Dos caras

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 14 Jul 2012

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opinion

Dos primeros ministros de Israel están estos días en las noticias. Representan dos de las muchas caras de Israel.

También suscitan una pregunta universal: ¿Qué es preferible: un fanático honesto o un pragmático corrupto?

Yitzhak Shamir murió hace dos semanas y fue enterrado en el cementerio de los “Grandes de la Nación” en Jerusalén. Tenía 97 años y durante años había vegetado en un estado de demencia. La mayoría de los israelíes no sabían que estaba aún vivo.

Cuando lo describí en televisión como “el terrorista más exitoso del siglo XX”, el periodista que me entrevistaba levantó las cejas. Pero era una descripción exacta.

Describí en televisión a Yitzhak Shamir como “el terrorista más exitoso del siglo XX”

Shamir no era un gran pensador. De adolescente se afilió a la organización juvenil sionista de derechas que había fundado Vladimir Jabotinsky en Polonia, y nunca más volvió a cambiar su visión del mundo ni un ápice. En este aspecto era totalmente inmutable. Quería un Estado judío en la totalidad del país histórico. Punto. Nada de árabes y esas tonterías.

Los dos nos afiliamos al Irgún al mismo tiempo. Yo era demasiado joven como para participar en acciones terroristas de verdad; él, ocho años mayor que yo, las llevaba a cabo. En este tiempo, el Irgún mataba con frecuencia a hombres, mujeres y niños árabes mediante ataques a mercados árabes, como venganza por ataques árabes contra civiles judíos. Desafiamos la política de “autocontrol”, que ordenaban los líderes sionistas.

En verano de 1940, el Irgún se escindió. Uno de los comandantes, Avraham Stern, fundó la organización que los británicos llamaron “Grupo Stern” (al final se llamó LEHI, acrónimo de las palabras hebreas Luchadores por la Libertad de Israel).

Stern era una persona con lógica. La meta era crear un Estado Judío en la totalidad de Palestina. El enemigo era el Imperio Británico. El enemigo de mi enemigo es mi amigo. Por eso tenemos que colaborar con los nazis. Envío a varios emisarios para contactar con los alemanes. Algunos fueron interceptados por los británicos, a los demás, los nazis no les hicieron caso.

El enemigo de mi enemigo es mi amigo: hay que colaborar con los nazis

Yo no podía aceptar esta lógica atroz y no me uní al movimiento, aunque la tentación estaba ahí. Shamir sí se afilió.

Le detuvieron y le encarcelaron (a diferencia del propio Stern, que fue detenido y fusilado de inmediato). En un breve periodo de tiempo, prácticamente todos los miembros de la organización fueron arrestados o murieron. El grupo dejó de existir… hasta que Shamir y un camarada, Eliahu Giladi, se escaparon. Los dos trabajaron juntos y volvieron a dar vida a LEHI. Un día, Shamir hizo juzgar y fusilar a Giladi.

A Giladi no le acusaron de traición sino, por lo contrario, de exceso de celo. Había hecho planes para acciones revolucionarias, como el asesinato de David Ben-Gurión y toda la cúpula sionista. Shamir decidió que su carácter atrevido ponía en peligro la organización y que había que eliminarlo. Más tarde, Shamir le puso a su hija el nombre de Gilada.

Muchos años más tarde le pregunté que personalidad histórica admiraba más. Respondió sin pensárselo: Lenin. Entendí que lo que admiraba porque Lenin seguía sin miramientos la máxima que dice que el fin justifica los medios.

Shamir era uno de los tres líderes de LEHI. Era el responsable de operaciones y organización y fue construyendo de forma meticulosa un grupo, deliberadamente pequeño, de individuos selectos que llevaban a cabo acciones increíblemente audaces. Planificaba personalmente cada operación hasta el último detalle. La más famosa era el asesinato en El Cairo de Lord Moyne, el más alto funcionario británico en Oriente Medio).

Le volvieron a arrestar cuando los británicos cerraron los accesos a Tel Aviv y realizaron registros casa por casa. Shamir estaba muy bien disfrazado, pero no podía ocultar su característica más obvia: era muy bajito, casi un enano, con una cabeza grande y fuerte. Los soldados británicos tenían instrucciones de arrestar a todos los hombres por debajo de una estatura determinada.

Dicen que la especialidad de Shamir, luego presidente de la Knesset, era enviar cartas bomba;

Esta vez le enviaron a un campo de prisioneros en África, de donde volvió a escapar en su momento. Alcanzó el territorio francés de Yibuti, y un buque de guerra francés lo trasladó a París donde se quedó hasta la fundación de Israel.

LEHI nunca contó con más de unos pocos centenares de miembros. Pero jugó un papel importante a la hora de expulsar a los británicos del país.

En Israel, Shamir desapareción del panorama público. Durante años trabajaba para el Mossad. Se rumoreaba que su especialidad era enviar cartas bomba. Cuando volvió a aparecer, se afilió al partido de su antiguo rival, Menachem Begin. Le nombraron presidente de la Knesset.

Una vez decidí montar una pequeña manifestación en la Knesset. Debajo de mi chaqueta llevaba una camiseta que ponía: “La paz es mejor que un Gran Israel”. Durante la sesión plenaria me quité la chaqueta. Tras algunos minutos de choque, un ujier me pidió cortésmente que fuera a ver al presidente en su oficina. Shamir me recibió con una gran sonrisa y me dijo: “Uri, ¿qué pasaría si todos los diputados hicieran cosas así? Ahora, que ya has dicho lo que querías, ¿te volverías a poner la chaqueta, por favor?” Cosa que hice, desde luego.

