Idiocracia

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 31 Mar 2013

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Así que, finalmente, nuestro primer ministro se ha disculpado ante Turquía por los “errores operacionales” que “podrían” haber llevado a la muerte a nueve turcos durante el ataque en el Mavi Marmara, el barco que intentó saltarse el bloqueo israelí en Gaza.

Ha tardado dos años y diez meses en hacerlo.

Aleluya.

Pero la verdadera disculpa no debería haberse dirigido a los turcos, sino a los israelíes. Y no solo por los errores cometidos por los soldados.

Todo el asunto fue un acto de pura idiotez, del principio al final. Desde el primer segundo.

Es fácil decirlo con retrospectiva. Pero mis amigos y yo señalamos a la estupidez de tal acción públicamente, desde que empezó todo.

Como dijimos en aquel entonces, el daño que conllevaba parar el baro turco era mucho más grave que el daño (si lo hubiera habido) que podría haberse causado si lo hubieran dejado navegar hasta su destino.

El Mavi Marmara se convirtió en un asunto de prestigio y de ego político. De idiotez

Después de todo, ¿qué es lo peor que podría haber ocurrido? El barco habría atracado frente a la orilla de Gaza, los activistas internacionales a bordo habrían tenido un tumultuoso recibimiento, Hamás habría celebrado una pequeña victoria y punto. Una semana después, nadie se habría preocupado ni acordado.

Oficialmente, el bloqueo fue impuesto por la marina israelí con el simple propósito de evitar que la Franja de Gaza gobernada por Hamás recibiera armas. Si esto hubiera sido una preocupación seria, se podría haber detenido al Mavi Marmara en alta mar, registrado en busca de armas, y liberado. Pero ni siquiera se consideró esta posibilidad.

Desde entonces se convirtió exclusivamente en un asunto de prestigio. De ego infantil político o personal. En resumen, de idiotez.

Nadie sabe qué puede pasar en una acción militar. Las cosas nunca suceden como se planean. Se deben esperar bajas. Y, tal como se ha dicho, el propio plan es la primera baja en cualquier guerra.

Así que el plan salió mal. En vez de someterse dócilmente al ataque en aguas internacionales, los turcos cometieron la increíble imprudencia de atacar a los soldados con palos y cosas parecidas. Los pobres soldados no tuvieron más opción que matarlos a disparos.

Lo más razonable habría sido pedir disculpas inmediatamente a las familias de las víctimas, pagar compensaciones generosas y dejar que todo el asunto se tranquilizase.

Pero no, no los israelíes. Porque nosotros teníamos razón. Siempre la tenemos. Está en nuestra naturaleza. No podemos evitarlo.

(Recuerdo una autoescuela del ejército británico en Palestina. En el centro estaban los restos de un coche colisionado con la inscripción: “Pero él tenía razón”.)

Los israelíes siempre tenemos la razón. Está en nuestra naturaleza. No podemos evitarlo

Así que maltratamos a los pasajeros, les robamos sus cámaras y otras posesiones, y los dejamos marchar tras una intensa humillación. Los acusamos de ser terroristas peligrosos. Casi les exigimos indemnizaciones por nuestros soldados, quienes eran las auténticas víctimas después de todo.

La absoluta estupidez de todo esto quedó manifiesta en el hecho de que Turquía era nuestro mejor aliado en la región.

Los dos ejércitos habían establecido relaciones muy cercanas. Los servicios de inteligencia de ambos países eran gemelos siameses. Les vendíamos enormes cantidades de equipamiento y servicios militares. Realizamos maniobras militares conjuntas.

Las relaciones eran incluso más cordiales entre los dos pueblos. Cada año, medio millón de israelíes pasaban sus vacaciones en la Riviera turca. El término turco para los turistas, “todo incluido”, se convirtió en una palabra de moda en Israel.

La luna de miel turco-israelí empezó desde el mismo principio, cuando David Ben-Gurion creó la “estrategia de la periferia”: alianzas con países no árabes que rodeaban el mundo árabe. Turquía tendría un importante papel en ella, junto con el Irán de Shah, Etiopía, Chad y otros.

¿Qué salió mal? Los apologistas de los idiócratas afirman que las relaciones se podrían haber deteriorado incluso sin el Mavi Marmara. Tras el desaire y el rechazo de la Unión Europea, Turquía se estaba acercando al mundo árabe. Además, un partido religioso había arrebatado el poder a los herederos laicos del gran Ataturk y, particularmente, al ejército. Pero en vista de estos avances, ¿no habría sido más inteligente tener más cuidado que antes en nuestras relaciones con Turquía?

En cambio, nuestro secretario de estado de Asuntos Exteriores, un tal Danny Ayalon, hizo algo tan colosalmente idiota que se debería enseñar en la escuela de diplomacia. Hizo venir al embajador turco para darle una reprimenda, le ofreció un asiento visiblemente más bajo que el suyo e hizo pública la humillación.

