Otra vez Oslo

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 8 Sep 2013

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A Israel le encantan los aniversarios. Los medios de comunicación se llenan de recuerdos y publicaciones acerca del suceso que se está conmemorando. Testigos presenciales cuentan sus historias por enésima vez, viejas fotos inundan las páginas y las pantallas de televisión.

En los próximos días, nos encontraremos con dos fechas importantes para el recuerdo. Es verdad que la guerra de Yom Kippur no estalló hasta octubre de 1973, pero ya está llenando los periódicos y los programas de televisión.

Los Acuerdos de Oslo se firmaron el 13 de septiembre de 1993. Apenas se los menciona. Han sido casi eliminados de la memoria nacional.

¿Oslo? ¿En Noruega? ¿Es que pasó algo allí? ¿A mí me lo dices?

De hecho, para mí la fecha histórica es el 10 de septiembre. Ese día, Yitzhak Rabin y Yasser Arafat intercambiaron cartas de reconocimiento mutuo.

Uno de los logros históricos de Oslo es que hoy día nadie comprende su enorme importancia

El Estado de Israel reconocía a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) como representante del pueblo palestino y la OLP reconocía la existencia del Estado de Israel.

Uno de los logros históricos de Oslo es que hoy día nadie pueda comprender la enorme importancia de este reconocimiento.

Oficialmente el objetivo del movimiento sionista era establecer una patria para el pueblo judío en Palestina. De forma extraoficial, se pretendía convertir a toda Palestina en un Estado judío. Puesto que Palestina ya estaba habitada por otro pueblo, la existencia de este pueblo como nación tenía que ser negada. Puesto que el movimiento sionista se veía a sí mismo como una empresa idealista y con altos valores morales, esta negación constituía un dogma básico de su credo. Una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. Golda Meir afirmó, como todos sabemos, que “no existía un pueblo palestino”. Yo mismo he pasado cientos, quizás miles de horas de mi vida intentando convencer a los israelíes que me escuchaban de que realmente existe una nación palestina.

Y he aquí que el primer ministro de Israel firmaba un documento que reconocía la existencia del pueblo palestino, demoliendo un pilar fundamental del sionismo después de casi un siglo.

La declaración de Yasser Arafat no era menos revolucionaria. Que el estado sionista era hijo ilegítimo del imperialismo occidental era una verdad fundamental para todo palestino. Palestina era una tierra árabe, habitada por árabes desde hacía siglos, hasta que un grupo de colonos extranjeros la había tomado por la fuerza valiéndose de artimañas, expulsando a la mitad de su población y aterrorizando a la otra media.

 Firmado Oslo, la situación de los palestinos en los territorios ocupados se volvió mucho peor

¡Y he aquí que el fundador y líder de la Organización para la Liberación de Palestina aceptaba a Israel como un Estado legítimo!

Uno no se puede retractar de un reconocimiento como este. Es un hecho en la mente de miles de israelíes y palestinos, y en el mundo entero. Esta fue la transformación esencial que se forjó en Oslo.

Para la mayor parte de los israelíes Oslo está muerto. Su argumento es muy simple: firmamos un acuerdo generoso. Y “los árabes” lo rompieron, como hacen siempre. Hicimos todo lo posible por la paz, dejamos que el retorcido de Arafat volviera al país, incluso armamos a sus fuerzas de seguridad, ¿y qué conseguimos? No fue la paz. Sino ataques terroristas. Hombres bomba.

¿Moraleja? Los árabes no quieren la paz. Quieren arrojarnos al mar. Como sucintamente apuntó Yitzhak Shamir: “Los árabes siguen siendo los mismos árabes y el mar sigue siendo el mismo mar”.

Por supuesto, para muchos palestinos la moraleja es la contraria. Los Acuerdos de Oslo fueron un malicioso truco sionista para continuar con la ocupación en otros términos. De hecho, la situación de los palestinos en los territorios ocupados se volvió mucho peor. Antes de Oslo, los palestinos podían moverse libremente por todo el país, desde el mar Mediterráneo al rio Jordán, desde Nablus a Gaza, desde Haifa a Jericó, desde cualquier parte a Jerusalén. Tras Oslo, esto se volvió imposible.

