«La independencia sarda es factible»

Michela Murgia

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 28 Sep 2011

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Michela Murgia | Meloni Deidda / Cortesía Ed. Salamandra
Michela Murgia | Meloni Deidda / Cortesía Ed. Salamandra

Cerdeña, años 50. En una villa rural, una vecina se dedica a aliviar la agonía de los vecinos gravemente enfermos, al margen de la Iglesia y del Estado. Es la historia de La acabadora, la novela con la que la sarda Michela Murgia (Cabras, 1972) obtuvo los prestigiosos premios Mondello y Campiello, y con la que acaba de debutar en el mercado español de la mano del sello Salamandra.

Figura popular en su país, rostro televisivo y activa blogger, Murgia se dio a conocer con una suerte de diario titulado I mondo deve sapere (2006) que inspiró el filme de Paolo Virzi Tutta la vita davanti, publicó la guía heterodoxa Viaggio in Sardegna (2008) y recientemente el ensayo Ave Mary, que remite a sus estudios de teología.

Pero sólo con La acabadora ha logrado ascender a la cima de la lista de libros más vendidos en su país, con un cuarto de millón de ejemplares. Y aunque las críticas han sido dispares, nadie duda de que la Murgia es una voz que sabe hacerse oír.

Primero Satta, luego Fois, Todde, ahora usted… ¿Qué sucede en Cerdeña para que haya esa fascinación por la muerte?
No creo que los sardos tengamos una relación más morbosa que nadie con la cuestión de la muerte, son muchos los autores que se han ocupado de ello y lo han hecho bien. Es más interesante entender por qué debería ser extraño que la muerte suscite interés. Si no hubiese un tabú alrededor de la muerte, nadie se sorprendería de que la literatura la aborde. Pero, ¿de qué otra cosa podría ocuparse la literatura, si no de aquello de lo que no se puede hablar?

Por otro lado, su libro La acabadora representa un universo femenino y rural que invita a recordar a otra gran autora sarda, Grazia Deledda. ¿Se reconoce en su tradición?
Indudablemente, la Deledda es la madre de gran parte del imaginario de los sardos sobre sí mismos. Pero en lo que me respecta, no lo es más que mi abuela o mi madre. Creo además que también la Deledda se inserta en una genealogía de mujeres narradoras. Somos un árbol con muchos frutos.

Me resulta interesante que una sociedad religiosa como aquella pudiera albergar a acabadoras que el Papa no toleraría jamás. ¿Hay una contradicción ahí, o el Vaticano pilla demasiado lejos de la isla?
El Vaticano está seguramente lejos de Cerdeña, también hoy. Pero creo que ocuparse de la muerte y del sufrimiento, si es necesario incluso acompañándolos, puede ser a todos los efectos un altísimo acto espiritual. Si hay una contradicción, es porque los referentes espirituales tal vez no sean los mismos que los del Vaticano.

¿Qué significa ser mujer en la Italia del siglo XXI, concretamente en Cerdeña? ¿Hay una gran diferencia con la generación de su madre, por ejemplo?
Con mi madre no, era una mujer que tenía 20 años en el 68, escuchaba a los Beatles y vestía vaqueros, de modo que no siento tanto el salto generacional. Mi abuela, en cambio, era una mujer de otro siglo, que obedecía a códigos propios de otro tiempo y de un mundo que ya ha desaparecido. Ser mujer hoy en Cerdeña significa asumir las contradicciones derivadas de los rápidos cambios de la cultura y de las costumbres. Conviven juntas modernidad y formas antiguas: es un desafío apasionante moverse entre ambas cosas.

Su último libro, Ave Mary, se subtitula “Y la Iglesia inventó a la mujer”. ¿En qué sentido?
En el sentido de que existe una imagen de mujer pensada por los padres de la Iglesia que no es real, pero con la cual las mujeres de todos los tiempos han tenido que enfrentarse.

