Francisco marca el paso

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Darío Menor

Publicado el 8 May 2013

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El papa Francisco I (Marzo 2013)  |  © Marcin Mazur/Intermirifica
El papa Francisco I (Marzo 2013) | © Marcin Mazur/Intermirifica

El 14 de marzo, un día después de que Jorge Mario Bergoglio fuera elegido papa, Giannelli, probablemente el mejor humorista gráfico de la prensa italiana, dibujaba en la portada del Corriere della Sera a Francisco en el balcón central de la basílica de San Pedro acompañado por tres purpurados. “Mis hermanos cardenales me han dado una sorpresa. Pero no es nada en comparación a las sorpresas que yo les voy a dar a ellos”, le hacía decir el dibujante al papa.

En el mes que ha transcurrido desde entonces, el nuevo obispo de Roma ha tenido tiempo para presentarse al mundo, presidir la maratón de celebraciones de la Semana Santa y dar a conocer cuál es su idea de Iglesia.

El Papa recuerda a los obispos que deben ser pastores con “olor a oveja”

El primer pontífice latinoamericano quiere una comunidad cristiana “pobre y para los pobres”, pide a los presbíteros que se vuelquen en el servicio y no busquen el poder y recuerda a los obispos que están llamado a ser pastores con “olor a oveja”. También ha dado numerosas muestras de que desea estar en medio de la gente y de que no le gustan los lujos ni vivir de espaldas a la realidad.

Pasadas estas primeras semanas de pontificado, en las que sus gestos y sus palabras tanto han gustado a la mayor parte de católicos, también a los alejados, llega ahora el momento de las decisiones, muchas de las cuales serán sorprendentes, como vaticinan quienes conocieron a Bergoglio durante los quince años que fue arzobispo de Buenos Aires.

La primera gran sorpresa ha sido la creación de un grupo de ocho cardenales provenientes de los cinco continentes para que sean sus consejeros y le echen una mano en la reforma de la Curia romana. Este nuevo gabinete constituye la primera piedra sobre la que Francisco remodelará la estructura de poder de la Santa Sede.

Piden más autonomía para  fomentar una cultura de debate hoy casi ausente

Se avecinan cambios que favorezcan la colegialidad entre los distintos dicasterios, los hagan más capaces de afrontar los problemas del mundo de hoy y redefinan la relación entre Roma y los distintos episcopados locales, favoreciendo una mayor descentralización. Aunque será el papa quien comande la reestructuración, lo hará siguiendo las peticiones que hicieron los cardenales durante las diez congregaciones generales, las reuniones que se celebraron antes de que comenzase el cónclave.

La idea del grupo de asesores partió del cardenal Godfried Danneels, arzobispo emérito de Malinas-Bruselas, quien invitó a que se creara una suerte de “consejo de la Corona” compuesto por prelados provenientes de todos los continentes y con los que el papa pudiera hablar “de todo”. El antiguo primado de Bélgica deseaba que el sucesor de Benedicto XVI “tomara las riendas de la Curia” y que no sea ésta la que controle el poder. Pidió además que los episcopados fueran más autónomos, para que surgiera una “cultura de debate” hoy “casi ausente”.

“No es un Martín Lutero o un Calvino”

“Cuando las expectativas son tan altas, es inevitable que alguien se lleve luego una desilusión”. Las fuentes vaticanas consultadas se esfuerzan en enfriar la emoción de parte de los fieles y de la prensa tras la elección de Francisco como papa.

“Quien se espere cambios doctrinales, se equivoca”, opina una de estas fuentes. Pone como ejemplo el hecho de que el nuevo obispo de Roma haya decidido seguir la misma línea que Benedicto XVI en el tratamiento de las religiosas de Estados Unidos intervenidas por la Santa Sede.

El jesuita Claudio M. Burgaleta, profesor de teología en la universidad Fordham de Nueva York, tampoco vaticina revoluciones: “No creo que haya cambios doctrinales. Es más bien doctrinalmente conservador este papa. Es un buen pastor y evangelizador, pero no un Martín Lutero o un Calvino”.

