El segundo Herzl

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 15 Oct 2011

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La víspera del Yom Kipur la semana pasada, cuando los verdaderos judíos rezaban por sus vidas, me senté a las orillas del mar de Tel Aviv a pensar.

Era mi primer Yom Kipur sin Rachel, y el agua estaba negra, como mi estado de ánimo.

Pensaba en nuestro Estado, el Estado de Israel, en el que tengo, por decirlo de alguna manera, acciones de fundador.

¿Aguantará? ¿Seguirá aquí dentro de otros 100 años? O ¿es un capítulo pasajero, un avatar de la historia?

¿Aguantará Israel? ¿Seguirá aquí dentro de 100 años? O ¿es un avatar de la historia?

Cuando le preguntaron por su valoración de la Revolución Francesa, Zhou Enlai contestó: “Es muy pronto para hablar”.

La revolución sionista, eso es lo que era, empezó más de cien años después de la francesa. En realidad es demasiado pronto para hablar.

Una vez, con una actitud más alegre, le dije a mis amigos: “A lo mejor estamos todos equivocados. A lo mejor Israel no es en realidad la forma final de la empresa sionista. Como los urbanistas de cualquier gran proyecto, los sionistas decidieron primero construir un ‘piloto’, un prototipo, para probar su proyecto. En realidad, nosotros los israelíes somos sólo conejillos de indias. Más tarde o más temprano otro Theodor Herzl vendrá y, tras analizar los fallos y errores de este experimento, redactará el proyecto del Estado real, que será muy superior.”

Herzl 2 empezará por preguntarse: ¿qué hizo mal Herzl 1?

Herzl 1 visitó Palestina sólo una vez, y expresamente para reunirse con el emperador alemán, a quien quería fichar para su empresa. El káiser insistió en verle a las puertas de Jerusalén, escuchó pacientemente lo que tenía que decirle y entonces supuestamente comentó a sus asesores: “Es una gran idea, pero ¡no puedes hacerlo con judíos!”

Herzl pensó: Lleva a los judíos a Palestina, y todo quedará en su sitio; será un pueblo normal

Se refería a los judíos que conocía, los miembros de la comunidad étnico-religiosa mundial. Herzl tenía la intención de transformarlos en una nación de estilo moderno, como las demás naciones modernas de Europa.

Herzl no era un pensador profundo, era periodista y dramaturgo. Tanto él como sus sucesores vieron la necesaria transformación básicamente como una cuestión de logística. Lleva a los judíos a Palestina, y todo quedará en su sitio automáticamente. Los judíos se convertirán en un pueblo normal, un pueblo (en alemán ‘volk’) como otros pueblos. Una nación entre naciones.

Pero los judíos de su tiempo no eran ni un pueblo ni una nación. Eran algo bastante diferente.

Mientras no era común en la Europa del siglo XIX, la Diáspora fue bastante normal 2000 años antes. La estructura social a gran escala de esa época era una red de diásporas, entidades étnico-religiosas autónomas dispersas por todo el mundo “civilizado” (mediterráneo). Los imperios gobernantes – persa , alejandrino, romano, bizantino, otomano — las reconocieron como la estructura natural de la sociedad.

La estructura social hace 2.000 años era una red de diásporas, de entidades étnico-religiosas

Las naciones en el sentido territorial moderno eran por aquél entonces inconcebibles. Un judío en Jerusalén no pertenecía a la misma sociedad que un helenista en Cesárea, sólo a cien millas de distancia. Un hombre cristiano en Alejandría no podía casarse con una chica judía que viviera en la casa de al lado, pero ella sí podía casarse con un judío de la lejana Antioquía.

Desde entonces, Europa ha cambiado muchas veces, hasta la aparición de las naciones modernas. Los judíos no cambiaron. Cuando Herzl buscaba una solución al “problema judío”, eran todavía la misma Diáspora étnico-religiosa.

Sin problema, pensó, una vez que les lleve a Palestina, cambiarán.

Pero una comunidad étnico-religiosa, viviendo durante milenios como una minoría perseguida en un ambiente hostil, adquiere una mentalidad propia: Teme al gobierno “goy”, origen de interminables decretos maligno; ve a todo el mundo fuera de la comunidad como un enemigo potencial, a menos que se demuestre lo contrario (y aun así); desarrolla un intenso sentido de la solidaridad con los miembros de su propia comunidad, incluso a miles de millas de distancia, apoyándoles incondicionalmente, hagan lo que hagan. En su situación desesperada, los perseguidos sueñan con un día de venganza, en el que puedan hacer a otros lo que les han hecho a ellos.

Todo esto impregna su visión del mundo, su religión y sus tradiciones, trasmitidas de generación en generación. Los judíos han rezado a Dios durante siglos, año tras año, la víspera del Pesaj: “Descarga tu ira contra los goyim…”.

Cuando los sionistas empezaron a llegar y fundaron la nueva comunidad, llamada el “yishuv (asentamiento), parecía que Herzl había tenido razón. Empezaron a comportarse como el embrión de una verdadera nación. Se deshicieron de la religión y despreciaron la Diáspora. “Judío exiliado” era el peor insulto que les podían dedicar. Se veían a sí mismos como “hebreos”, más que como judíos. Empezaron a construir una nueva sociedad y una nueva cultura.

