Mujer (joven) de poca fe

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Darío Menor

Publicado el 10 Jun 2013

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Una mujer decora el jardín de la basílica de Asís (Italia) |   © Darío Menor
Una mujer decora el jardín de la basílica de Asís (Italia) | © Darío Menor

Misa de tarde en una parroquia cualquiera de una ciudad o de un pueblo cualquiera en un país católico europeo. Celebra la Eucaristía un sacerdote y es día laboral. Habla en su homilía de Dios y de su hijo, Jesús; lee las narraciones de los evangelistas y luego reza por el obispo de la diócesis y por el Papa. Todos varones. Entre los feligreses, en cambio, son mayoría las mujeres, ancianas además.

Son también mujeres quienes se encargan del mantenimiento de la iglesia. Y lo mismo ocurre con las catequistas, responsables de enseñar a vivir la religión cristiana a los niños, adolescentes, jóvenes y adultos de la parroquia, a quienes, probablemente, la fe se la hayan transmitido sus madres. O sus abuelas, como las que se ven los domingos llevando orgullosas de la mano a sus nietos a misa.

La paridad entre sexos que llegó a la sociedad también se hace sentir entre los bancos de las parroquias

Fuera de los templos el ambiente es diferente: tras 1968 comenzó una nueva era para el equilibrio entre sexos, una revolución pacífica todavía en curso que llevará a que el XXI sea el siglo de la mujer. La Iglesia, con la sabiduría parsimoniosa que le dan sus dos milenios de historia, apenas vislumbra las repercusiones de este profundo cambio social, aunque está ya redefiniendo la idiosincrasia de la comunidad cristiana.

Las mujeres de mediana edad, y de forma aún más clara las que tienen entre veinte y treinta años, han empezado a alejarse de la Iglesia al mismo ritmo que los hombres. En las últimas décadas en Occidente cada vez menos personas se casan en las parroquias, forman parte activa de la vida de éstas, tienen una vocación religiosa o se interesan por la educación católica. El número lleva tiempo disminuyendo, pero las mujeres siempre mostraban una mayor cercanía a la Iglesia respecto a sus coetáneos.

Este desequilibrio se ha acabado: la paridad entre sexos, que poco a poco está llegando a tantos aspectos de la sociedad, también se hace sentir entre los bancos de las parroquias. El cambio puede tener consecuencias trascendentales: son las mujeres, en la mayor parte de los casos, las que transmiten la fe a los niños en sus primeros años de vida, y son ellas, con su callado trabajo, quienes hacen funcionar el engranaje eclesial.

Católicas y feministas

¿Se puede ser católica y feminista? Aunque las posiciones de las más vehementes reivindicadoras de los derechos de la mujer puedan parecer en las antípodas de la Iglesia, basta echarle un vistazo a los Evangelios para descubrir que una de las mayores fuerzas del catolicismo es precisamente su universalidad. Su mensaje es para todos, féminas y varones por igual, lo que por otro lado no borra las injusticias que la organización eclesial ha cometido con las mujeres en sus 2.000 años de vida.

En los últimos tiempos un buen número de libros y artículos han examinado con lupa la cuestión femenina en la historia de la Iglesia. Uno de los interesantes es Ave Mary, de Michela Murgia, quien escribe que con una madre como la Virgen, nadie puede sorprenderse de que Jesucristo “dedicara a las mujeres una atención inconformista en el contexto en que vivió”. En una recensión sobre Ave Mary en L’Osservatore Romano, Giulia Galeotti añadía que el comentario era también aplicable a las mujeres del siglo XXI. “Jesús y su mensaje son emancipadores como ningún otro”.

Galeotti va más allá de las quejas habituales y sostiene que la Iglesia ha dado a las féminas posibilidades que muchas veces la propia sociedad de su tiempo no admitía. Cita como ejemplo el hecho de que para el derecho canónico son iguales el adulterio masculino y el femenino, mientras que las legislaciones civiles de algunos países occidentales como Italia han mantenido hasta 1968 una distinción en detrimento de la mujer.

Laicas o religiosas, las mujeres son mayoría en la Iglesia y su nivel de compromiso eclesiástico es superior al de los hombres, aunque sean ellos los que ocupen la inmensa mayoría de puestos de decisión y discernimiento y sea también masculino el rostro público que casi siempre ofrece la comunidad cristiana a nivel parroquial, diocesano y universal.

