Zaura

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Daniel Iriarte

@Danieliriarteo

Periodista y cineasta documental (Zaragoza, 1980). Vive en Madrid, donde trabaja en la sección internacional del diario El Confidencial , después de una década como corresponsal en Asia y el Mediterráneo, los últimos cinco años en Turquía.

Publicado el 1 Oct 2012

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“Zaura”. Escuché esta palabra por primera vez hace casi una década, de boca del activista saharaui Ali Salem Tamek. “Zaura”, “Revolución”, era el nombre que había escogido para su hija recién nacida, y se quejaba de que las autoridades marroquíes, siempre sensibles a todo lo que huela a levantisco, no lo habían permitido. Al final, el pobre Ali tuvo que llamar a su criatura de otra forma mucho más convencional, que no recuerdo.

“Az-Zaura”, “la revolución”, es un vocablo que resuena desde hace ya año y medio en las bocas de los árabes, cualquiera que sea su opinión sobre el asunto. La oleada de protestas que ha sacudido el mundo árabe ha rescatado un concepto del que ya casi nadie se acordaba desde hace tres décadas, y que ha electrificado la política en toda la región.

Zaura, revolución, es un vocablo que resuena desde hace ya año y medio en las bocas de los árabes

“Pero, ¿son de verdad revoluciones?”, me preguntaron el año pasado, al poco de regresar de Bengasi, al inicio del levantamiento contra Gadafi. La pregunta me sorprendió, porque no creí que aquello pudiese acotarse de forma tan simple. Sin embargo, después de pensarlo un poco, decidí que era pertinente: una revolución, tal y como se entiende en el ámbito lingüístico indoeuropeo, implica un cambio de sistema, una alteración de la estructura social, no es una mera renovación de la cúpula de poder. Sin eso, lo que queda es la revuelta, la explosión de furia sin objetivo claro, que termina por consumirse en su propia llama.

Así, muchos árabes creyeron en la posibilidad del cambio real. Los tunecinos, los egipcios que se echaron a la calle, querían tanto deshacerse de sus tiranos como mejorar sus condiciones de vida. Los libios querían democracia —lo demuestra el éxito, incompleto pero innegable, de las elecciones del pasado junio—, pero también querían un reparto más justo de unas rentas petrolíferas acaparadas por la dictadura. Los sirios no logran ponerse de acuerdo en casi nada, pero todos creen que, después de tantos muertos, lo que venga debe ser necesariamente diferente.

Desde fuera, muchos de los que amamos y admiramos esta región también creímos en ello, y nos dejamos las pestañas en páginas como “Apoyo a la revolución dominó”, en el que un grupo de voluntarios traducía del árabe al español todas las noticias que iban apareciendo sobre este proceso de convulsión regional. Y era “dominó” y no “árabe” porque cabía la esperanza de que el cambio llegase también a la teocracia iraní, a la discriminación contra los kurdos, a la sociedad israelí. Estábamos entusiasmados ante un Oriente Medio que había decidido decir “basta” ante el status quo, eterno generador de estereotipos.

El maremoto islamista y la influencia cada vez mayor de los salafistas han enfriado el apoyo de la opinión pública

Pero a día de hoy, basta con echar un vistazo a cualquier periódico occidental para darse cuenta de que ya nadie habla de “revoluciones árabes”. El maremoto islamista, el gran vencedor de los comicios en Túnez y Egipto —pero no en Libia—, y la influencia cada vez mayor de los salafistas han enfriado el apoyo de una opinión pública que, en parte, solo es partidaria de la democracia mientras los votantes opten por el candidato correcto, y por otro lado percibe, probablemente con razón, que el islamismo es el germen de futuras tiranías. Además, las elecciones no han traído una mínima redistribución de la riqueza. El verdadero cambio todavía está por producirse.

Sin embargo, la calle árabe continúa hablando de “zaura”. En Siria, en Libia, los combatientes todavía se definen como “zuwar”, “revolucionarios”. El apunte puede ser meramente etimológico: probablemente, “zaura” define tanto una revolución como una simple rebelión contra el poder establecido. Y en los países árabes hace tiempo que dicho poder se apropió de la retórica “revolucionaria”, como contraste al dominio del colonialismo.

“Revolución” fue la insurrección egipcia contra los británicos en 1919, tras el exilio forzoso de Saad Zaglul. Una “revolución” es lo que hicieron los actuales dinosaurios que pueblan el gobierno argelino contra los franceses, y una “revolución” es lo que hizo Gadafi contra el rey Idris en 1959.

El régimen sirio hasta tiene una “Ciudad Revolución”, en mitad del desierto oriental, y un periódico llamado “Revolución”, porque así es como califican a los dos golpes de estado sucesivos que llevaron al poder a Hafez El Assad, padre del actual presidente.

Sería fácil concluir que, al final, casi siempre existen mecanismos que permiten cambiarlo todo para que nada cambie. Pero un poco de perspectiva histórica nos llama a ser cautos. La inmediatez mediática nos ha hecho olvidar que las verdaderas revoluciones de la historia, la francesa, la rusa, la mexicana, la iraní, fueron procesos que duraron años. La situación en Egipto, en Túnez, en Bahréin, en Yemen, en Jordania, sigue evolucionando. El foco mediático, saturado, se ha trasladado a otras latitudes, y hasta cierto punto es lógico que así sea. La lucha por el cambio en el mundo árabe ha dejado de ser noticia, pero la historia no se ha detenido.

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