Y las mujeres sardas, ¿afrontan como todas las italianas todo esto de Berlusconi y sus fiestas en Villa Certosa, o de un modo especial por haber ocurrido en su propia tierra?
Villa Certosa y la Costa Esmeralda, para las mujeres sardas, no se encuentran en Cerdeña. El norte de la isla ha sido adquirido, colonizado y convertido en una sucursal de un teatro de variedades donde no es posible para nadie reconocerse como ciudadano, ni siquiera para quien veranea allí. Mi sueño es verlos marcharse a todos, sin dejarse nada atrás.

La suya será la generación post-Berlusconi. ¿Cual será el mayor enemigo a batir, después de Il Cavaliere?
Silvio Berlusconi no es mi paradigma para juzgar el panorama italiano, ni político ni cultural. Representa un dato antropológico, pero si existe tal cual es, se debe a que los italianos son como son. No existen “enemigos” en este cuadro, sólo un pueblo que debe aprender a ajustar cuentas consigo mismo. Sin esta toma de conciencia, nacerán Berlusconis hasta debajo de las piedras.

Usted es una escritora muy mediática, aparece en prensa, televisión, internet… ¿Tienen los medios una fuerza de la que la literatura carece?
No se trata de contraponer los medios con la escritura. Para mí la comunicación es un flujo sin barreras. Estoy muy atenta al uso de la televisión, porque le reconozco un poder especial de manipulación, pero en internet me encuentro perfectamente cómoda.

De Saviano a los Wu Ming, pasando por usted misma, hay una nueva generación de escritores italianos comprometidos, que analizan con sentido crítico la sociedad de hoy. ¿Cree que podrán cambiar las cosas? ¿O antes habrá de cambiar la mentalidad del público?
No estoy segura de que podamos cambiar las cosas, pero estoy convencida de que
Sería muy grave si no lo intentásemos.

La crisis económica, ¿es más o menos fuerte en las islas, en el Sur en general?
Es fortísima, devastadora. Hay miles de familias bajo el umbral de la pobreza. Cerdeña es un polvorín.

¿Qué cree que cambiará la crisis en la cabeza y el corazón de los italianos?
Los italianos no han cultivado la cultura del conocimiento y de la responsabilidad. Es un pueblo tendente al mesianismo: creen que llegará alguien a salvarlos y a ello lo confían todo. Por esta razón, éste es un momento crucial para la democracia en Italia. Existe un gran segmento de la población que está buscando a alguien o a algo a lo que culpar de los propios problemas económicos, y existe una fuerza política que no ve la hora de canalizar esta rabia en la peor dirección: contra el que es distinto, el inmigrante, el pobre.

¿Cómo se explica que un pueblo emigrante como el italiano no cierre filas en la cuestión de la inmigración africana?
Eso sólo se explica entendiendo que hay una gran ignorancia, que la ignorancia es la madre de todos los miedos y que desde hace veinte años existe en Italia una fuerza política, la Liga Norte, que limenta estos miedos y los usa para lograr consensos. Hoy esto sucede, por desgracia, en toda Europa, en Francia, en Alemania, e incluso en la Europa del Norte crecen los porcentajes electorales de partidos xenófobos y nacionalistas. La clave para no sucumbir es la formación cultural, en Italia y en todas partes.

Tengo entendido que usted defiende la independencia de Cerdeña. ¿Es ése un camino verdaderamente factible, o sólo un modo de reclamar más autonomía?
Es un camino factible, basta desearlo. En Europa otros pueblos en los últimos tiempos han demostrado que era posible, y hasta conveniente.

He aquí una pregunta que pueden compartir Euskadi, Irlanda del Norte y tal vez Cerdeña. ¿Tiene un sentido la independencia en una Europa unida, donde las fronteras están llamadas a desaparecer? 
La meta de la independencia no es construir una frontera más, sino reconocer una libertad ulterior e interconectada. De ahí Europa sólo puede salir enriquecida.

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