Otra fuente vaticana anónima lamenta que haya quien trate de presentar como opuestos a Francisco y a Benedicto XVI. “Hay incluso quien dice que Bergoglio no es católico y que va a cambiarlo todo”. El dehoniano Lorenzo Prezzi, director de la revista Testimoni, considera por su parte que habrá más puntos de continuidad que de ruptura entre Francisco y Benedicto XVI. “Las preocupaciones de fondo son las mismas, como la transmisión de la fe, el juicio crítico frente a algunos aspectos de la posmodernidad o sobre el neoliberalismo”.

Prezzi apunta algunas diferencias que sí puede haber entre los dos papas: “La forma de tratar la cuestión de los lefebvrianos creo que será distinta. Lo mismo pasa con la relación entre el centro romano y las conferencias episcopales locales”.

La primera decisión de Francisco que hará realidad este deseo de descentralización es posible que llegue el mes que viene, cuando se celebra la plenaria de los obispos italianos. El papa podría anunciar entonces que renuncia a la prerrogativa que le permite nombrar al presidente y al secretario de la Conferencia Episcopal Italiana, un derecho que no tiene en el resto de países.

El jesuita estadounidense Claudio M. Burgaleta, profesor de teología en la universidad Fordham de Nueva York, impulsada por la Compañía de Jesús, sostiene que hay que brindar “más autonomía a las conferencias episcopales para decisiones que se deciden mejor al nivel regional, como por ejemplo, la traducción de textos litúrgicos”.

“Es necesario que la Curia no vea a los obispos como si fueran monaguillos”

Pero también es necesario que haya un “papado centralizado”, como se ha visto en la cuestión de los abusos sexuales a menores cometidos por eclesiásticos: no se ha logrado atajar el problema hasta que Roma ha promovido normas firmes en todos los episcopados para favorecer la seguridad de los niños y de los adolescentes. Burgaleta pide una reforma de la Curia romana para que deje de funcionar como “una corte medieval donde hay poca pastoral de conjunto y se tarda mucho en actualizar programas y tomar decisiones”.

Las reformas impulsadas por Pablo VI y por Juan Pablo II, en su opinión, no han conseguido que este organismo supere algunos de sus grandes problemas, como la falta de colegialidad. Pone además el dedo en la llaga al hablar de cómo son en ocasiones tratados los pastores por parte de los funcionarios de la Santa Sede: “Hace falta una Curia que no vea a los obispos residenciales como si fueran monaguillos que tienen que implementar las decisiones romanas”.

El próximo número dos

Considera el jesuita estadounidense que será clave para sacar adelante la reforma quién será elegido como secretario de Estado, el “número dos” de la jerarquía vaticana, en sustitución del cardenal italiano Tarcisio Bertone. Con sus 78 años, Bertone hace tres que presentó su solicitud de jubilación al entonces papa, Benedicto XVI, quien decidió que permaneciese a su lado. Se espera ahora que Francisco le mantenga durante un período prudencial en el cargo antes de sustituirle.

Por Roma circulan ya numerosas quinielas con posibles nombres de su sucesor, pero la experiencia del cónclave invita a la prudencia a la hora de repetirlos y a estar preparado para las sorpresas. En cualquier caso, los observadores más veteranos esperan que se trate de un italiano que provenga de la carrera diplomática, aunque reconocen que es alto el riesgo de equivocarse.

“Otros sólo valoran la lealtad, pero Francisco jamás tendría a un mediocre a su lado”

Sea quien sea el elegido para llevar las riendas de la Secretaría de Estado, es evidente que contará con la total confianza de Francisco. Así ha ocurrido con su primer nombramiento, el del español José Rodríguez Carballo, ministro general de la Orden de los Frailes Menores y presidente de la Unión de Superiores Generales, designado nuevo secretario de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, el dicasterio vaticano que se encarga de los 900.000 religiosos con que cuenta la Iglesia católica.

Alicia Barrios, periodista argentina del Canal 21, controlado por la arquidiócesis de Buenos Aires, y amiga de Bergoglio, cuenta cuáles son las características que éste busca en sus colaboradores. “Hay quienes sólo valoran la lealtad y no les importa rodearse de mediocres. Eso nunca pasará con Francisco, jamás tendría a un mediocre a su lado. Él por supuesto que estima la lealtad, pero también el talento, la humildad, la confidencialidad y la austeridad”, cuenta la periodista.

Francisco, asegura, cuando elige a sus colaboradores, también nombra a “interlocutores válidos”. “Él es intelectualmente muy elevado y tiene mucha formación. Le gusta rodearse de personas capaces”, dice la reportera, quien acompañó a Bergoglio durante muchas de sus visitas a las villas miseria.

