La Turquía de Hrant Dink

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 20 Ene 2012

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“Todos somos armenios”. El grito se repite por treinta mil gargantas, a lo largo de todo el camino entre Taksim, el corazón de Estambul, y la redacción del Agos, media hora más al norte. Fue aquí, en la puerta del periódico, donde un joven pegó tres tiros a Hrant Dink, un periodista turco de etnia armenia de 52 años, director del Agos. Tres tiros que despertaron un país.

Fue el 19 de enero de 2007 y Hrant Dink no era más que un periodista armenio en Turquía, condenado a seis meses de cárcel por haber insultado “la turquicidad”. Días después, más de cien mil personas caminaron tras el ataúd del periodista, con un único grito: “Todos somos Hrant, todos somos armenios”.

Cien mil personas caminaron tras el ataúd de Hrant Dink gritando: “Todos somos armenios”

Ser armenio en Turquía no es fácil. Aunque los aproximadamente 70.000 ciudadanos turcos de habla armenia y religión cristiana no están perseguidos, sí forman parte de lo que el nacionalismo turco ha elevado al rango de “enemigo de la nación”. La república turca nació precisamente en la guerra contra griegos, en el oeste, y armenios, en el este, dos grupos étnicos fundamentales en la vida social y económica del Imperio Otomano, pero cuyos representantes políticos se aliaron con Inglaterra y Rusia, respectivamente.

Griegos y armenios se convirtieron pronto en la imagen del clásico quintacolumnista, enemigo interno de una república nacionalista. No hay país más estrictamente laico que Turquía, pero es un laicismo de fachada que oculta una profunda convicción que sólo es realmente turco quien es musulmán suní. De origen, aunque luego se proclame abiertamente ateo.

Los armenios de la diáspora, desde luego, poco hicieron para acabar con esta enemistad. Más bien la atizaron: también los armenios sólo conciben su identidad nacional en relación al enemigo turco, eterno responsable del genocidio de 1915. O eso decía Hrant Dink en una famosa serie de artículos en los que pidió a los armenios del mundo que dejasen ya de envenenar su sangre con el odio al turco y encontrasen una identidad armenia propia, no intoxicada. Fue precisamente esta frase la que el juzgado leyó al revés y por la que condenó al periodista: decir que lo turco intoxica es un insulto a la nación, sentenció.

Ogün Samast, el joven de 17 años que disparó a Hrant Dink, dijo haber actuado de buena fe para acabar con quien ofendía el país. En julio pasado fue condenado a 22 años entre rejas. Otro joven, Yasin Hayal, recibió la perpetua hace tres días por haber planificado el asesinato y haber instigado a Samast, pero el tercer acusado, Erhan Tuncel, fue absuelto. Y el juzgado no encontró indicios de que detrás del crimen hubiera una organización delictiva, sino únicamente un par de jóvenes ‘ultras’. O quizás la hubiera, pero no hay pruebas, dijo el propio juez, responsable de la sentencia, en televisión después.

Un cartel muestra una bombilla, el logotipo del AKP, con un casco militar y la cruz gamada

“Sí que hay pruebas y las hay abundantes”, replicó el fiscal. Lo mismo piensan los 30.000 “amigos de Dink” que marcharon el jueves al lugar donde cayó. Creen que una red de ultranacionalistas, criminales, policías y militares lleva tiempo influyendo en la política y acabando con las voces disidentes. Y tras cinco años de juicio se evidencia, gritan en la marcha, que el gobierno actual tampoco quiere hacer nada para tirar de la manta. El AKP, el partido islamista en el poder, que lleva un año echando un duro pulso a los militares, y ganándolo, no está interesado en llegar tan lejos, denuncian.

Lo dice gráficamente un cartel, repetido decenas de veces en la marcha: una bombilla, el logotipo del AKP, cubierta por un casco militar marcado con la cruz gamada. Está todo dicho.

Hrant Dink fue víctima de Ergenekon, si es que existe esa red de militares golpistas, aliados con servicios secretos, círculos mafiosos y bandas terroristas al servicio del Estado. Que existe algo se evidenció en el accidente de Susurluk de 1996: ¿qué si no hacen en un coche un mafioso ultraderechista, un jefe policial y un diputado con pistolas, metralletas, pasaportes falsos y muchos dólares?

