Cortinas de humo tóxico

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 9 Oct 2012

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El primer efecto es fulminante. O eso parece. Surge una caricatura o un vídeo de parodia e inmediatamente se congregan hordas de musulmanes, de Pakistán a Egipto, Libia o Túnez, para castigar a los blasfemos o, al tenerlas más a mano, las embajadas de sus países. Y si muere alguien dentro es mala suerte.

Ésta es la cortina de humo. Pero se trata de explosivos que necesitan una larga mecha. Ni las caricaturas danesas de 2005 ni el filme norteamericano de 2012 tuvieron efectos inmediatos. Las parodias de Mahoma aparecidos en el diario danés Jyllands-Posten fueron publicados en Egipto sin que pasara nada e hizo falta que un grupo de imames daneses se embarcase en una gira por Oriente Medio, armado con estas caricaturas y otras de producción propia para que, cuatro meses más tarde, Arabia Saudí y Kuwait retirasen sus embajadores de Dinamarca.

El conflicto diplomático dio por fin el pistoletazo de salida a la campaña: proporcionó la cobertura informativa necesaria que permitía arengar a las masas, hasta entonces totalmente ajenas al asunto, y escenificar el “espontáneo” incendio de las embajadas escandinavas.

Sabemos que el cásting para el filme Inocencia de los musulmanes empezó en junio de 2011 y que fue difundido un año más tarde. Aún no se ha investigado quién se encargó de escoger las escenas más crudas, subtitularlas en árabe y hacerlas llegar a las redes islamistas de Egipto para que lo utilizaran en sus arengas. Sospechamos que mucho tuvieron que ver en ello las redes de evangelistas de origen copto que llevan años llevando a cabo campañas agresivas para introducir misioneros —no coptos ortodoxos sino protestantes— en los países llamados musulmanes, desde Marruecos a Egipto, mediante sus emisoras basadas en Chipre.

Ni las caricaturas danesas ni el filme de Mahoma tuvieron efectos inmediatos

Podemos pensar que no es del todo casual que el aparente responsable del filme, un tal Nakoula Basseley, empezó a trabajar en la película semanas después de haber sido puesto en libertad —con la condición de no usar seudónimos ni usar internet sin el visto bueno de las autoridades— tras una condena por tráfico de drogas y fraude bancario. (Si Basseley, que firmó el filme como Sam Bacile, no es condenado de nuevo, debe concluirse que realizó el trabajo gracias a un acuerdo oficial).

Lo que sabemos es que la televisión salafista egicpia Nas emitió el tráiler del filme el 9 de noviembre, justo a tiempo para contratar a sicarios —según admitió el Gobierno egipcio— y escenificar una “protesta popular” ante la embajada estadounidense en El Cairo, la tarde del 11 de septiembre. Las casualidades existen, pero ésta no lo es (sí, sospechan ustedes bien: se trataba de impresionar al público norteamericano, sumido en una dura campaña electoral). Tampoco es casual que horas más tarde, cuando ya estaba en su apogeo el performance de la turbamulta egipcia, un equipo profesional asaltara el consulado estadounidense en Bengazi con metralletas y lanzagranadas y asesinara al embajador Chris Stevens y otros tres norteamericanos.

Éste es el efecto fulminante: La difusión bien planificada de “blasfemias” para lanzar hordas “espontáneas” contra un “enemigo” es una herramienta en la lucha que supremacistas de ‘Occidente’ e islamistas radicales llevan mano a mano contra quienes no quieren creer aún en el “choque de las culturas”. Porque en este punto están de acuerdo: islam y cristianismo deben combatirse mutuamente hasta que no queden neutrales, es decir personas no dispuestas a someterse a uno de los dos bandos.

Cabe recordar que el embajador Stevens, que aparentemente murió asfixiado por el humo, no era alguien que pasaba por ahí: había estado destinado a Libia, Egipto, Arabia Saudí, Siria e Israel. Hablaba árabe y dicen que creía en la misión conciliadora de Naciones Unidas. Era, a todas luces, alguien incómodo para continuar una guerra que se basa en la ignorancia total del “enemigo” (y de la identidad propia: es espeluznante ver qué poco saben de la historia europea los portaestandartes antiislámicos y es aún más espeluznante ver qué poco saben del islam los salafistas).

