Llegar cuando las luces se encienden

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 16 Abr 2013

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Los ilusos
Dirección: Jonás Trueba.

La imagen del cartel de Los ilusos, una niña pequeña que juega con una cinta de VHS, habla por sí sola: es el rostro de una generación que vivirá, que ya vive de hecho, inmersa en el mundo digital, y para la cual el celuloide será un juguete extraño, un artefacto que se enreda en los pies o sirve para hacer castillos, pero que cuesta relacionar con las imágenes en movimiento que muestra el plasma. No obstante, el segundo filme de Jonás Trueba trata de la generación inmediatamente anterior, es decir, de la suya: chavales que tienen entre 20 y 30 años, y que asisten a la muerte del cine mientras pelean, exiliados de la infancia, por hacerse dueños de sus propias vidas.

Este retrato generacional es necesariamente fragmentario, como la época en que se desarrolla. En él caben la secuencia clásica y el fogonazo vanguardista, el recurso documental y el clip musical, el plano preciosista y la exhibición del andamiaje, el diálogo elaborado y los retales mudos… Sabio precoz, Trueba sabe hacer cine y no tiene la menor intención de disimular sus facultades, para lo cual ha reunido con un presupuesto exiguo a un ramillete de jovencísimos y excelentes actores, y los ha puesto a hacer de sí mismos ante la cámara.

El resultado es lo más lejano que cabría imaginar de aquella juventud Kronen de los 90: esta generación Youtube es guapa, sana y ha visto el cine más exótico, ha escuchado toda la música, ha leído todos los libros -y siente, a lo Mallarmé, que la carne es triste: sufre los vacíos y miedos propios de su edad, y la desorientación propia de los tiempos que le han tocado vivir. Las drogas son reemplazadas aquí por la comida oriental y los ansiolíticos cigarrillos, y las pulsiones autodestructivas y suicidas quedan encerradas en las ficciones cinéfilas y librescas.

La elección del blanco y negro, óptimo para reducir o disimular los eventuales desperfectos de las cintas caducadas con las que se ha rodado este trabajo, nos invitan a pensar que Trueba ha cedido a una vieja tentación, la de enfocar lo actual con una mirada antigua. Mostrar el barrio de Lavapiés hoy con ojos de nouvelle vague no responde sólo una actitud esteticista, sino también a una forma de nostalgia anticipada, a la voluntad de investir de clasicismo lo que no puede ser sino fatalmente novísimo. Y, al mismo tiempo, de adscribirse a una tradición, de mostrar su ADN como director, acaso convencido de que no hay mejor forma de estar a la última que hacer el cine de siempre.

Mención aparte merece el trabajo actoral: todos están extraordinariamente brillantes, tanto los que soportan la mayor parte del protagonismo –Francesco Carril a la cabeza–, como los secundarios de lujo –espectacular el poeta Luis Miguel Madrid, debutante en estas lides, en el papel de Perucho–, pasando por promesas de abrumadora solvencia como Vito Sanz, Aura Garrido o Mikele Urroz. Hasta algunos anecdóticos primeros planos de Laura Santos y de Paloma Zavala, impregnados de una incurable melancolía, son bellísimos. Cabe augurar que la prensa, siempre ávida de nuevos nombres para el estrellato, va a frotarse las manos con este elenco.

Sin embargo, el fondo del filme tiene muy poco de glamour vocacional. Entre melopeas de bar y almuerzos de lata, talleres, citas amorosas, DVDs exóticos, lecturas profundas y días vanos, entre situaciones hilarantes y tragedias íntimas, los personajes de Los ilusos ponen rostro a esa camada de españoles que lo ha tenido todo (y ha sabido aprovecharlo más de lo que a veces creemos), y a la que ahora se le cierran tantas puertas. Si no fuera porque el gran Mauricio Wiesenthal ya patentó ese título, la película podría haberse llamado Llegar cuando las luces se apagan, o tratándose del séptimo arte, Llegar cuando las luces se encienden, cuando todo se ha acabado y toca desalojar la sala.

Sin embargo, allí donde todos vemos la agonía del cine, ellos encuentran su gran oportunidad, no sólo para demostrar su talento, sino también para seguir soñando en un mundo de sueños abolidos. Para tratar de no olvidar, como han olvidado sus mayores, qué era aquello del deseo.

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