Libia se salta a los Hermanos Musulmanes

Publicado por

Nuria Tesón

Publicado el 20 Jul 2012

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A falta de resultados oficiales, las primeras elecciones libias perfilan como ganadora a la coalición de más de cincuenta formaciones políticas encabezada por el ex primer ministro del Consejo Nacional de Transición, Mahmud Jibril.
Mohamed Ali se coloca bien las gafas sobre la nariz antes de sentarse frente a la máquina de coser. Bajo la aguja coloca un lienzo rojo negro y verde en cuyo centro hay estampada una luna y una estrella: la recuperada bandera libia que desde el inicio de la revolución hondea de punta a punta del país.

Mientras cose un refuerzo dorado en los bordes, echa un vistazo por encima de las gafas e inquiere: “¿Hablas francés?” “Yo estuve ocho años trabajando en Bélgica. Desde 2002. Ya no aguantaba más. Sin trabajo, sin dinero… Así que me fui, como todos los que pudieron”, explica. Al principio recogía ropa vieja, que organizaba en contenedores que después viajaban España para convertirse en mantas después tuvo una pequeña tienda en la que cosía lo que caía en sus manos.

Pero cuando la revuelta empezó a tomar forma, en febrero de 2011, Mohamed Ali cogió su máquina de coser, sus bobinas de hilos de colores y su acerico y se plantó de nuevo en Bengasi. “Volé a Túnez y desde ahí, atravesé medio país hasta que conseguí llegar a casa”, detalla mientras la aguja se mueve arriba y abajo.

Libia ha dado un gran paso hacia la democracia con sus primeros comicios desde 1964

Antes cosía chaquetillas y pantalones, pero ahora, este libio de sesenta y un años, se ha convertido en el costurero oficial de banderas de la plaza de Tahrir, el foro en el que se concentraron las protestas y donde muchos dieron su vida para que él pudiera volver a su país.

El puesto, una caseta, en el que vende sus banderas (“la nuestra y la de todos los que nos ayudaron. ¡También tengo la española!”, apunta), está lleno de parafernalia revolucionaria y también de octavillas de propaganda que algunos candidatos al Consejo Nacional General libio dejaron antes de las elecciones del pasado 7 de julio. Sobre la mesa en la que ofrece capuccino a los amigos que pasan a saludarle está extendida la del partido Alianza de Fuerzas Nacionales, la coalición (que aglutina medio centenar de partidos), del exministro de Economía de Gadafi, Mahmud Jibril, quien ejerció como primer ministro del Consejo Nacional de Transición, al inicio del alzamiento.

Libia ha dado un gran paso hacia la democracia con la celebración de sus primeros comicios desde 1964, cinco años antes de que Muammar al Gadafi y un grupo de oficiales tomaran el poder en un golpe de Estado que derrocó al rey Idris y dio el pistoletazo de salida a una dictadura que duraría 42 años.

Para gran parte de los que lucharon en la revolución que acabó con la muerte de Gadafi el pasado septiembre, han sido las primeras en toda su vida. No para Ali, aunque el se sienta como si fuera la primera vez. “Meia, Meia”, (cien por cien) dice con la popular expresión árabe, apuntando con la mirada al panfleto de la agrupación de Jibril. “Mahmud Jibril es un gran hombre. Inteligente. Culto y respetado fuera de Libia”, subraya.

Pero Libia no sólo está haciendo historia por sus comicios sino por el resultado de los mismos. La AFN ha conseguido ganar a los Hermanos Musulmanes, según apuntan los resultados preliminares de las elecciones, lo que de confirmarse, marcaría un punto de inflexión en los países del despertar árabe, después de que los islamistas se hayan hecho con el poder en Túnez y en Egipto.

“Soy un buen musulmán, pero Alá no tiene nada que ver con la política”, afirma un libio.

Como Ali, muchos libios han decidido apoyar a la formación del exprimer ministro y cuando se les pregunta por quién han votado señalan: “Mahmud Jibril”, aunque él mismo no ha podido concurrir a los comicios debido al cargo que ostentó en el Gobierno interino.

La Alianza de Fuerzas Nacionales (AFN) se ha alzado como alternativa frente al conservadurismo de los Hermanos Musulmanes que han cargado contra él tachándole de liberal. Los más radicales se han encargado de utilizar esa denominación, así como la de secular con la intención de desacreditarle a él y a su formación en un país tradicionalmente muy conservador y religioso.
Sin embargo, el propio Jibril, en una entrevista reciente en la televisión Libia, se ha encargado de barrer esa imagen secular, defendiendo que “los libios no necesitan ni el liberalismo, ni el secularismo, ni pretensiones en nombre del islam, porque el islam (…) no necesita que lo usen con un propósito político. El islam es más grande que eso”.

Como la mayoría de las formaciones surgidas tras la revolución, Jibril aboga por mantener la sharia o ley islámica como principal fuente de legislación, aunque no la única, algo que ya ocurre en países como Egipto, donde dicha norma regula principalmente los contenciosos que tienen que ver con la familia o la herencia. La victoria de su formación, tranquilizaría en parte a los que temían una aplicación estricta de la sharia.

La clave de la victoria, en cualquier caso, estará en los candidatos individuales que no han hecho públicas sus agendas. El nuevo Consejo Nacional General tendrá 200 miembros (120 elegidos de candidatos individuales y el resto de partidos), y gobernará, previsiblemente, el próximo año y medio. Además, deberá elegir un primer ministro que tendrá que formar un nuevo Gobierno que sustituya al Consejo Nacional de Transición liderado por Mustafa Abdel Jelil pero no será responsable de formar una Asamblea Constituyente, sino que ésta será elegida en las urnas.

El costurero Ali, valora la proyección internacional de Jibril, sus relaciones con Estados Unidos y con Europa y también que haya vivido fuera de Libia. Pero además de estos valores, el éxito que el recuento de votos está revelando demuestra que Jibril también ha hecho valer la fuerza de sus raíces. Los Warfalla, la tribu a la que pertenece y una de las más fuertes del país, suponen casi un millón de los casi seis millones de habitantes que tiene Libia. Ali confía en que ese respaldo le sirva para acercarse a un buen número de candidatos independientes.

Muchos libios como Mohamed Ali o Awad Sherif, un ingeniero que trabaja en la compañía de gas de Bengasi, manifiestan su rechazo a un Gobierno islamista. Rodeado de jóvenes milicianos, que asienten a su discurso, Awad, con una barba poblada de canas, culpa a Qatar de estar intentando extender el fundamentalismo religioso a Túnez, Egipto y Libia. Y asegura estar dispuesto a “tomar de nuevo las armas” si intentan convertir su país “en un califato”. “Soy un buen musulmán, voy a la mezquita, pero Alá no tiene nada que ver con la política”, afirma el ingeniero.

“Tengo cincuenta años, que he vivido por completo en una dictadura. Estaba en esta plaza cuando el Ejército empezó a dispararnos. He luchado en Ras Lanuf, en Brega y en Misrata. He visto a morir a hombres y niños a mi alrededor que luchaban por vivir en una democracia y acabar con el tirano, ¿crees que ahora permitiría que los Hermanos Musulmanes volvieran a aislarnos del mundo?”

 

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