Lo que realmente pasó es que Ayalon tuvo la reunión en su despacho de la Knéset. En todas estas salas (incluso en la mía, ya hace tiempo) tan solo hay una silla normal y un sofá bajo. El diplomático turco se sintió bastante cómodo y para nada insultado. Pero cuando Ayalon hizo entrar a los periodistas y les hizo ver la humillación, estos la publicaron y provocaron que el público turco estallara de rabia.

El texto de la disculpa ya se había escrito hace más de dos años. El ejército israelí rogó al gobierno que lo aceptara. Pero el por aquel entonces nuestro ministro de Asuntos Exteriores, Avigdor Lieberman, se lo jugó todo, que era bastante, y vetó la acción. Somos una nación orgullosa con un ejército orgulloso formado por soldados orgullosos.

Los israelíes no se disculpan. Nunca.

Temiendo a Lieberman,
Benjamín Netanyahu tuvo que ser muy prudente.

Lieberman es ahora un ministro en espera. No puede recuperar su puesto ministerial hasta después de que sea absuelto de los cargos de soborno por los que ha sido imputado (si es que le absuelven). Pero aún es el jefe de un partido del que Netanyahu depende para apoyo parlamentario.

 A la gente le gusta creer que su destino está en mano de líderes responsables e inteligentes

Así que se tuvo que representar una maniobra complicada. La disculpa ya se había acordado hacía tiempo con los turcos. La visita del presidente Obama a Israel debía ser la ocasión, dándole al presidente la aureola de un mediador exitoso. Pero el trato iba a anunciarse solamente en los últimos minutos de la visita.

¿Por qué? Simplemente para permitir que Netanyahu fingiera que se había decidido al instante, en una conversación telefónica iniciada por Obama. Siendo así, no podría haberlo consultado con su gobierno y con Lieberman, ¿verdad?

¿Infantil? Por supuesto.

¿Solo en Israel? Lo dudo.
Me temo que en la mayoría de los países, grandes y pequeños, así es como se dirigen los asuntos de estado cruciales. Y no solamente hoy en día.

Es un pensamiento espantoso y, por lo tanto, inaceptable para la mayoría de la gente. Les gusta creer que su destino está en mano de líderes responsables dotados de una inteligencia superior. De la misma manera que rechazan creer que el cielo está vacío, y que ningún SúperPadre todopoderoso con compasión inagotable está esperando allí para responder a sus plegarias.

El primer ejemplo de la historia de extrema incompetencia que me viene a la mente es el comienzo de la Primer Guerra Mundial. Un grupo de nacionalistas serbios mató al heredero austríaco a su trono. Un incidente lamentable pero ciertamente no una razón para una guerra en la que perecieron miserablemente varios millones de seres humanos.

 ¿Acaso el poder no solo corrompe sino que también atonta?

Pero los bobos que acompañaban en Viena al emperador de 84 años pensaron que esta era una buena oportunidad para obtener una victoria fácil, y les dieron un ultimátum a los serbios. El zar ruso, rodeado de duques y archiduques, quiso ayudar a sus compañeros eslavos y movilizó a su ejército. Probablemente no sabían que de acuerdo con un plan militar preparado con mucha antelación, en este caso el ejército alemán tenía que atacar y conquistar Francia antes de que el numeroso ejército ruso pudiera completar su movilización y llegar a la frontera alemana. El káiser alemán, un niño trastornado que nunca maduró, se comportó como tal. Los británicos, a los que nunca les gustó ser gobernados por gente demasiado lista, corrió a ayudar a la pobre Francia. Y así fue.

¿Pudieron todos estos líderes haber sido unos completos tontos? ¿Europa estuvo gobernada por una idiocracia omnipresente? Quizás. Pero quizás hubo gente razonablemente inteligente entre ellos. ¿Acaso el poder no solo corrompe, como dijo Lord Acton, sino que también atonta?

En cualquier caso, he conocido mucha gente en mi vida que tras tomar el poder hicieron muchas cosas totalmente estúpidas, por lo que esta última opción debe ser el caso.

Me gustaría tener la fuerza de voluntad suficiente para no contar de nuevo el clásico chiste judío sobre los turcos, que mencioné inmediatamente después del incidente del Mavi Marmara.

Trata de una madre judía en el siglo XIX en Rusia, cuyo hijo ha sido llamado a servir en el ejército del Zar en la guerra contra la Turquía otomana. “No exageres” le ruega, “mata a un turco y descansa. Mata a otro turco y descansa otra vez, mata…”

“Pero, ¿y si me matan los turcos?” interpuso el chico.

“¿Matarte?” responde su madre sorprendida, “Pero ¿por qué? ¿Qué les has hecho tú a ellos?”

Mata a un turco y pide disculpas…

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