Elogio de la emoción

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 22 Abr 2013

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Fue una experiencia conmovedora. Un momento que habló no solo a las cabezas, sino también – y principalmente – a los corazones.

El domingo pasado, en la víspera en Israel del Día de los Caídos en nuestras guerras, fui invitado a un evento organizado por el grupo activista Combatientes por la Paz y por el Foro de familias afligidas israelíes y palestinas.

La primera sorpresa fue que tal evento tuviera lugar. En el ambiente general de desánimo del campo de paz israelí tras las recientes elecciones, cuando casi nadie se ha atrevido siquiera a mencionar la palabra paz, un evento así era alentador.

La segunda sorpresa fue su tamaño. Tuvo lugar en uno de los mayores salones del país, el hangar 10 en los terrenos para feria de Tel Aviv. Tiene más de 2.000 asientos. Un cuarto de hora antes del comienzo, la asistencia era deprimentemente escasa. Media hora después, estaba hasta los topes. (Sean las que sean las muchas virtudes del campo de paz, la puntualidad no está entre ellas).

Sentí que estaba en una carrera de relevos: mi generación pasaba el testigo a la siguiente

La tercera sorpresa fue la composición de la audiencia. Había bastantes ancianos de pelo blanco, incluido yo, pero la gran mayoría era gente joven, de la que al menos la mitad eran mujeres. Jóvenes enérgicos, prácticos y muy israelíes.

Sentí que estaba en una carrera de relevos. Mi generación pasaba el testigo a la siguiente. La carrera continúa.

Pero la característica más destacable del evento fue, por supuesto, su contenido. Israelíes y palestinos estaban llorando juntos por sus hijos e hijas, hermanos y hermanas muertos, víctimas del conflicto y de guerras, de la ocupación y la resistencia (también conocida como terrorismo).

Un aldeano árabe habló suavemente sobre su hija, muerta a manos de un soldado cuando iba a la escuela. Una madre judía habló de su hijo soldado, muerto en una de las guerras. Todos en una voz sumisa. Sin vehemencia. Algunos hablaron en hebreo y otros en árabe.

Hablaron de su primera reacción tras la pérdida, de los sentimientos de odio, de la sed por venganza. Y después del cambio despacio de mente. La comprensión de que los padres del otro lado, el enemigo, se sentían exactamente igual que ellos, que su pérdida, lamento y sufrimiento era exactamente igual que el suyo propio.

Durante años, padres afligidos de ambos lados se han estado reuniendo regularmente para encontrar consuelo en la compañía de los otros. Entre todos los grupos de paz que actúan en el conflicto israelí-palestino, estos son quizás los más reconfortantes.

No fue fácil para los compañeros árabes llegar a esta reunión. Al principio, el ejército les negó el permiso de entrar en Israel. Gabi Lasky, el indómito defensor de muchos grupos de paz (incluido Gush Shalom), tuvo que amenazar con una solicitud al Tribunal Supremo tan solo para obtener una concesión limitada: solo se permitió asistir a 45 palestinos de Cisjordania.

Padres afligidos de ambos lados se reúnen regularmente para encontrar consuelo

(Es una medida rutinaria de la ocupación: antes de cada fiesta judía, Cisjordania queda completamente aislada de Israel, excepto para los colonos, por supuesto. Así es como la mayoría de los palestinos llegan a conocer las fiestas judías).

Lo que hizo este evento tan especial es que la confraternización israelí-árabe tuvo lugar en un nivel puramente humano, sin discursos políticos, sin los eslóganes que se han vuelto francamente rancios.

Durante dos horas, nos vimos inmersos en emociones humanas, con un sentimiento profundo mutuo. Y estuvo muy bien.

Escribo esto para remarcar algo que me parece muy relevante: la importancia de las emociones en la lucha por la paz.

Yo mismo no soy una persona muy emotiva. Pero soy sumamente consciente del lugar de las emociones en la lucha política. Estoy orgulloso de haber acuñado la frase “En política, es irracional ignorar lo irracional”. O, si lo prefieren, “En política, es racional aceptar lo irracional”.

Es una gran debilidad del movimiento de paz israelí. Es extremadamente racional (de hecho, quizás demasiado racional). Podemos demostrar fácilmente que Israel necesita paz, que sin paz estamos destinados a convertirnos en un estado de apartheid, si no algo peor.

Alrededor del mundo, la gente de izquierdas está más sobria que la de derecha. Cuando los de izquierdas exponen un argumento lógico para la paz, la reconciliación con antiguos enemigos, igualdad social y ayuda para los desfavorecidos, los de derechas responden con un torrente de lemas emocionales e irracionales.

