Divino terror

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 5 Ago 2012

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Anna García
Orgullosas y asfixiadas

Género: Ensayo
Editorial: Lectio
Páginas: 206.
ISBN: 978-84-15088-23-3
Precio: 15,20 €
Año: 2012


Iba a titular esta reseña
“Síndrome de Jerusalén”, en alusión a esa enfermedad mental, ya saben ustedes, endémica y epidémica entre los visitantes de Tierra Santa: un determinado porcentaje cada año se queda en la ciudad, convencidos de que ellos son el profeta Elías, Jesucristo o alguien por el estilo de la galería de personajes del Universo Marvel.

Porque en el fondo de eso trata el libro de la periodista Anna García (Barcelona, 1965). De dos mujeres que en algún momento de su vida dejaron España y se acercaron a Israel por curiosidad. Soltera, católica y un poco solitaria, la una, Teresa; gauche-divine, fiestera y casada con un judío no practicante la otra, Anna María. Y ambas acabaron sometiéndose voluntariamente a las 613 mandamientos de la ley judía y sus derivaciones talmúdicas, desde las que prohíben acercarse al marido durante la regla hasta las que mandan no ponerse crema en la cara el sábado.

Teresa se convirtió en Raquel; Anna María en Jana. La periodista reconstruye este proceso de cambio de identidad con amor al detalle, con cariño y con cierta creatividad literaria. A través de la adaptación gradual de Teresa y Jana indaga en las normas que rigen la sociedad haredí y, especialmente, la vida de las mujeres haredíes, tan poco conocida.

Sarah salió en los periódicos: sin camiseta y con un tatuaje, una inmensa transgresión para el mundo haredí

Haredí significa: quien tiembla. Ante Dios, se entiende. Y ésta parece ser la razón de ser fundamental de esta secta del judaísmo: llevar hasta sus últimas consecuencias el miedo, el pánico a vulnerar cualquier regla impuesta por los teólogos.

Digo secta, pero no debemos imaginar que se trate de una minoría marginada: según las encuestas hay unos 700.000 entre los seis millones de judíos israelíes, es decir bien por encima del 10%; tienen partidos, tienen influencia política y protagonizan desde hace varios meses un enorme debate nacional (¿es correcto que el Estado sufrague sus gastos, dado que los hombres no suelen trabajar ni hacen el servicio militar?). Y dada su tasa de fertilidad —7 hijos por mujer, más del doble que la media nacional— ya ocupan la quinta parte de los colegios de primaria.

La comunidad crece, pues, de forma imparable, entre otras cosas porque nadie sale de ella. Abandonar las creencias haredíes y convertirse en un simple judío ortodoxo es algo tan extremamente raro que prácticamente sale en los periódicos. Sobre todo cuando lo hace una mujer. Y Anna García nos ofrece dos ejemplos de mujeres que abandonaron la secta, asfixiadas por la represión: Judith Rotem y Sarah Einfeld. De hecho, Sarah salió en los periódicos: sin camiseta y con un fino tatuaje en la espalda, una inmensa transgresión para el mundo haredí. No se quedó ahí: fundó un blog para narrar sus vivencias y recoger las de otras mujeres asfixiadas.

¿Por qué una mujer llega a someterse a un culto que consiste en la negación de la condición femenina?

El libro, sin embargo, deja un sabor ambiguo. Desde el título promete hablar de mujeres orgullosas (las que conscientemente abrazaron el judaísmo ultraortodoxo) y asfixiadas (las que huyeron de él). En realidad, es una larga biografía de Teresa/Raquel, la católica española que se hizo judía, y ni siquiera por seguir a un marido judío que se fue dejando engullir por la secta —como en el caso de Jana— , sino porque quiso.

Jana, Judith y Sarah son personajes secundarios: si a Teresa/Raquel le corresponden cien páginas (eso sí, pespunteadas con numerosas observaciones sobre la comunidad haredí en general y reveladoras experiencias personales de la autora), Anna María /Jana tiene derecho a treinta y Judith y Sarah, las dos heroinas —no hay otro nombre para quien es capaz de rebelarse contra una fe del terror impuesta desde el mismo momento del nacimiento— apenas a veinte cada una.
Y uno desea que fuera al revés. Que el libro nos transmitiera la voz de quienes han vivido —como otras trescientos cincuenta mil mujeres— en sus carnes una realidad sin —casi— escapatoria y supieron rebelarse, y no tanto la de quien buscó la felicidad en ser esclava.

Aún valdría la biografía de Teresa/Raquel si la autora llegase a explicarnos el punto clave: ¿por qué una mujer culta, con estudios, criada en un país relativamente libre como es España, en una familia burguesa, llega a someterse a un culto que consiste en la absoluta negación de la condición femenina? (Cada judío ortodoxo varón da cada mañana las gracias a Dios por no haberle creado mujer). Anna Garcia relata el proceso con mil detalles, resalta las pequeñas libertades que las dos conversas intentan conservar, sus contradicciones (¡leen libros!), pero no responde a esta cuestión esencial.

Imagino porque es imposible. Imagino que ninguna mente racional puede explicar qué mueve a una persona —sin caídas de caballo ni otros traumas craneales por medio— someterse a la demencia del terror, llegar a creer que salva su alma si en sábado no corta el papel higiénico por la línea de puntos sino en medio. La periodista sólo puede observarlo, constatarlo, sentir escalofríos.

¿Qué mueve a una persona a creer que salva su alma si en sábado no corta el papel higiénico por los puntos?

Porque es obvio dónde están las simpatías de Anna García. Se define atea e incluso cuando narra la feliz entrega de las dos conversas a las reglas del judaísmo haredí, no puede evitar un no tan leve horror ante lo que está observando (lo respiramos cuando relata cómo Jana, benefactora espiritual, la que escuchaba a Bob Dylan cuando aún era Anna María, intenta salvar a dos chicos haredíes de sentimientos homosexuales, tras pedir permiso al rabino de poder tomarles las manos: la periodista no para de repetir para sus adentros la condena de la tora: si un hombre se acuesta con varón, su sangre caerá sobre ellos).

El lenguaje a veces lírico, siempre muy sincero, de la periodista (no se lee como un reportaje sino como un testimonio, una observación) imprime un sello personal al libro, pero deja fuera o roza apenas de pasada innúmeros datos de política actual, polémicas sociales, repercusiones en prensa de la tensión existente entre israelíes ortodoxos y ultraortodoxos; es más reflexivo que analítico, más literario que periodístico, más atemporal que documentalista. Y puede que el retrato de las dos españolas busque deliberadamente el interés de la lectora —o la editorial— española (o la catalana: la familia de Jana Canal i Durán es toda una saga local).

Con todo, es una lectura recomendada. Es más, diría que es una lectura obligatoria para cualquiera que alguna vez haya juntado en la misma frase las palabras mujer y religión. Eso si, yo, para Reyes, me pido una segunda entrega en la que Anna García pase más horas con Judith y Sarah y otras mujeres como ellas —o mujeres que, simplemente, hayan nacido haredíes— y dé voz a las víctimas y las rebeldes: hay más, infinitamente más documentación sobre las mujeres bajo dominio talibán en Afganistán que sobre las que tiemblan (= haredíes) bajo el terror del Dios de los rabinos. ¿A que ustedes no sabían que una cierta corriente haredí israelí también les pone a las mujeres, desde niñas, el burka?

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