones –tanto las islamistas como las de izquierda- son contrarios a los acuerdos de Wadi Araba, que en 1994 sellaron el reconocimiento mutuo entre Jordania e Israel.

Muchos culpan a dichos acuerdos –que supusieron la pérdida efectiva de Cisjordania como uno de los dos grandes mercados tradicionales para los productos jordanos- de ser el principio de la actual situación de carestía.

De ahí que tanto Tel Aviv como Washington teman que, si las protestas culminan con la instauración de una democracia plenamente representativa, accedan al poder algunos grupos políticos opuestos a la normalización con Israel. El mismo miedo existe respecto a Egipto. Este país y Jordania son, respectivamente, el segundo y el cuarto receptor de ayuda económica y militar estadounidense.

Pero, en los callejones sin asfaltar de los campos de refugiados palestinos en Jordania –hoy, enormes barrios de chabolas de cemento y uralita-, el asunto es mucho más que una cuestión política. Para cientos de miles de personas, tiene también enormes consecuencias económicas. “¿Por qué nos quedamos en los campos en lugar de marcharnos a intentar prosperar? Muy sencillo: por pura pobreza”, asegura Al-Samhuri, quien habita la rudimentaria vivienda de ladrillo que sus padres construyeron en 1985.

A pesar de que Jordania es el único país que concedió, ya en 1951, la ciudadanía plena a los palestinos, también institucionalizó la división étnica. “Tradicionalmente, el régimen jordano ha jugado la carta sectaria: cuando los jordanos protestaban, se acercaba a los palestinos, y al revés”, dice Said Diab, secretario general del izquierdista Partido de Unidad Popular (PUP), la rama jordana del Frente Popular para la Liberación de Palestina, que opera en los territorios palestinos.

Algunos de sus militantes no están de acuerdo en la alianza “contra natura” con los partidos islamistas, pero, disciplinados, se callan sus críticas. Diab se defiende: “Tenemos muchas diferencias con los islamistas, en cuestión de economía, de política social y demás. Pero ahora es necesaria. Nosotros solos no podemos conseguir el cambio, y otros partidos de izquierda no están dispuestos a continuar la presión contra el gobierno. No hay otra alianza posible”, explica.

«La alianza con los islamistas es temporal. Sabemos quiénes son», afirma un militante de izquierdas

La alianza, afirma, es temporal. “En este momento, estamos de acuerdo en que Israel es un peligro y en que estamos sometidos a la dominación estadounidense. Pero sabemos bien quiénes son, y dónde han estado siempre”, dice. Diab se refiere a la posición de los Hermanos Musulmanes respecto al régimen, tradicionalmente favorecidos por la monarquía como “oposición responsable” frente a los movimientos izquierdistas y sindicatos, y contra los que a menudo se les utilizaba como fuerza de choque callejera.

Diab, no obstante, no teme que, en caso de producirse una revolución, los islamistas puedan dejar fuera de juego a sus aliados e instaurar una teocracia. “La sociedad jordana no está preparada para aceptar un régimen islámico. Y los partidos de izquierda y nacionalistas son suficientemente fuertes como para impedirlo”, asegura.

Pequeñas victorias

Por lo pronto, las alianzas ya han conseguido una primera victoria: la liberación del periodista Alaa Fawzaa, detenido la semana pasada por haber escrito sobre el caso del empresario Khalid Shahin, condenado a tres años de cárcel por corrupción pero que habría sido presuntamente excarcelado en secreto por altos cargos del régimen amigos suyos. Fawzaa fue encarcelado el miércoles por este artículo.

El viernes, los manifestantes exigían –además de responsabilidades por el caso Shahin- la puesta en libertad del periodista. El domingo, Fawzaa volvía a dormir en su casa. Un pequeño triunfo que ha dado un soplo de ánimo a una oposición cada vez más desgastada.
Porque, además, los militantes políticos jordanos se han quejado siempre de que los palestinos no se involucran en los movimientos locales.

Pero esto, al parecer, también está cambiando ahora. “Mis padres, por ejemplo, se ciñen a la idea de que no somos parte de los movimientos sociales en Jordania, que nuestra causa nacional es más importante”, dice Nicola Al-Saafin, un activista político palestino. “Pero mi generación, la tercera de refugiados, ve con claridad que es poco probable que regresemos a Palestina, así que tenemos que luchar por las cuestiones sociales aquí también”, asegura.

En estos meses, por primera vez, los campos de refugiados han alojado manifestaciones en solidaridad con otras protestas en Ammán. De modo que tal vez Israel sí deba estar preocupado por una democracia plena en Jordania.

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