El teólogo italiano Armando Matteo, profesor en la Pontifica Universidad Urbaniana, ha dedicado a este fenómeno el ensayo La fuga delle quarantenni. Il difficile rapporto delle donne con la Chiesa (La fuga de las mujeres de cuarenta años. La difícil relación de las mujeres con la Iglesia, Rubettino). El libro retoma un informe publicado en la revista Il Regno en 2010 en el que se constata que la variable que más influye en la relación que las distintas generaciones mantienen con la Iglesia es la fecha de nacimiento. El año que marca un hito es 1970.

La tendencia se hace aún más visible entre los nacidos después de 1981: a partir de esa edad, no hay diferencias entre la religiosidad de hombres y mujeres. Expertos como el sociólogo Alessandro Castegnaro, presidente del Observatorio socio-religioso Triveneto, están convencidos de que no habrá un cambio con el paso de los años: la Iglesia no puede quedarse cruzada de brazos esperando que estas generaciones vuelvan a las parroquias cuando envejezcan.

A partir de los nacidos en 1981 no hay diferencias entre la religiosidad de hombres y mujeres

“Nos encontramos frente a una cuestión generacional, no de edad”, secunda Matteo, quien advierte de que el alto nivel de increencia de las jóvenes que hoy tienen 20, 30 y 40 años amenaza el sistema de transmisión de la fe que tan buen resultado le había dado a la comunidad cristiana. “Es imaginable que cuando los hijos de las generaciones nacidas después de los años 70 sean padres darán una contribución ulterior a la secularización”, señalan los autores del estudio de Il Regno, Paolo Segatti, profesor de sociología en la Universidad de Milán, y Gianfranco Brunelli, director de esta revista.

El ensayo de Matteo se circunscribe a Italia, pero es extrapolable a otros países occidentales de raigambre católica, como escribe en La Civiltà Cattolica el jesuita GianPaolo Salvini. Lo corrobora el Pontificio Consejo para los Laicos, el organismo vaticano que se encarga, entre otras cosas, de promover esas fiestas multitudinarias de la fe que son las Jornadas Mundiales de la Juventud. La colombiana Ana Cristina Villa Betancourt, responsable de la sección mujer de este dicasterio, dice que la disminución de la religiosidad femenina existe “en todos los países afectados por la agresiva secularización contemporánea”.

“Lo constatamos en todos los contactos que tenemos con asociaciones, movimientos, conferencias episcopales…”, comenta. Añade a la tesis de Matteo dos consideraciones. La primera es que hay que preguntarse si vale la pena regresar a la situación anterior, en la que la práctica religiosa femenina era mayor a la de los varones. La segunda, que la secularización ha llevado de la mano una “cierta ideología feminista radical que tiende a sembrar mucha confusión entre las mujeres”.

“Hay una crisis que homologa a los muchachos y a las muchachas”

Son las católicas de mediana edad las más afectadas por esta ideología, corrobora Villa Betancourt. Más que por esta disminución, en el Pontificio Consejo para los Laicos se interesan por aquellas personas que muestran “un claro movimiento de contra tendencia, de contrastar la secularización con una firme y clara identidad católica”.

El cardenal Gianfranco Ravasi, presidente del Pontificio Consejo de la Cultura, se mostró de acuerdo con el fenómeno detallado en La fuga delle quarantenni en un artículo publicado en el diario Il Sole 24 Ore: “La ausencia y la desconfianza de las mujeres jóvenes representa un fenómeno que todos habían ya advertido en las dos o tres décadas pasadas (…) Hay una crisis que homologa a los muchachos y a las muchachas, que hace que sientan la Iglesia como remota, que hace rígida a sus ojos toda opción rigurosa de fe y de moral, que tiene una imagen dogmática y machista de la Iglesia”. Para Ravasi una comunidad eclesial sin chicas de veinte, treinta y cuarenta años es una comunidad “pobre”, pues precisamente el cristianismo ha contado siempre con ellas para transmitir la fe.

¿Cómo se ha llegado a esta situación? Básicamente por una cuestión de poder. “La fuga de las mujeres en torno a los cuarenta años de nuestras iglesias es una protesta silenciosa al silencio en que querría constreñirlas por naturaleza la Iglesia de los hombres”, sostiene Matteo. Los enormes cambios sociales vividos en las últimas décadas han hecho de la libertad individual “algo esencial” y son las mujeres quienes “mejor han interpretado este cambio”.

