Tapar el agujero negro

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 13 Oct 2012

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Así que tenemos dos campañas electorales en los próximos tres meses, una en Estados Unidos y otra en Israel. No sé cuál de las dos es más crucial en nuestras vidas.

En muchos aspectos, las dos elecciones son muy diferentes. Pero en otros, son sorprendentemente similares.

Puede resultar interesante establecer paralelismos.

Las elecciones de EE UU son mucho más corruptas que las nuestras. Forzosamente tienen que serlo.

El poder del lobby proisraelí tiene que ver con su dinero, no con sus votos

Desde la llegada de la TV, se han vuelto tremendamente costosas. La publicidad en TV cuesta mucho dinero. El dinero necesario solo puede provenir de las grandes corporaciones y de los multimillonarios. Ambos candidatos están fuertemente hipotecados con los grupos de presión y los intereses comerciales, que tendrán que atender desde el primer día que asuman el cargo.

El inmenso poder del lobby proisraelí en los Estados Unidos deriva de este hecho. No tiene que ver con los votos de los judíos, sino con su dinero.

La única forma de cambiar esto es proporcionar a las dos partes tiempo gratuito en TV y limitar la publicidad de contenido político. Es muy poco probable que esto suceda, ya que los multimillonarios de ambos bandos no renunciarán al dominio absoluto del sistema. ¿Por qué lo iban a hacer?

En Israel, todos los partidos tienen un espacio gratuito en la TV y la radio, según su tamaño en la saliente Knesset (con un tiempo mínimo garantizado para los nuevos). Los desembolsos realizados se controlan de manera estricta. Eso no impide que exista el mismo tipo de corrupción. El mismo Sheldon Adelson financia tanto a Mitt Romney como a Benjamin Netanyahu. Aunque la cantidad de dinero sucio recaudado y gastado en Israel es mucho menor.

El multimillonario Adelson financia tanto a Romney como a Netanyahu

Por otro lado, no tenemos debates presidenciales. Ningún primer ministro israelí sería tan estúpido como para aceptarlos. En los debates norteamericanos, cuando un aspirante se enfrenta al titular del cargo, el aspirante obtiene una gran recompensa desde el comienzo del primer debate. Hasta ese momento, no es más que un simple político, muy alejado de la Casa Blanca. De repente su estatus se ve promocionado al de posible presidente, con pinta de presidente y que habla como tal. Netanyahu nunca aceptaría eso.

(Por cierto, la mala actuación de Barack Obama (en definitiva, todo el asunto no es más que una actuación) en el primer debate fue evidente cuando Romney se burló de sus donantes “verdes”. Esa debería de haber sido la clave para que Obama se lanzara y contraatacara a los donantes de Romney. Supongo que Obama simplemente no escuchaba a su oponente, sino que estaba pensando en su siguiente línea de pensamiento, lo que siempre resulta un error fatal en un debate.)

La principal diferencia entre ambas elecciones corresponde a la diferencia existente entre los dos sistemas políticos.

Las elecciones presidenciales norteamericanas son la competencia entre dos personas. El vencedor se queda con todo. Esto significa, en la práctica, que toda la batalla tiene lugar para conseguir los votos de una minoría insignificante de “independientes” (o “votantes indecisos”) de un pequeño número de estados. El resto ya tiene una opinión determinada antes incluso de que se gaste el primer dólar de la campaña.

¿Quién son estos votantes indecisos? Sería agradable pensar que son ciudadanos soberanos e independientes, que sopesan los argumentos concienzudamente y que persiguen una decisión responsable. Tonterías. Son personas que no leen los periódicos, a los que les importa un bledo el tema, a los que hay que arrastrar hasta las urnas. A juzgar por la publicidad dirigida a ellos, se podría pensar que muchos son unos completos imbéciles.

Los votantes indecisos no leen los periódicos; pasan de todo

Aún así, estas personas deciden quién será el próximo presidente de los Estados Unidos de América.

Y ahí no acaba todo. No se debe pasar por alto que las elecciones pueden decidir la composición del todopoderoso Tribunal Supremo y de muchos otros centros de poder.

En Israel, las elecciones son estrictamente proporcionales. En las últimas elecciones participaron 33 listas de partidos, y 12 superaron el 2% del umbral electoral.

El próximo primer ministro no será necesariamente el líder del partido con más votos, sino el candidato que pueda formar una coalición de al menos 61 (de 120) miembros de la Knesset.

La verdadera batalla en Israel no es entre partidos sino entre bloques. ¿Puede la izquierda (o “centroizquierda”, como les gusta llamarse ahora) alcanzar el número mágico de 61?

En la práctica, Netanyahu en estos momentos no tiene un auténtico competidor. No solo no hay ningún otro líder por ahí que parezca ni remotamente elegible, sino que la actual coalición de gobierno está compuesta por fuerzas que con toda probabilidad continuarán con un respaldo mayoritario en un futuro previsible. Son el Likud, todos los ortodoxos y otros partidos religiosos, los colonos y diversos grupos fascistas.

