El gueto gitano

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Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 5 May 2012

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Chabola en Fakulteta, el barrio gitano de Sofia (2010) Fachada de un salón de juegos en Sofia (2010) |  © Ilya U. Topper
Chabola en Fakulteta, el barrio gitano de Sofia (2010) Fachada de un salón de juegos en Sofia (2010) | © Ilya U. Topper

Sofia / Estambul | Mayo 2012

Una vía de tren, montañas de basura a ambos lados. Chabolas de hojalata, tablones, chapa ondulada. Charcos. Carros tirados por caballos. Niños que nunca han visto un colegio por dentro. En medio, casas amuralladas con torreones, terrazas, ventanas grandes, un coche de gran cilindrada en el patio. Aquí viven los narcotraficantes.

Es mejor no sacar la cámara, coinciden periodistas y profesores, cuando se les pregunta por Fakulteta, el barrio gitano de Sofia. Quizás sea el gueto gitano más grande de Europa. Unas 30.000 personas viven aquí, casi todas hacinadas, sin servicios esenciales. La gran mayoría, en chabolas.

“Hay hambre de verdad. El 72 por ciento de los gitanos búlgaros aseguran que no pueden hacer tres comidas diarias”, dice Ilona Tomova, socióloga de la Universidad de Sofia y una de las mayores expertas del país en cultura gitana.

Hay niñas que sólo van al colegio para recoger la comida gratuita: no pueden prescindir de ella

“En el colegio ves a niñas de cinco años durmiendo en el pupitre: las familias las mandan para recoger la comida gratuita que se da en el colegio en nombre de un niño mayor: no pueden renunciar a ella”, asegura Tomova. En la década pasada, la mitad de los niños gitanos entre 6 y 16 años no estaba escolarizada. En guetos como Fakulteta, la cifra llegaba al 70 por ciento. Y muchos salen del colegio como analfabetos: el búlgaro no es su idioma, pero los tímidos intentos de enseñar romaní se han vuelto a abandonar. “Los padres gitanos no quieren: se sienten más seguros con una lengua que nadie más entiende”, explica Tomova.

No hay datos fiables sobre cuántos gitanos viven en Bulgaria. El censo oficial sitúa el número en el 4,7% de la población, unas 350.000 almas. Hay quien asegura que la cifra real es mucho mayor y que llega al diez por ciento: es sabido que muchos gitanos se declaran “turcos” en el censo porque comparten la misma religión – el islam – y la minoría turca está mucho mejor considerada que la gitana.

La situación no ha hecho más que empeorar desde el descalabro del comunismo y sus programas de integración forzosa. Ahora, el 75 por ciento vive en barrios segregados (el doble que hace 20 años). “Son mundos distintos. Los búlgaros nunca entran en barrios gitanos; los gitanos no salen, si pueden evitarlo. Vuelven los matrimonios tempranos, la maternidad prematura, las mujeres están de nuevo fuera del mercado laboral”.

No siempre era así, señala la socióloga: “En el XIX, gran parte de la industria textil empleaba a mujeres gitanas. En 1909, ellas ganaron su primera huelga. Tenían un sindicato fuerte, periódicos propios…” Hoy, el paro entre los romaníes alcanza el 28 por ciento. Es raro conseguir un trabajo de más de tres meses y casi imposible trabajar más de seis, acorde a las estadísticas.

“Los gitanos se bautizan como cristianos, pero se entierran como musulmanes”

La pobreza empuja a salir hacia donde sea. En algunos barrios, tres de cada cuatro familias tienen a un miembro en el extranjero: en Alemania, Polonia, Francia, España… Los estudios cifran en mil millones de euros las remesas anuales que llegan a Bulgaria, aunque no lo desglosan por etnias. Eso sí, emigrar también es un peligro para quienes reciben ayudas sociales: quién sale al extranjero un sólo día, pierde el derecho a recibir los fondos durante un año.

Ser gitano no significa ser nómada, un cliché habitual en Europa central, y que es correcto para algunos grupos gitanos concretos, también en Bulgaria, pero no para la mayoría. “El 80% de la población rom nunca se ha movido de su sitio: son muy poco móviles”, calcula Tomova.

Un aspecto que ha cambiado un poco gracias a la aparición de la Iglesia Adventista, que cuenta con numerosos afiliados en la población rom. Los predicadores desembarcaron en 2001 y se han convertido en un elemento importante en la estructura social: “Hacen colectas para financiar viajes; ofrecen cartas de recomendación para otras parroquias…” detalla Tomova.