Pero las masas de gente no se mueven por la lógica. Se mueven por sus sentimientos.

Una forma de expresión de sentimientos (y una forma de generar sentimientos) es el lenguaje de las canciones. Uno puede juzgar la intensidad de un movimiento por sus melodías. ¿Quién puede imaginar las marchas de Martin Luther King sin el “We shall overcome”? ¿Quién puede pensar en la lucha irlandesa sin sus muchas y hermosas canciones? ¿O en la Revolución Rusa sin su multitud de melodías conmovedoras?

El movimiento de paz israelí ha producido una única canción: una triste llamada de los muertos a los vivos. Yitzhak Rabin fue asesinado a los pocos minutos de cantarla, el texto manchado de sangre se encontró en su cuerpo. Pero todos esos escritores y compositores del movimiento de paz no han creado un simple himno conmovedor, mientras que los que incitan al odio pueden beneficiarse de una amplia variedad de himnos religiosos y nacionalistas.

Uno puede juzgar la intensidad de un movimiento cívico  por sus melodías

Se dice que a uno no le tiene que gustar su adversario para poder hacer la paz con él. Uno hace la paz con el enemigo, como hemos declamado cientos de veces. El enemigo es la persona que odiamos.

Nunca he creído mucho en eso, y cuanto más viejo me hago, menos creo.

Es cierto que no se puede esperar que millones de personas de ambos lados lleguen a amarse mutuamente. Pero el núcleo de los pacificadores, los pioneros, no pueden cumplir con sus tareas si no hay un elemento de simpatía mutua entre ellos.

Hay un cierto tipo de activista por la paz israelí que no acepta este tópico. A veces se tiene la sensación de que verdaderamente quieren la paz, pero no realmente con los árabes. Les encanta la paz, porque se encantan a sí mismos. Se ponen delante del espejo y se dicen a sí mismos: ¡Mira qué maravilloso soy! ¡Qué humanitario! ¡Qué moral!

Recuerdo cuánto rencor desperté en ciertos círculos progresistas cuando creé nuestro símbolo de paz: las banderas cruzadas de Israel y Palestina. Cuando uno de los nuestros levantó este emblema en la manifestación de Paz Ahora en los ochenta, provocó un escándalo. Se le pidió bruscamente que se fuera, y el movimiento pidió disculpas públicamente.

Para dar un ímpetu a un verdadero movimiento de paz, tienes que hacer que absorba el espíritu de empatía hacia el otro lado. Debes tener un sentimiento hacia su humanidad, su cultura, su historia, sus aspiraciones, sus miedos, sus esperanzas. Y eso se aplica también, por supuesto, a ambas partes.

Cuanto más se necesita la confraternización israelí-palestina, menos existe

Nada puede ser más dañino para las posibilidades de paz que la actividad de fanáticos proisraelíes y propalestinos en el extranjero, quienes piensan que están ayudando al bando que ellos prefieren mediante la demonización del contrario. No se alcanza la paz con demonios.

La confraternización entre palestinos e israelíes es una obligación. Ningún movimiento de paz puede tener éxito sin ella.

Y aquí es cuando llegamos a una dolorosa paradoja: cuanto más se necesita esta confraternización, menos existe.

Durante estos últimos años ha habido un distanciamiento creciente entre los dos lados. Yasser Arafat era muy consciente de la necesidad de contacto, e hizo mucho al respecto. (Yo lo animé constantemente a que lo hiciera aún más). Desde su muerte, este intento ha disminuido.

En el lado israelí, los esfuerzos por la paz se han vuelto cada vez menos populares. La confraternización tiene lugar cada semana en Bil’in y en muchos otros campos de batalla, pero las principales organizaciones de paz no están muy impacientes por reunirse.

En el lado palestino hay mucho resentimiento, un sentimiento (justificado) de que el movimiento de paz israelí no ha cumplido. Aún peor, es un sentimiento de que las masas palestinas podrían considerar las reuniones públicas conjuntas como una forma de “normalización” con Israel, algo como una colaboración con el enemigo.

Esto debe cambiar. Solamente la cooperación a gran escala, pública y sincera entre los movimientos de paz de ambos lados puede convencer al público (de ambas partes) de que la paz es posible.

Estos pensamientos vinieron a mi cabeza mientras escuchaba las simples palabras de palestinos e israelíes en aquella reunión de conmemoración.

Todo estaba allí: el espíritu, la emoción, la empatía, la cooperación.

Fue un momento humano. Así es como empieza todo.

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