Una inversión equivocada

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 23 Abr 2013

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El capital
Dirección: Constantin Costa-Gavras.

Conmueve, de entrada, el arrojo de un veterano como Costa-Gavras, su empeño en seguir al pie del cañón, apostando por un cine comprometido y sin rastro de naftalina. El director grecofrancés quería dar su visión del sistema depredador que ha puesto a medio mundo al borde del abismo, y para ello ha echado mano de una novela de Stéphane Osmont, bautizada con mucha guasa con el mismo nombre que cierto clásico de la economía política. La historia está protagonizada por Marc Tourneuil, un joven ambicioso que llega a lo más alto de Phenix cuando su jefe máximo y principal valedor se retira por graves problemas de salud.

La guerra que abrirá con los perros viejos de la empresa, así como un nuevo frente que le plantearán unos poco fiables socios de Estados Unidos, articulan una trama que va oscilando de los belicosos despachos a la intimidad familiar, y de la cruda realidad de los números a las fantasías autoritarias de ese arribista de corazón envenenado por la codicia, interpretado en toda su frialdad por el actor de origen marroquí Gad Elmaleh. Pero la nave empieza a hacer aguas muy pronto.

El primer problema grave que presenta El capital es de ritmo: las escenas se suceden una tras otra de un modo tan uniforme que muy pronto empieza a aburrir. Da igual si lo que se cuenta es determinante o anecdótico, todos los hechos se enlazan con un tempo regular que invita a la siesta. También trabajan en contra del filme los estereotipos simplificadores, especialmente los que tienden a identificar el poder y el sexo. Así, la fiesta de chicas en bikini a bordo de un yate sólo puede conducir al inverosímil affaire entre el poderoso banquero y una modelo, con un bochornoso desenlace a bordo de una limusina. La relación de Tourneuil con la experta en economía oriental, más sutil, podría sin embargo haber dado mucho juego, y desde luego seduce mucho más a un espectador que quiera tenerse por medianamente inteligente.

Pero lo que acaba malogrando el resultado final del filme es el débil nudo argumental: el juego de ambición alrededor de Phenix y la compra de un banco japonés lleno de activos tóxicos, que se resuelve al más puro estilo del casino: apuestas que suben, monumentales órdagos, astucias de viejo tahúr… El principal reproche que cabría hacer es el modo en que se nos hace pasar de un planteamiento prolijo, enrevesado, a un desenlace simplón, de corto vuelo, idóneo para halagar la legítima rabia del ciudadano indignado medio, pero insuficiente para explicar el fondo de las cosas, la naturaleza perversa del sistema. Por decirlo de otro modo, El capital carece de la minuciosidad de Inside Job y de la tensión dramática de Margin call, sin aportar a cambio otras cualidades que lo compensen.

La sensación que queda, en fin, es la de asistir a un esfuerzo valioso mal rematado. Y la pena es doble considerando que el director tiene probado talento, el presupuesto es generoso y el equipo actoral muy consistente. Una cosa sí hay que reconocerle al guión: tiene un buen montón de buenas frases, tratándose de un tema en el que no es fácil innovar demasiado. Les dejo mi favorita, por su terrible verdad: “El dinero es un perro que no pide caricias. Le lanzas la pelota cada vez más lejos, y siempre va a buscarla”.

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