Sin embargo, la adhesión a la nueva fe no necesariamente cambia los ritos religiosos de la comunidad, según algunos. “Se bautizan como cristianos, pero se entierran como musulmanes”, confía un búlgaro. Hay incluso quien sabe de gitanos que se identifican como “musulmanes protestantes”.

Pese al furor mediático en Europa, los intentos de expulsión de los gitanos búlgaros y rumanos de Francia en 2010 apenas hizo mella en Sofia. El gobierno búlgaro se alineó con el entonces presidente Nicolas Sarkozy y evitó criticar las expulsiones. “El ministro de Interior dijo que entendía perfectamente los problemas de Francia con los gitanos búlgaros”, recuerda Tomova.

Defender a los gitanos no es popular. “Los políticos no se atreven a aplicar medidas de integración, porque perderían votos. Antes de las elecciones, todos los programas de apoyo a esta minoría se interrumpen”, denuncia Tomova. El GERB, el partido conservador en el poder, disolvió el Consejo de Minorías Étnicas cuando llegó al poder en 2009 y utiliza estereotipos negativos contra los gitanos, aunque no llega a la virulencia de Ataka, la formación ultranacionalista, que define a turcos, gitanos y judíos como enemigos, señala la socióloga.

La UE envió millones de euros para sanear los barrios gitanos pero ni siquiera llegó el agua potable

Los demás partidos no expresan su actitud negativa públicamente, pero sus políticas contra la pobreza son inconsistentes, denuncia: “En 2008 llegaron fondos de millones de euros de la UE para sanear los barrios gitanos y el trabajo se hizo tan mal – ni siquiera llegó el agua potable – que la situación sólo empeoró. Ahora se ha interrumpido un programa de construcción de 150 viviendas porque, dicen, ‘crearía envidia’”.

No todo es tan catastrófico. Tomova enumera varias localidades, sobre todo en la zona de Varna, con población gitana que son ejemplos de integración y desarrollo local. “Hay algunos alcaldes gitanos, muchos vicealcaldes, en numerosos municipios el tercio de los concejalos son rom, y siempre ha habido al menos un diputado gitano en el Parlamento”, desgrana. También hay al menos tres pequeños partidos que buscan el voto gitano, pero ninguno de ellos tiene posibilidades de superar el umbral electoral, situado en el 4%.

Pero los gitanos sí interesan a los grandes partidos en campaña: tienen fama de ser fáciles clientes para la compra de votos. Un estereotipo habitual dice que la compra de votos se da sobre todo entre los gitanos y que muchos patriarcas dan consignas a todo el ‘clan’ a cambio de propiedades inmobiliarias. Pero aparte del hecho de que se trata precisamente de la población con menos ingresos, un estudio de Transparency Internacional de octubre pasado muestra que un 20% de los ciudadanos búlgaros sopesarían vender su voto.

El ministro de Cultura participa en la celebración oficial del año nuevo gitano

A pesar de todo, los estereotipos siguen ahí, a ojos de la sociedad. “Tengo que repetir una y otra vez que en mi pueblo, en el este de Bulgaria, hay todo un barrio de gitanos que viven en bloques de pisos, trabajan en empleos normales y no se distinguen de los demás”, cuenta una periodista búlgara: es algo llamativo para un país acostumbrado al imaginar al gitano en chabola y viviendo de la mendicidad o del robo.

Hay momentos en los que se superan los clichés. La celebración del Año Nuevo gitano de 2011, el 14 de enero – corresponde al 1 de enero del calendario juliano – tuvo lugar en un salón del Ministerio de Cultura, con músicos, bailes, taconeo, bandas pop juveniles, intelectuales, activistas, diseñadoras gitanas… y una niña romaní golpeando al ministro de Cultura en la espalda, acorde a la tradición. En estos momentos parece que Bulgaria no tiene ningún problema con la minoria rom.

Pero al día siguiente, en Fakulteta, los niños siguen jugando entre la basura, a la sombra de las mansiones de los ‘narcos’. Mejor no fotografiarlos: al sacar la cámara, un coche caro con cuatro jóvenes se detiene ante los periodistas, con un interés específico y muy poco velado. En el gueto, la ley son ellos. Bulgaria queda lejos.

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