Netanyahu no tiene competidor; no hay ningún otro líder elegible

Con el índice de natalidad tan grande que tienen los judíos ortodoxos, esta mayoría crecerá sin remedio. Bien es cierto que el índice de natalidad de los árabes musulmanes podría preservar el equilibrio demográfico, pero los votos árabes no cuentan. Apenas si se les nombra en los sondeos, y en absoluto en ninguna predicción sobre coaliciones futuras. Su incapacidad crónica para unirse y formar una fuerza política viable juega un papel muy importante en este lamentable panorama.

Sin embargo, los miembros árabes de la Knesset pueden desempeñar un papel significativo a la hora de negar una mayoría a Netanyahu, en el caso improbable de que los dos grandes bloques tuvieran el mismo poder.

¿Y qué hay del bloque izquierdista?

En estos momentos, muestran un aspecto lamentable. Hasta ahora, se reunían al menos una vez al año, cuando celebraban la gran concentración en recuerdo de Yitzhak Rabin en la plaza donde fue asesinado, ahora llamada Rabin Square.

Este año, hay dos manifestaciones conmemorativas distintas en el mismo lugar, con una semana de diferencia.

Una de ellas es la concentración de siempre. Generalmente, cien mil personas se reúnen para lamentar la muerte de Rabin y por la paz. El encuentro es estrictamente “no político” y “no partidista”, los discursos son impersonales, se desaprueban las charlas “extremistas”, se menciona con precaución a los asesinos y sus partidarios, se habla (y canta) mucho sobre la paz, sin mucho fundamento. Los temas sociales ni se mencionan.

La otra concentración programada la celebran los partidarios no oficiales del Partido Laborista, actualmente encabezada por Shelly Yachimovich. Hablarán mucho sobre injusticias sociales y “capitalismo salvaje”, pero se prohíbe hablar de la ocupación y de los colonos. Se mencionará la paz, si acaso, como un eslogan vacío.

Yachimovich hablará sobre injusticias sociales y capitalismo salvaje

Yachimovich, una antigua periodista radiofónica de 52 años, ha visto cómo crecía su partido bajo su mandato, pasando de ser un remanente lamentable a tener unos respetables 20 escaños según las encuestas. Lo ha conseguido guardándose bien de no hablar sobre la paz, ya que la paz se ha convertido en algo parecido a una palabrota. Ha expresado su simpatía por los colonos y los ortodoxos, aceptando la ocupación como un hecho cotidiano. Bajo presión, ha hablado de boquilla sobre la solución de los Dos Estados, dejando claro que utopías como esas no le interesan realmente.

Su único propósito es luchar por la justicia social. Sus enemigos son los poderosos magnates, su bandera es socialdemócrata. No menciona el hecho de que inmensas sumas, necesarias para cualquier cambio social, se despilfarran en los enormes presupuestos militares, en los asentamientos y en los parásitos ortodoxos que no trabajan.

En el pasado, la Izquierda israelí solía presumir de tener dos banderas, la de la paz y la de la justicia social. Ahora nos han dejado con dos Izquierdas, una que porta la bandera de la paz sin justicia social, y otra que lleva la bandera de la justicia social sin la paz.

No me gusta la estrategia de Yachimovich, pero al menos ella tiene una. Se puede defender por razones estrictamente pragmáticas. Si concentrarse exclusivamente en los asuntos sociales e ignorar la ocupación, puede reportarle votos del bloque derechista, ampliando así el izquierdista, puede considerarse una estrategia justificada.

¿Pero es una táctica? ¿O realmente refleja sus verdaderas convicciones? No cabe duda de que es sincera en su firme devoción por la justicia social, su actividad en la Knesset responde por ello. ¿Se puede decir lo mismo sobre su devoción por la paz, que manifiesta sólo bajo presión?

Yachimovich no es la única pretendiente al trono izquierdista. Todo el mundo puede ver que hay un enorme agujero negro en la izquierda del mapa político, y muchos están deseosos de taparlo.

Hay un enorme agujero negro en la izquierda del mapa político

Ehud Olmert, que acaba de ser condenado por un cargo menor y estando aún bajo diversas acusaciones de corrupción, insinúa que está deseando volver. Lo mismo le ocurre a Aryeh Deri, que ya ha cumplido su pena de prisión por corrupción y que quiere reemplazar al racista Eli Yishai. Tzipi Livni, la antigua e inepta líder de Kadima, también quiere volver. Ya’ir Lapid, la atractiva estrella televisiva, que tiene el envidiable don de parecer convincente sin decir nada, ha fundado un nuevo partido, llamado “Hay un futuro”, y ve un futuro prometedor, para sí mismo. Daphni Leef, la heroína de la revolución social del año pasado, habla de un nuevo levantamiento extraparlamentario, pero quizás esté más convencida de convertirse en una parlamentaria después de todo. Etcétera.

Un firme soñador puede tener la esperanza de que todas estas fuerzas se unan y arrebaten el poder a Netanyahu, según una cita militar muy conocida de Helmut von Moltke: “Marchad por separado, luchad conjuntamente”. Sin embargo, yo no apostaría por ello. Las posibilidades son mayores en el casino de Macao de Sheldon Adelson.

Entonces, ¿qué pasará?, ¿qué traerá la próxima primavera? ¿Obama con Netanyahu, Romney con Netanyahu, alguno de los dos con cualquier otro?

Como dice la trillada frase: “El tiempo dirá”.

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