Y entonces ocurrió lo peor: el holocausto.

Trajo de nuevo todas las antiguas convicciones judías con una venganza. No sólo los alemanes eran culpables, sino todos los países que se quedaron mirando y no levantaron ni un dedo para salvar a las víctimas. Así todas las antiguas creencias habían sido ciertas después de todo: el mundo entero está en contra de los judíos, debemos defendernos a toda costa, sólo podemos confiar en nosotros mismos. La actitud del Yishuv hacia los judíos y la Diáspora fue un terrible error, debemos arrepentirnos y abrazar lo que despreciábamos ayer: la religión judía, las tradiciones judías, el ‘shtetl’ judío.

El fallecido profesor Yeshayahu Leibowitz, un judío observante, mantenía que la religión judía había muerto 200 años atrás, y que lo único que unía a los judíos en todas partes del mundo era el holocausto.

Desde el mismo momento de su fundación se convirtió en el Estado del holocausto

Desde el mismo momento de su fundación, el Estado de Israel se convirtió en el Estado del holocausto. Pero ya no somos un gueto indefenso, tenemos potentes ejércitos, podemos, de hecho, hacer a otros lo que otros nos hicieron a nosotros.

Los viejos miedos existenciales, desconfianzas, sospechas, odios, prejuicios, estereotipos, sensación de ser las víctimas, sueños de venganza, que nacieron en la Diáspora, se han superpuesto al Estado, creando una mezcla peligrosa de poder y victimismo, brutalidad y masoquismo, militarismo y la convicción de que el mundo entero está en contra nuestra. Un gueto con armas nucleares.

¿Puede un Estado así sobrevivir y florecer en el mundo moderno?

Las naciones-Estado europeas han librado muchas batallas. Pero nunca se olvidaron de que después de la guerra viene la paz, que el enemigo de hoy bien puede ser el aliado de mañana. Las naciones-Estado permanecen, pero se están volviendo cada vez más interdependientes, uniéndose a estructuras regionales, abandonando gran parte de su soberanía.

Los sondeos muestran que la vasta mayoría de israelíes creen que nunca habrá paz.

Israel no puede hacer eso. Los sondeos de opinión pública muestran que la vasta mayoría de israelíes creen que nunca habrá paz. Ni mañana ni en cien años. Están convencidos de que “los árabes” están ahí para arrojarnos al mar. Ven al poderoso Israel como la víctima rodeada por los enemigos, mientras nuestros “amigos” son capaces de darnos la puñalada por la espalda en cualquier momento. Ven la eterna ocupación de los territorios palestinos y el establecimiento de asentamientos beligerantes por toda Palestina como el resultado de la intransigencia árabe, no como su causa. Les apoyan con solidaridad ciega muchos judíos de todo el mundo.

Casi todos los partidos israelíes, incluida la oposición, insisten en que Israel sea reconocido como el “Estado-nación del pueblo judío”. Esto significa que Israel no pertenece a los israelíes (el propio concepto de una “nación israelí” es oficialmente rechazado por nuestro gobierno) sino a la étnico-religiosa diáspora judía mundial, a la que nunca le han preguntado si está de acuerdo con que Israel le represente. Es la propia negación de un Estado-nación real que pueda vivir en paz con sus vecinos y vincularse a una unión regional.

Nunca me he hecho demasiadas ilusiones sobre la magnitud de la tarea que mis amigos y yo emprendimos hace décadas. No consiste en cambiar este o aquel aspecto de Israel, sino cambiar la naturaleza fundamental del propio Estado.

Es bastante más que una cuestión política, más que sustituir un partido por otro. Es incluso más aún que hacer la paz con el pueblo palestino, que terminar la ocupación, que evacuar los asentamientos. Es efectuar un cambio básico de (o en) la conciencia nacional, la conciencia de cada hombre y mujer israelí.

Se ha dicho que “puedes sacar a los judíos del gueto, pero no el gueto de los judíos”

Se ha dicho que “puedes sacar a los judíos del gueto, pero no puedes sacar el gueto de los judíos.” Pero es eso exactamente lo que se necesita hacer.

¿Se puede hacer? Creo que sí. De verdad así lo espero.

Tal vez necesitamos un impacto, o positivo o negativo. La aparición aquí de Anwar Sadat en 1977 puede servir como ejemplo de un impacto positivo: viniendo a Jerusalén mientras un estado de guerra estaba todavía en efecto, él produjo un cambio repentino en la conciencia de los israelíes.

Eso mismo hizo el apretón de manos de Rabin y Arafat en los jardines de la Casa Blanca en 1993. Lo mismo hizo, de una forma negativa, la guerra del Yom Kipur, exactamente hace 38 años, que sacudió hasta el corazón mismo de Israel. Pero éstos eran impactos menores, breves comparados con lo que se necesita.

Un segundo Herzl podría, tal vez, obrar un milagro así, contra todo pronóstico. Con las palabras del primer Herzl: “Si lo quieres, no es un cuento de hadas.”

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