Cuando la Fiscalía empezó a encarcelar a militares a partir de 2007 y descubrir más y más redes, muchos pensaban que por fin se hacía limpieza en las cloacas del Estado. Cinco años después hay demasiadas personas encarceladas durante demasiado tiempo, y no sólo militares sino académicos y periodistas críticos con el propio caso, demasiados como para creer aún que todas las acusaciones son reales.

¿Es real o no es real Ergenekon? pregunté a un joven turco cuando las dudas empezaron a crecer, hace un año largo. Su respuesta: Es una operación de tapadera para no investigar de verdad la guerra sucia que el Estado ha llevado durante décadas contra la oposición, sobre todo contra los kurdos. Porque si se destapara, se caería el gobierno: todos tienen las manos sucias.

Por eso no hay justicia en el caso de Hrant Dink, por eso sólo pagan los peones de siempre. Pese a todas las buenas palabras del AKP, del primer ministro Recep Tayyip Erdogan y el presidente Gül hacia abajo, que todos han prometido que la investigación continuará, recurrida la sentencia.

“Por Hrant y por la Justicia” es el grito de las masas que marchan hacia el Agos y que seguirán marchando cada 19 de enero. Los seguirá saludando Rakel Dink, la viuda del periodista, emocionada, desde la ventana. Seguirán lanzando claveles rojos al pavimento. Hasta que se descubra quién ordenó este asesinato. Y tal vez tantos otros.

En el pavimento, una piedra dice en turco y en armenio: “Aquí mataron a Hrant Dink”

En el pavimento hay ahora una piedra, colocada por la municipalidad del barrio de Sisli. Dice: “Aquí mataron a Hrant Dink. 19 Enero 2007. 15:05 h”. Lo dice en turco y en armenio. Esa piedra refleja el grito de cinco años: Todos somos armenios.

No es un grito fácil en un país en el que aún en abril pasado, el líder de la oposición socialdemócrata, Kemal Kiliçdaroglu, denunció por “insulto” a un periodista que afirmaba que el político era de familia armenia.

No es un grito fácil en un país que escenifica una enorme ruptura diplomática con Francia y llama a consultas a su embajador para protestar contra lo que considera un acto directamente hostil a Turquía: la aprobación de una ley que castiga con un año de cárcel y una pesada multa a quien se atreva a negar que la masacre de armenios de 1915 fuera un genocidio.

Imagino que todo periodista está de acuerdo en que una ley que fije bajo pena de cárcel una versión concreta del pasado y prohíbe tajantemente discrepar es un atentado contra la libertad. Aunque fuera cierto que era un genocidio (que lo era). Aunque Francia, Alemania y otros países aplican esa misma ley a otro genocidio, el judío.

Turquía ha perdido una ocasión de oro para quedarse callado ante la ley francesa

Protestar contra esta ley es natural. No es natural que lo haga Turquía, donde afirmar que la masacre armenia era un genocidio podía acarrear hasta hace muy poco castigos bastante similares. El año pasado, unas centenares de personas, turcos y armenios, conmemoraron por segunda vez en la plaza pública de Taksim en Estambul ―la primera fue el año anterior― el 24 de abril, día del genocidio armenio. Donde usar la palabra ‘Kurdistán’ para una región del país es un pasaporte directo para la cárcel. Donde hay ahora mismo más periodistas entre rejas que en ningún país del mundo: un centenar.

Es evidente que la ley francesa está hecha ―o estará hecha: se prevé su aprobación definitiva en el Senado el lunes 23― bajo presión de los influyentes grupos armenios en Francia, y que su finalidad es provocar Turquía. Y es igual de evidente que Turquía ha perdido una ocasión de oro para quedarse callado y mostrar con un elocuente silencio que las palabras “genocidio armenio” ya no son un insulto a la nación. Que ser armenio ya no es algo sospechoso de alta traición.

No te olvides de poner eso: yo me metí en una asociación de derechos civiles el día que vi el entierro de Hrant Dink. Lo dice una joven turca, poco motivada políticamente hasta presenciar aquella marcha en la que cien mil, tal vez doscientas mil gargantas gritaron al unísono su convicción a la cara del asesino, a la cara del nacionalismo turco, tan encerrado en su identidad turco-suní, tan excluyente, el mismo nacionalismo que mata a kurdos y niega a alevíes, el mismo nacionalismo que sigue en el poder, aunque pasado por un tamiz más islámico y más diplomático. Todos somos Hrant. Todos somos armenios. Ayer se cumplió el quinto aniversario de un nacimiento, el de una nueva Turquía. Una Turquía por la que Hrant dio su sangre.

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