El cadáver de Gadafi

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Daniel Iriarte

@Danieliriarteo

Periodista y cineasta documental (Zaragoza, 1980). Vive en Madrid, donde trabaja en la sección internacional del diario El Confidencial , después de una década como corresponsal en Asia y el Mediterráneo, los últimos cinco años en Turquía.

Publicado el 25 Oct 2011

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Después de tantos meses de revuelta armada en Libia (por no llamarla guerra civil), uno esperaría alegrarse de la muerte de un canalla del calibre de Gadafi. Primero, porque esto supone el triunfo inmediato del bando rebelde que, siempre lo he sostenido, estaba en su derecho legítimo a rebelarse contra la dictadura. Algo no invalidado por el que la OTAN decidiese hacer causa común con ellos por sus propios intereses: el triunfo de Gadafi hubiera resultado mucho peor. Y segundo, porque en el fondo hay algo de justicia poética en el tirano asesinado por la rabia del pueblo, al estilo de Mussolini.

Hay algo de justicia poética en el tirano asesinado por la rabia del pueblo, al estilo de Mussolini, pero…

Pero no está siendo así. Será tal vez ese rechazo instintivo que me provocan los linchamientos. Y el que, si uno se considera un demócrata, asume que habría sido mejor capturarle vivo, igual que habría sido mejor atrapar con vida a Osama Bin Laden, para que pudiese sentarse ante un tribunal a rendir cuentas por sus crímenes.

Pero ya hace años capturamos con vida a otro tirano sanguinario llamado Saddam Hussein, y le hicimos un juicio, y aquello tampoco tuvo mucho que ver con la justicia. A Saddam se le liquidó lo más rápido posible y sin muchas preguntas, para que no revelase demasiado sobre aquella década en que las potencias occidentales le suministraban armamento al régimen iraquí a precio de saldo. Incluyendo, claro, las armas químicas con las que gaseó a los kurdos en 1988, por lo que luego —quince años después— se le demonizó.

Gadafi tenía para contar y en un juicio habríamos oído testimonios que deben de poner nerviosos a más de uno

Y Gadafi tenía para contar. En un juicio habríamos oído innumerables testimonios sobre el apoyo del régimen libio al terrorismo, sobre la matanza de la prisión de Abu Salim, sobre el atentado de Lockerbie, sobre la brutal represión durante cuatro décadas. Pero el otrora “líder de la revolución libia”, con su reconocido dominio escénico, podría haberse desmarcado hablando del pacto que tenía con Italia para asesinar a inmigrantes subsaharianos, de las fiestas salvajes de Berlusconi, de los islamistas torturados para suministrar información a la CIA, de los oscuros negocios con diversos gobiernos europeos. O de las alegaciones de que financió la campaña electoral de Sarkozy. O, ya puestos, de las recepciones en el Palacio de la Zarzuela, de la entrega de las llaves de oro de Madrid por Alberto Ruiz Gallardón, o de su jaima instalada en El Pardo, que no son hechos ilegales pero cuyo recuerdo debe poner nervioso a más de uno…

No pretendo insinuar que los rebeldes que acabaron con Gadafi hubiesen recibido instrucciones de evitar que llegase vivo a los tribunales. No, mi instinto —a falta de mayores datos— me dice que es algo mucho más primario que todo eso: un grupo de combatientes se topa con el dictador, le acorrala, le lincha. Todo muy mussoliniano. Pero más de una cancillería habrá respirado sabiendo que esa bomba de nitroglicerina llamada Gadafi ha sido silenciada para siempre.

Ahora, las diferentes facciones victoriosas empiezan a apuntar sus fusiles unas contra otras

Si Gadafi hubiese capitulado, como sus vecinos autócratas, la revolución libia podría haber sido un bonito episodio de la historia contemporánea. Pero eligió morir matando, y mientras tanto los rebeldes han asesinado a demasiados presuntos colaboracionistas y trabajadores inmigrantes cuyo único crimen era tener la piel negra, y las bombas de la OTAN han volado demasiados edificios de viviendas. Ahora, ante la perspectiva de hacerse con el poder, las diferentes facciones victoriosas empiezan a apuntar sus fusiles unas contra otras.

Se suponía que en esta columna yo debía analizar los escenarios que ahora se presentan en la Libia post-Gadafi, pero no consigo pensar con claridad. Las imágenes del cadáver de Gadafi no me producen sino un extraño hastío. No sé, será que la guerra de Libia está durando demasiado. Y que, al final, es igual de asquerosa que todas las demás guerras.

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