Morsi ante los coptos

Publicado por

Issandr El Amrani

Publicado el 25 May 2013

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El ataque del domingo contra la catedral copta de San Marcos en El Cairo fue, en cierto modo, un momento clave: nunca antes se había atacado de esta forma lo que es esencialmente la Santa Sede de la Iglesia Ortodoxa Copta.
Sin embargo, muchos egipcios sienten ya una familiaridad que los aturde y a la vez los horroriza: simplemente ha habido demasiados ataques similares en el pasado más cercano.

Ya deprime bastante el que este incidente ocurra poco después de otro: el ataque contra la catedral tuvo lugar después de que en ella se celebrase una marcha fúnebre por las cinco víctimas cristianas de los enfrentamientos entre dos familias en Al Khusus, una pequeña ciudad al norte de El Cairo.

Pero puede que otro hecho sea aún más inquietante: cuando los jóvenes se concentraban en la catedral para defenderla, enseñaban, para que se les permitiera entrar, la cruz tatuada en la muñeca: así demostraban que eran cristianos. Era un signo desgarrador de la fragmentación social que está teniendo lugar en este país.

Para entrar a la catedral y defenderla, los jóvenes cristianos enseñaban la cruz tatuada en la muñeca

Entre las muchas razones del alzamiento contra el régimen de Hosni Mubarak que tuvo lugar en Egipto en 2011, un precursor inmediato fue el ataque con bombas contra la iglesia de Al Qiddissin en Alejandría durante la misa de Nochevieja. El ataque, que se llevó por delante 21 vidas, desencadenó un torrente de compasión y propició una rara mirada autocrítica a las relaciones entre las confesiones en Egipto.

Lo más notable sobre este estallido es que desmintió el típico reflejo, propio tanto del gobierno como de la mayor parte de la sociedad, que asegura que tales ataques sectarios son simplemente aberraciones o “ajenas a la sociedad egipcia”. Este ataque en la iglesia (entendido como tal, no como enfrentamiento entre los dos grupos) fue el peor en mucho tiempo, posiblemente desde que la insurgencia islamista de Gamaa Islamiya en el Alto Egipto a principio de los años noventa se cebaba de forma regular con los coptos.

Puede que sea incluso más importante que haya sucedido solo un mes después de lo que se ha visto como el peor caso de amotinamiento confesional que enfrentó a los coptos con el propio Estado. A finales de noviembre de 2010, grupos de cristianos enfadados en el distrito Omraneya de El Cairo se amotinaron contra la policía después de que se difundieran rumores según los que las autoridades locales impedirían los trabajos de ampliación de la iglesia local. Un joven cristiano murió en la batalla con la policía.

Nadie puede pretender ya que el sectarismo en Egipto es simplemente un problema de disputas familiares

Sin embargo, incluso ese incidente palidece en comparación con el suceso de Maspero de octubre de 2011, cuando militares y ciudadanos atacaron a un grupo mayoritariamente cristiano que protestaba fuera de la sede de la televisión egipcia. Murieron al menos 28 personas, algunos al ser aplastados por vehículos blindados de transporte de tropas. Una muchedumbre musulmana incluso intentó asaltar el hospital al que se había llevado a la mayoría de las víctimas cristianas.

Entre el bombardeo de Al Qiddissin y la masacre de Maspero, nadie puede pretender ya que el sectarismo en Egipto es simplemente un problema que emana de las disputas familiares tradicionales que tienen lugar en el campo o de la perniciosa influencia de algunos fundamentalistas radicales. Es un conflicto en el que el Estado está directamente implicado, ya sea a través de su postura habitual de considerar los incidentes sectarios sobre todo como un fallo de seguridad, o por su falta de diligencia a la hora de evitar las tensiones e investigar la violencia sectaria cuando sucede.

Todos los testigos de la Catedral Copta de San Marcos relataron que la policía simplemente se limitó a mantenerse al margen mientras que volaron piedras y cócteles molotov contra el recinto. Otros incluso afirman que los servicios de seguridad podrían estar involucrados al llegar camiones con sicarios que participarían en el ataque.

Como suele suceder en tales ocasiones, es difícil discernir lo que realmente pasó. El presidente Mohammed Morsi ha prometido una investigación; sin embargo, su propio consejero de Asuntos Exteriores publicó (en inglés en su perfil de Facebook) una declaración en la cual insinúa que Presidencia considera la violencia sectaria un asunto de política exterior y aparentemente se precipitó para culpar a los manifestantes coptos de iniciar la pelea, porque estaban cantando eslóganes contra los Hermanos Musulmanes.

En sus declaraciones públicas y en el Parlamento, los islamistas han insinuado que la Iglesia Copta tiene parte de culpa en la violencia (los que defendían la iglesia, evidentemente, iban armados y lucharon contra los asaltantes) y hablaban de las “milicias coptas”. Esto ha introducido un cierto tono sordo en el contexto de la profunda angustia que muchos egipcios, cristianos y musulmanes, sienten ante los ataques, y ante el claro desequilibrio de poder entre las dos comunidades. Hasta ahora, el Gobierno tampoco ha dado explicación alguna por la pasividad de la policía.

Morsi tiene que hacer algo más que decir obviedades sobre su dolor ante la violencia sectaria

Esta ambigüedad parece intencionada. Las investigaciones no tienen mucho peso cuando los resultados de todas las precedentes que anunció el Gobierno fueron enterrados o ignorados.

De hecho, aún circulan alegaciones de que el último ministro de Interior de Mubarak fue quien ordenó colocar las bombas en la iglesia de Alejandría en 2011. La forma en la que comenzó la masacre de Maspero aún continúa siendo un misterio oficial y no se ha llevado a juicio ni al ejército ni a los medios de comunicación públicos por su papel en la violencia.

Puede resultar prematuro culpar a la administración de Morsi por el papel de la policía en el último caso, ya que ha habido numerosos signos de que en los últimos meses, los agentes han estado poco dispuestos a cumplir con su deber. Sin embargo, para que sea creíble, Morsi tiene que hacer algo más que simplemente pronunciar obviedades sobre su dolor ante la violencia sectaria. Debe reprender a la policía por su actitud durante el ataque y no debe permanecer en silencio cuando algunos de sus compañeros intentan culpar a las víctimas.

Como presidente islamista, se le escrudiñará el doble por cómo maneje este asunto. Su credibilidad respecto a las relaciones entre las confesiones de Egipto ya ha caído muchos puntos, tras haber declinado asistir a la coronación del nuevo papa copto y tras instar a la adopción de una nueva Constitución sin la aprobación de la comunidad cristiana. Debe hacerlo mejor.

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