Francisco es consciente de que le estará haciendo un regalo envenenado a quien elija como secretario de Estado. No tiene más que recordar las críticas que ha recibido el cardenal Bertone. Aunque una parte ha podido llegar por errores propios, había otras que le caían por su función de escudo del obispo de Roma, asumiendo así los posibles fallos cometidos por toda la maquinaria vaticana.

El caso Vatileaks ha puesto al descubierto el malestar de una parte de la Curia con Bertone, a quien algunos acusan de incapacidad en el gobierno y de rodearse de personas fieles de su entorno sin tener en cuenta su valía. “Para ver el desastre que ha sido no hay más que echar un vistazo a los que le rodean. Son todos unos mediocres”, apunta una fuente vaticana que prefiere mantenerse en el anonimato.

Otra persona que trabaja a la sombra de la cúpula de San Pedro y que tampoco quiere ver su nombre publicado denuncia que el secretario de Estado ha favorecido sobremanera el nombramiento de salesianos, la congregación a la que pertenece. “Ha habido casos en los que Benedicto XVI le tenía que decir que no quería más italianos ni más salesianos, porque Bertone sólo le proponía personas con este perfil cuando había que nombrar a alguien”, dice esta segunda fuente anónima.

“El secretario del Vaticano, Tarcisio Bertone, sólo se rodea de salesianos”

El malestar de una parte de los cardenales con el funcionamiento de la Curia, personalizada en la figura del secretario de Estado, salió a relucir en las reuniones previas al cónclave. Ha habido quien ha interpretado el nombramiento por parte de Francisco del grupo de los ocho purpurados consejeros como un intento de redimensionar el poder de la Secretaría de Estado.

El papa, tras leer el informe secreto sobre el caso Vatileaks que le dejó en legado Benedicto XVI, podría estar pensando en devolver este “superdicasterio” a la dimensión que tenía antes de que Pablo VI le concediese todo el poder que tiene ahora.

El religioso dehoniano italiano Lorenzo Prezzi, director de la revista mensual Testimoni, considera que Francisco no va a darle la vuelta a la Curia romana: “No creo que cambien grandes cosas de la función que tiene ahora, aunque probablemente estará mejor calibrada en sus actividades internas y se redistribuyan los temas entre los distintos dicasterios”.

Los cambios vendrán para que funcione con “más agilidad al sacar adelante sus competencias”, así como para lograr una “colegialidad real”, de cuya falta tanto se han quejado algunos cardenales como el alemán Walter Kasper, prefecto emérito del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.

“Es difícil de entender que el ‘número dos’ del dicasterio de la Familia no sea una mujer”

Para el profesor Burgaleta, lo primero que hay que hacer con la Curia romana es “rescatarla de los italianos y convertirla en un instrumento que refleje la catolicidad de la Iglesia”. Luego hay que luchar contra ese problema tantas veces denunciado por Benedicto XVI, el carrerismo. Para acabar con él es necesario poner fin a la expectativa de que “si estudias y trabajas en Roma te llegará un obispado”.

La tercer receta de este jesuita para relanzar la Curia viene con el aumento de la presencia de los laicos y, sobre todo, de las laicas. Para atraer a buenos trabajadores, habría que ofrecer sueldos no tan reducidos como los actuales, propone. “Esto es difícil porque requeriría un presupuesto mayor, a la vez que se está tratando de mandar el mensaje de una Iglesia humilde”.

Muchos católicos, tanto en Roma como fuera de ella, no acaban de explicarse que deban ser obispos los presidentes y secretarios de los dicasterios. Una tercera fuente vaticana anónima dice que así “se pierde el sentido del obispo, que debe ser pastor de un pueblo”.

“Con esta obligatoriedad se desvirtúa la naturaleza del episcopado a la vez que se impide que las mujeres accedan a estos cargos, muchos de los cuales podrían desempeñarlos de maravilla. Es difícil de entender que el ‘número dos’ del dicasterio de la Familia o de los Laicos no sea una mujer”, dice esta fuente.

Las palabras de Francisco en la misa del Jueves Santo, cuando pidió a los presbíteros que sean “pastores con olor a oveja”, invitan a pensar que tampoco él es favorable a que los gestores sean obispos.