El efecto a largo plazo tiene otros beneficiarios: Numerosos políticos islamistas, como el primer ministro turco, Recep Tayyib Erdogan, condenaron la violencia pero pidieron restaurar en Europa leyes contra la blasfemia. Lo sagrado debe ser sagrado, intocable, defendieron. Exigieron que toda la humanidad deba respetar el dios que comparten cristianos, musulmanes y judíos.

Por supuesto recibieron el entusiasta apoyo de la Iglesia cristiana. Porque no se trata de una caricatura de Mahoma más o menos, no se trata tampoco de fomentar una imagen de tolerancia frente al otro. Se trata de defender un imperio común, el de lo sagrado, contra quienes pretenden colocar la razón por encima de la fe.

Y hace mucho que tanto el clero musulmán como el cristiano han abandonado las posturas de confrontación de las Cruzadas o la llamada Reconquista. Desde que la Ilustración puso en jaque el poder hegemónico de los representantes de Dios y la Revolución Francesa los enviara a la guillotina, Iglesia e imames han buscado el cierre de filas para hacer frente al enemigo común: los sin dios. En todos los foros de Naciones Unidas, Vaticano y Arabia Saudí votan juntos contra quienes pretenden liberar la condición de la mujer del patriarcado divino.

Stevens hablaba árabe: era incómodo para una guerra basada en la ignorancia

El último ejemplo es el debate sobre la circuncisión masculina. Cuando un tribunal alemán de Colonia dictaminó en junio pasado que cortarle el prepucio a un niño es una mutilación inadmisible mientras no haya razón médica, no sólo los dirigentes judíos armaron la de dios es cristo. También pusieron el grito en el cielo los representantes musulmanes: aunque en el islam, la circuncisión no es ley teológica, sí se considera ineludible por fuerza de una tradición abrahámica que la asemeja a mandato divino. Contaron con la solidaridad inmediata y rotunda de la conferencia episcopal alemana y austríaca, aunque no haya católico que aplique esta ley de Moisés.

Porque el desafío es mayor que un rito concreto. Consiste en dejar claro que lo que Dios ha ordenado no lo puede cuestionar el hombre. En otras palabras: ¿tiene un pueblo el derecho de modificar las leyes de Dios a través de los representantes —diputados y jueces— de los que se ha dotado por elección propia? Rabinos, imames y obispos, de Marruecos a Israel, pasando por Alemania, tienen muy clara la respuesta. No.

A ellos les sirve el filme Inocencia de los musulmanes. Al ser un panfleto tan burdo, tan odioso, tan insoportable, nadie en su sano juicio podrá defenderlo. Dan ganas de pedir a gritos un poco de respeto. Así, el sentido común se une a las voces religiosas que exigen precisamente esto: respeto a lo sagrado.

La revista francesa Charlie Hebdo resolvió el dilema a su manera. No defendió el filme sino que lo ridiculizó mediante caricaturas igual de irreverentes pero, esta vez, inteligentes. Desde luego, esto no les libró ni de la furia de los defensores de dios, ni de las críticas de los biempensantes que aún creen que se trata de un conflicto entre cristianos y musulmanes.

Pero no: se trata de un conflicto montado por quienes quieren recuperar la hegemonía de Dios. Porque sólo con Dios se puede hundir el Mediterráneo en una nueva guerra, o en muchas nuevas guerras pequeñas que, como dijo Madre Coraje, duren para que rindan. Y sólo durante una guerra, los sicarios de Dios pueden recuperar el poder que les arrebató el siglo XX e imponer sus leyes a los que aún creen en la razón. Porque sólo durante una guerra se puede proclamar el estado de emergencia, obligar al ciudadano a acudir a filas, jurar la bandera de la cruz o la media luna, abjurar de la razón.

Este humo tiene efectos menos fulminantes, pero tardará mucho más rato en disiparse. Y es más tóxico.

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