La encíclica Humanae Vitae (1968) marca la ruptura de la “alianza entre dos perdedores” que Lucetta Scaraffia, profesora de historia contemporánea en la Universidad La Sapienza de Roma y corresponsable del suplemento femenino de L’Osservatore Romano, dice que existió entre la Iglesia y las mujeres tras la Revolución Francesa. La condena de los métodos anticonceptivos realizada por Pablo VI (una opinión refrendada en el Magisterio de los Papas sucesivos), unida al poco espacio que las estructuras eclesiásticas brindan a las féminas, abrió las grietas por las que empezaron a escaparse las primeras cristianas. Cuarenta años después, el agujero no ha hecho sino agrandarse. La cercanía que en muchas ocasiones la jerarquía eclesiástica muestra con un poder político machista ha contribuído a aumentar la separación.

La vida religiosa tiene una “bomba de relojería” dentro de los conventos, advierten

La benedictina italiana Benedetta Zorzi, profesora de teología del Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Ancona (Italia), asegura que el sistema de organización de la Iglesia “hace aguas”. “Hay que plantearse si la estructura piramidal eclesial sigue funcionando”, dice, lo que no implica que el cristianismo no sea válido para las jóvenes de hoy. “El mensaje de Cristo es liberador para la mujer. Hay que escucharlo con menos ideologización, con un marco cultural no tan occcidental. El mensaje cristiano valora a las mujeres. Nuestra fe cuenta con instrumentos para que tengamos una situación óptima; somos nosotros los que lo impedimos organizándonos así”, asegura Zorzi. “Este problema se ve mucho en el ámbito monástico. Vemos que las estructuras pensadas para personas de hace 50 años ya no funcionan con las jóvenes de hoy”.

La falta de actualización de esas estructuras ha hecho que la vida religiosa tenga una “bomba de relojería” dentro de los conventos. La advertencia la lanza la canadiense Valentina Napolitano, profesora de antropología en la Universidad de Toronto, para quien el hecho de que las nuevas vocaciones surjan mayoritariamente en América Latina y en África puede suponer un riesgo.

“Muchas veces a las religiosas jóvenes de esas partes del mundo se les pide que cuiden de las hermanas ancianas en los conventos de Europa”, comenta, señalando que esta suerte de “devolución de la evangelización” sigue las dinámicas sociológicas de las migraciones laborales contemporáneas. “Muchas órdenes religiosas femeninas tienen que usar su sangre nueva para mantener a su población anciana”, dice Napolitano.

“Las monjas en muchas ocasiones son relegadas a hacer labores secundarias”

Carmen Aparicio Valls, profesora de teología en la Pontificia Universidad Gregoriana, observa que “si las jóvenes se tienen que dedicar a cuidar a las mayores se va perdiendo la realización de la misión que ese grupo tiene”. Aunque esa dedicación se lleve a cabo con “una enorme caridad y fraternidad”, hace “imposible” que surjan otras vocaciones. “Es una cadena de la que es muy difícil salir”, sostiene Aparicio Valls, para quien no hay “una sola causa” que explique la falta de vocaciones religiosas en Occidente.

“Cuando era pequeño recuerdo que las monjas estaban muy presentes en tu vida, te las encontrabas en muchos sitios. Eran así una referencia para todos. Ahora no ocurre lo mismo. Es una pena, porque las religiosas hoy están preparadísimas, tienen la posibilidad de dar una contribución a la Iglesia muy grande, pero en muchas ocasiones son relegadas a hacer labores secundarias”, dice Matteo.

Por su parte, la profesora de la Gregoriana recuerda que en la historia de la Iglesia ha habido siempre congregaciones que nacían y morían, por lo que no hay que angustiarse en exceso por lo que ocurre hoy. Ante la gran “diversificación de carismas” actual, que tal vez resulte “excesiva”, propone la unión de grupos similares, lo que permitiría aunar fuerzas. Matteo es de la misma opinión: “Hay que hacer una reflexión sobre la vida religiosa para ayudar a que surjan confederaciones. Las congregaciones de vida activa están en riesgo de desaparecer yendo cada una por su parte”. “En cualquier caso, creo que hay que seguir rezando para que haya vocaciones y ayudar a los jóvenes a que descubran esta llamada del Señor”, añade la teóloga española.