Otra de las declaraciones del papa anunciando cambios vino en su encuentro con los periodistas tres días después de su elección. “¡Cómo querría una Iglesia pobre y para los pobres!”, dijo entonces. Sus palabras provocan una pregunta inmediata: ¿Cómo llevar la pobreza a Roma? Prezzi afirma que esta aspiración no viene sólo por un deseo del Pontífice; también responde “a las actuales condiciones de la Iglesia, que se mueve en la mayoría de los casos en contextos no particularmente ricos o favorecidos”.

La reforma, en aras de una mayor humildad y sencillez de la Curia, vendrá con el proceso de discernimiento que desarrolla Francisco en esta primera fase de su pontificado. “El papa se interrogará servicio a servicio, papel por papel, sobre lo que es necesario y sobre lo que no lo es”, dice el director de Testimoni.

“Soy Jorge Bergoglio, cura. Es que me gusta ser cura”

Barrios advierte de que hay que estar preparado para las sorpresas en este sentido, pues Bergoglio tiene “un compromiso público asumido con los pobres”. “Es el padre de los más desfavorecidos y lo va a seguir siendo ahora como papa. No creo que nadie le vaya a decir que no se vuelque con ellos. Es un hombre que tiene liderazgo, que manda”, cuenta la periodista del Canal 21. Sus años al lado de Bergoglio le han llevado a la conclusión de que “el trabajo que más le gusta hacer” es el de ser sacerdote.

“Era un cardenal que trabajaba de cura y va a ser un papa que no va a dejar de trabajar como cura. Él no se cansa de bendecir a los enfermos, no se cansa de la pastoral”, dice. De hecho, en el libro El Jesuita. Conversaciones con el cardenal Jorge Bergoglio (Vergara), cuando los periodistas Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti le preguntaban que cómo se presentaría ante un grupo de desconocidos, respondía: “Soy Jorge Bergoglio, cura. Es que me gusta ser cura”.

Para Burgaleta, el “gesto simbólico y real” más fuerte para demostrar la opción por los pobres de Francisco vendría con el cierre del Instituto para las Obras de Religión (IOR), la banca vaticana, el organismo que pese a contar sólo con 71 años de historia, ha protagonizado tantos problemas en las últimas cuatro décadas que parece acompañar a la Iglesia desde tiempos inmemoriales.

 Con los escándalos de la Banca Vaticana, toda la Iglesia se juega su imagen y su credibilidad

Muchos cardenales se han expresado en esta misma línea: con los escándalos del IOR, toda la Iglesia se juega su imagen y su credibilidad. La apuesta por la sencillez, la humildad y los más desfavorecidos parece fulminada cada vez que la banca vaticana es noticia por su falta de transparencia.

Una cuarta fuente vaticana anónima reconoce que el papa puede hacer lo que quiera con el IOR: cerrarlo, refundarlo, reformarlo o dejarlo como está. Hay un precedente que ayuda a hacerse una idea de lo que puede estar pensando el Pontífice al respecto: en 1998, cuando comenzó la crisis económica en Argentina que llevó al establecimiento del corralito y del corralón, Bergoglio depositó los fondos de la arquidiócesis porteña en bancos que cumplían con los estándares de transparencia internacional poniendo fin a participaciones financieras poco claras.

“Realizó una administración impecable en la arquidiócesis. Cambió la Iglesia en todos los sentidos. Le dedicó mucho dinero a las villas, a las zonas más desfavorecidas. También hizo una obra extraordinaria con los drogadictos. Bergoglio es un administrador excepcional, con muchas capacidades y experiencia. Acá no tuvo un solo escándalo financiero en todos estos años”, cuenta Barrios.

La última fuente vaticana citada destaca que la Santa Sede y la propia Iglesia necesitan una institución financiera propia. De hecho, una buena parte de los 7.000 millones de dólares que mueve el IOR no pertenece al Vaticano, sino a las congregaciones religiosas y a las diócesis. “Si se convierte en una fuente de problemas para la Iglesia, hay que ponerle fin. Se puede responder a esta necesidad de otra manera, de acuerdo a cómo funciona el mundo financiero hoy. El IOR es un organismo pequeño y tiene muchas lagunas en su funcionamiento”.