Cuando Begin hizo la paz con Egipto, e incluso yo voté a su favor, Shamir se abstuvo. Tras la I Guerra de Líbano, cuando Begin dimitió con las palabras “No puedo continuar”, Shamir lo reemplazó.

Como primer ministro, su mayor logro era no hacer nada, excepto construir asentamientos… de forma callada y sin llamar la atención. Bajo la presión estadounidense, acudió a la Conferencia de Madrid, decidida a no ceder ni un milímetro. Como señaló después, estaba perfectamente dispuesto a negociar con los árabes durante el tiempo que hiciera falta.

Nunca soñó con hacer la paz; habría supuesto fronteras y bloquear el camino hacia el Gran Israel

Nunca soñó con hacer la paz, lo que habría llevado a dibujar fronteras y habría bloqueado el camino hacia el Gran Israel. Su ideología se resume en su frase más famosa, en alusión al viejo dicho según el que los árabes quieren echar los judíos al mar: “Los árabes son los mismos árabes y el mar es el mismo mar”. Otro famoso comentario suyo: “Está permitido mentir por la patria”.

Llama la atención que este hombre, que se afilió al Irgún, igual que yo, como protesta contra el “autocontrol”, mostró un máximo nivel de autocontrol cuando Sadam Husein lanzaba misiles contra Israel durante la Guerra del Golfo. Shamir estaba contento de que los estadounidenses hicieran el trabajo.

Su otro gran logro era impedir que los judíos llegaran a Estados Unidos. Cuando los dirigentes soviéticos permitieron a los judíos emigrar, casi todos fueron directamente a Estados Unidos. Shamir convenció a la Casa Blanca de cerrar las puertas, y así forzó a más de un millón de judíos rusos a venir a Israel (donde llenan ahora las filas de la extrema derecha).

Durante un breve tiempo fue el mentor del joven Binyamin Netanyahu, pero pronto lo llegó a detestar. Después de que Netanyahu hiciera una pequeña concesión táctica a los árabes, le llamó “ángel de la destrucción”. Se puede dar por hecho que también estaba disgustado con la inclinación de Netanyahu al lujo.

Cuando no mentía por la patria, Shamir era recto como una flecha y vivía en la máxima modestia. Nunca hubo ni pudiera haber habido la más mínima señal de corrupción.

Lo que nos lleva directamente a Ehud Olmert.

Érase una vez un ministro de Educación, Zalman Aran, que era conocido por su humor seco. Un funcionario del partido una vez fue a verle y le dijo: “Ziama, me puedes felicitar. Me han absuelto”.

“Qué raro”, dijo Aran. “A mí nunca me han absuelto”.

Olmert ha sido absuelto muchas veces. Durante toda su carrera ha dado pasos de baile de una absolución a la siguiente.

Esta semana volvió a ocurrir. Se le acusaba de cinco diferentes delitos de corrupción y tras un largo juicio se le absolvió de cuatro de ellos. Uno hacía referencia a su costumbre de hacerse invitar por diferentes ONGs a dar conferencias en Estados Unidos y permitir que todas ellas pagaran por separado el mismo billete de primera clase (empleando el sobrante para los asuntos privados de su familia). Otro cargo señalaba que al declarar ante la Tesorería pública su colección de estilográficas caras había indicado un valor que era la décima parte del real.

El tribunal regional decidió absolverle de todas las acusaciones por falta de pruebas, exceptuando una: que como ministro de Industria había favorecido a los clientes de un amigo cercano, que se lo agradeció guardándole una gran cantidad de dinero en efectivo en su cajafuerte.

Olmert celebró su absolución parcial como una gran victoria. Los medios de comunicación – los mismos que celebraron su imputación cuando todo empezó – ahora participan en esta celebración. Pero Olmert todavía espera el resultado de un juicio aún mayor. La acusación, en este caso: aceptar sobornos por la construcción de un gigantesco monstruo arquitectónico multimillonario en el centro de Jerusalén, cuando él era alcalde de la ciudad. Todo el mundo se espera a que lo absuelvan, como de costumbre.

Con hacedores de la paz del tipo de Olmert, ¿quién necesita instigadores de guerra?

Algunos medios de comunicación pusieron el grito en el cielo porque un un fiscal general, un simple funcionario, hubiera derrocado a un primer ministro en activo imputándole cargos amañados. Peor: lo habría hecho precisamente cuando Olmert se disponía a hacer la paz con los palestinos.

Tonterías. Durante los años que tuvo el cargo de primer ministro, y durante los que inició dos guerras sucias (la II Guerra de Líbano y la operación “Plomo Fundido”) tenía tiempo de sobra para hacer la paz. De hecho, creó un Plan de Paz… pero sólo en vísperas de su muerte política prevista. Con hacedores de la paz de este tipo, ¿quién necesita instigadores de guerra?

Sin embargo, Olmert ya ha dejado caer que después de su próxima absolución, regresará a la vida política.

Shamir, el honrado fanático muerto, tiene muchos seguidores. Olmert, el corrupto pragmático vivo, tiene muy pocos.

Netanyahu, su sucesor actual, posee los vicios de ambos y carece de las virtudes de los dos.

 

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