La posible evolución de la Iglesia para dar más espacio a las mujeres puede verse amenazada por los varones que, reacios a los cambios en la sociedad, encuentran en ella un refugio de la cultura patriarcal. “Para muchos hombres jóvenes puede ser el último baluarte de una identidad ya pasada. Para las chicas de esta edad, sin embargo, resulta más difícil entender algunas cosas de la estructura de la Iglesia”, comenta Zorzi.

Aparicio Valls también ha advertido ese peligro. Durante su larga experiencia docente ha conocido a una mayoría de seminaristas y jóvenes sacerdotes “estupendos” y con una “vocación muy fuerte”, pero también a unos pocos “con tendencia al fundamentalismo”. “Esto me preocupa. Buscan seguridades en los signos externos y en la forma de comportarse. Como mostraba un reciente documento sobre los seminarios, hay en ellos personas que tienen dificultades para relacionarse con sus coetáneos, que son excesivamente autoritarias. De ahí viene el clericalismo posterior”, dice.

“En los seminarios hay personas con dificultades para relacionarse, excesivamente autoritarias”

La teóloga de la Gregoriana cree que durante las últimas décadas se han dado pasos en la buena dirección. Cita su propia experiencia, que “no es de exclusión”. “He trabajado en el Pontificio Consejo para los Laicos y en una universidad pontificia, donde hace unos años las mujeres ni siquiera podían estudiar teología. Se van produciendo signos en ámbitos donde se elaboran pensamientos. No lo veo como una toma de posesión de un poder”.

En su opinión, no se pueden establecer cuotas femeninas en los órganos de decisión eclesiales, aunque sería una buena idea que se desarrollasen más ámbitos de participación como los consejos diocesanos. “No es sólo la cuestión del lugar que ocupa la mujer, sino de cómo participa. Para que sea real, tiene que ir acompañada de un cambio de mentalidad en el hombre, con el fin de que considere a la mujer una igual. Además, ésta necesita lanzarse más a participar”.

A diferencia de lo que proponen otras pensadoras, a Aparicio Valls no le parece útil celebrar un sínodo sobre la cuestión femenina en la Iglesia. “Si este sínodo no fuese acompañado de un debate sobre el hombre y tratase a la mujer de forma aislada, sería sólo un documento más”. En la misma línea se muestra Villa Betancourt, quien considera que el sínodo sólo sería interesante si tratase la posición de ambos sexos en la sociedad y en la Iglesia: “Es en la recíproca complementariedad cuando emergen adecuadamente las características del genio femenino y también del genio masculino”. Matteo, por su parte, opina que sería óptimo hablar sobre estas cuestiones, pero repensando al mismo tiempo “la propia organización de la Iglesia”.

¿Mujeres sacerdotes?

Cuando se trata la situación de la mujer en la Iglesia es inevitable que se abra el debate sobre la ordenación sacerdotal femenina. “A veces preferimos hablar de cosas difíciles como ésta, que Juan Pablo II y Benedicto XVI declararon como sustancialmente cerrada desde el punto de vista dogmático, en lugar de plantearnos que, por ejemplo, el responsable la catequesis de una diócesis puede ser una mujer. Lo mismo ocurre en muchos otros puestos de responsabilidad, para los que no hace falta ser sacerdote ni obispo”, dice el autor de La fuga delle quarantenni, para quien la cuestión de la ordenación sacerdotal femenina se utiliza a veces como “coartada” para no hablar de la mujer desde otras perspectivas.

Zorzi considera que detrás de este estéril debate está una concepción equivocada del sacerdocio, “como si fuera éste el único papel que puede desarrollarse en la Iglesia”. “Si seguimos viendo a los sacerdotes como un poder frente al que se excluye al resto es que tenemos un problema grande que debería haberse superado tras el Concilio Vaticano II”, opina Matteo.

Napolitano, por su parte, identifica una cuestión soterrada en el debate sobre el sacerdocio femenino: “Hay una discusión sobre la forma de gobierno, la transparencia y la distribución de los recursos y del trabajo dentro de la Iglesia”. Se trata, en su opinión, de un cambio que iría mucho más allá del valor simbólico de ver a una mujer celebrando la Eucaristía y que llevaría de la mano una transformación importante en la estructura de la Iglesia. Una estructura que a veces parece olvidar que fueron mujeres las primeras que recibieron el anuncio de la muerte y la resurrección de Jesús.