Esta misma fuente propone el cierre de la banca vaticana y el nacimiento de una nueva realidad, con un nombre distinto, que asuma sus competencias. “Mi opinión es que debe convertirse en un banco que cumpla con los estándares internacionales. No sería un instituto bancario convencional, en el que quien lo desea puede abrir una cuenta. Sería un instrumento para servir a la Iglesia y no para causarle más problemas. Aquí estamos todos para ayudar al papa a su misión principal, que es evangelizar”.

Bergoglio llena los confesionarios

Lo confirman sacerdotes en numerosos países: la elección de Francisco ha provocado que un gran número de personas que hacía años, o incluso décadas, que no pisaban una iglesia vuelvan a las parroquias, se confiesen y deseen retomar su religiosidad. Los gestos, las palabras y la concepción de comunidad cristiana del papa Bergoglio han tenido un poderoso efecto evangelizador. Son bien conscientes de ello en la Santa Sede, donde se conoce esta reacción popular como el “efecto Francisco”.

“Hemos notado que muchas personas vuelven a la Iglesia y se interesan de nuevo por la fe. Lo curioso es que Francisco dice prácticamente las mismas cosas que decía Benedicto XVI. Nos lo explicamos sobre todo por la fuerza de los gestos, empezando por su primera aparición como obispo de Roma en el balcón central de la basílica de San Pedro, cuando se inclinó pidiendo la oración de los fieles”, cuenta una fuente vaticana que prefiere mantenerse en el anonimato.

“Es una situación ‘gatopardiana’, todo parece que ha cambiado pero todo sigue casi igual. En las cuestiones de fondo no habrá movimientos, aunque sí habrá novedades en los gestos, las formas e incluso también tal vez en la liturgia”.

Hablan del “efecto Francisco” sacerdotes italianos, de otras naciones europeas y, por supuesto, también argentinos. En el país del papa incluso se han multiplicado los niños bautizados con el nombre elegido por Bergoglio para su pontificado. Aunque la impresión general es que este despertar de la fe es general (numerosos medios se han hecho eco de él), no resulta fácil de contabilizar.

Ha hecho un intento el Centro de Estudios sobre las Nuevas Religiones (Cesnur), el instituto de investigaciones religiosas dirigido por el sociólogo italiano Massimo Introvigne. De los 200 sacerdotes y religiosos que ha entrevistado, el 53% sostiene que ha percibido un aumento de aquellos que se acercan a la Iglesia o que se confiesan. Estas personas citaban los llamamientos de Francisco como el motivo que les había llevado a volver a la práctica religiosa.

El 64,2% de los eclesiásticos sostiene que el “efecto Francisco” se ha visto de forma particular en las confesiones. El Cesnur ha hecho la misma investigación preguntando a 500 laicos católicos. Una cuarta parte de ellos aseguraba haber percibido un aumento de las personas que se acercaban a sus comunidades o que pedían confesarse.

Sostiene Introvigne que los datos son “muy significativos”, aunque hay que interpretarlos dentro de los límites de la investigación. “Un efecto percibido por más de la mitad de la muestra es un fenómeno no sólo existente, sino de gran relevancia. Si traducimos los datos en términos numéricos y a escala nacional, deberíamos hablar de centenares de miles de personas que se vuelven a acercar a la Iglesia respondiendo a las invitaciones de Francisco”, afirma el sociólogo.

El efecto no se debe sólo a Francisco, pues también Benedicto XVI, con su sorprendente renuncia, logró conmover a millones de personas y hacer que se replantearan su fe. “Habrá que ver cómo se desarrolla con el paso del tiempo, pero podemos afirmar ya que no se trata de impresiones o de anécdotas, sino de números reales”, asegura Introvigne.

Aunque con un objetivo algo diferente, otro estudio corrobora la gran aceptación popular que está teniendo Francisco. La investigación, realizada por el Pew Forum, muestra que el 84% de los católicos estadounidenses tiene una visión favorable del nuevo Papa. De ellos, un 43% dice tener una opinión muy positiva de él. Sólo un 5% lo ve con malos ojos. Entre la población adulta general (incluyendo a los católicos), el índice de aprobación es del 57%.

Las cifras contrastan con las de Benedicto XVI al principio de su pontificado. En julio de 2005, tres meses después de su llegada al solio pontificio, un 67% de los católicos manifestaba una opinión positiva hacia él. Pesaban negativamente las informaciones que le presentaban entonces como el “pastor alemán” o incluso como el “papa nazi”.  

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