Ocho ideas para seducir a una mujer

Mujeres en la basílica de Asís (Italia) |   © Darío Menor
Mujeres en la basílica de Asís (Italia) | © Darío Menor

Armando Matteo, autor de La fuga delle quarantenni, y los otros expertos consultados para este reportaje ofrecen ocho propuestas para lograr que se invierta la tendencia y las mujeres jóvenes de los países occidentales vuelvan a interesarse por la religión. “Esta es una crisis de fe, pero en la raíz hay una crisis de una cierta forma de decir y hacer Iglesia”, advierte Matteo.

1.-Reequilibrar la imagen pública de la Iglesia, para que deje de estar tan asociada con rostros masculinos. “Es urgente crear espacios para las mujeres en los niveles más altos de la administración del gobierno de la Iglesia, en particular en todos aquellos no ligados al ministerio sacerdotal”, propone Matteo, para quien la reducción de las vocaciones religiosas femeninas ha hecho que la representación oficial eclesiástica quede en manos sólo del clero y del episcopado.

2.-Trabajar por una efectiva corresponsabilidad de los laicos. Para ello habría que crear espacios en los que los seglares puedan comunicar sus experiencias, necesidades, inquietudes y propuestas sobre la situación de la Iglesia y del mundo. Esta idea ya fue lanzada por el episcopado italiano en 2006, pero no se ha llevado a la práctica.

3.-Pensar en las expectativas y necesidades de las mujeres de cuarenta años. Las mujeres de hoy son como las navajas suizas, unas multiusos a las que se les exige el máximo en todos los ámbitos de su vida. Trabajan fuera de casa, cuidan a los niños y a los ancianos, sacan adelante las tareas domésticas y hacen felices a sus maridos. Esta ajetreada vida hace difícil compaginar los horarios de las actividades parroquiales y de las propias misas. “¿Por qué no se ofrece un servicio de guardería en las parroquias y se hacen sesiones de oración durante las pausas para comer?”, propone Matteo.

4.-Sacar a los hombres de su narcisismo herido. La emancipación de la mujer ha tenido un efecto innegable en la concepción que los hombres tienen de sí mismos y del lugar que ocupan en la sociedad. Ante este escenario hay que construir un imaginario compartido de la identidad masculina y femenina que supere la “muerte del padre” de la que hablan los expertos.

5.-Afrontar la batalla por la “buena vida” de la persona. La Iglesia tiene mucho que decir sobre dos de los males de la cultura contemporánea: la “dictadura de la juventud” y el “terrorismo de la belleza”. Hacen daño a todos, pero especialmente a las mujeres. “En el deseable cambio contra las lógicas machistas del poder y contra la utilización del cuerpo femenino como un objeto, el Evangelio y la tradición cristiana tienen mucho que decir”, propugna Matteo.

6.-Desplegar una pasión educativa que permita afrontar los desafíos actuales. El jesuita GianPaolo Salvini recuerda que son las mujeres quienes sostienen la educación de los jóvenes, por lo que afrontando de forma correcta y novedosa la cuestión femenina, se proyecta de forma positiva el futuro de la propia Iglesia.

7.-Aplicar profundamente la misericordia para construir una relación nueva con la persona. La Iglesia no puede limitarse a aplicar sus normas sin transmitir su sentido, advierte Carmen Aparicio Valls. En temas como la familia, debe seguir presentando cuál es su modelo y cuáles son sus valores, pero al acercarse a la persona ha de ayudar y acompañar. En la relación personal no puede aparecer sólo el elemento de juicio. “Si todos entendiésemos más qué es la misericordia, tendríamos más capacidad para ayudar a las personas a vivir su dimensión religiosa”.

8.-Más flexibilidad y creatividad en el gobierno de la Iglesia. Valentina Napolitano propone estructuras más ágiles para ser capaces de ofrecer una respuesta rápida a los cambios sociales. Hay que promover formas de “trabajo social en red”, una “pedagogía católica de servicio” y espacios de “reflexión mística” dentro y fuera de las parroquias para interesar a las mujeres y conseguir que las alejadas vuelvan a la Iglesia.

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