Así que ¿cuál es la verdad? ¿Está Oslo muerto?

Por supuesto que no.

La creación más importante de los Acuerdos de Oslo, la Autoridad palestina, está muy viva, aunque no esté coleando.

Puede pensarse de ella lo que se quiera, ya sea malo o bueno, pero no puede negarse que sigue ahí. Está reconocida por la comunidad internacional como un Estado en ciernes y atrae donaciones y capital. Es la encarnación visible del espíritu nacional palestino.

A pesar de la omnipresente opresión del régimen de ocupación militar, tanto en Cisjordania como en la franja de Gaza hay una sociedad palestina autónoma, dinámica y vital, que goza de un gran apoyo internacional.
Por otro lado, la paz parece muy muy lejana.

Inmediatamente después de la firma del acuerdo (llamado la “Declaración de principios”) en la Casa Blanca, convocamos un gran encuentro en Tel Aviv para que los movimientos a favor de la paz discutieran sus reivindicaciones.

Nadie se hacía ilusiones. Era un mal acuerdo. Como dijo Arafat: “El mejor acuerdo posible en la peor de las situaciones”. No un acuerdo entre iguales, sino entre una fuerte potencia militar y un pequeño pueblo ocupado, casi indefenso.

Oslo era un acuerdo provisional, pero su fallo principal es que no decía qué vendría después

Algunos de nosotros propusieron condenar el acuerdo en el acto. Otros, entre los que me incluyo, sugerimos aceptarlo con reservas. “Los párrafos son lo menos importante” dije, “lo fundamental es que se ha puesto en marcha la dinámica de la paz”. Hoy día no estoy seguro de si tenía razón, pero tampoco sé si estaba equivocado. Todavía no hay veredicto.

El principal fallo del acuerdo era que su objetivo final no se había enunciado. Mientras que para los palestinos, y muchos israelíes, era obvio que el objetivo del acuerdo era pavimentar el camino hacia la paz entre el Estado de Israel y un Estado palestino en ciernes, para los líderes israelíes esto no estaba claro en absoluto.

Se trataba de un acuerdo provisional, pero ¿qué vendría después? Si se quiere ir desde Berlín a París, las estaciones intermedias son muy distintas de las que uno se encuentra si va desde Berlín a Moscú.

Sin un acuerdo acerca del destino final, era obligado discutir sobre cada estación intermedia del camino. El sentimiento de reconciliación pronto se convirtió en desconfianza por ambas partes. Se echó a perder ya desde el principio.

Podría compararse a Rabin con un general que ha conseguido romper las líneas enemigas. Un general en esa situación no debería pararse a deliberar. Debería correr hacia delante y echar el resto en el ataque. Pero Rabin se paró y permitió que las fuerzas de la oposición en Israel se reunieran, se reagruparan y lanzaran un fatal contraataque.

Rabin tuvo miedo de su propio valor: en vez de correr hacia delante, regateó todo

Rabin no era revolucionario por naturaleza. Al contrario, era bastante conservador, un militar con poca imaginación. Por pura lógica había llegado a la conclusión de que lo mejor para Israel era lograr la paz con los palestinos (una conclusión a la que yo había llegado 44 años antes, recorriendo el mismo camino). A los 70 cambió completamente su punto de vista. Esto merece un respeto.

Pero una vez allí, dudó. Como dicen los alemanes, tuvo miedo de su propio valor. En vez de correr hacia delante, regateó minuciosamente cada punto, mientras era presa de una intensa campaña de desprestigio por parte de la extrema derecha. Lo pago con su vida.

Así que ¿quién rompió primero el acuerdo? Yo le echaría la culpa a mi propio bando.

Fue Rabin quien proclamó que “no había fechas inamovibles” (A lo cual respondí “ojalá pudiera convencer de ello al director de mi banco”). Incumplir una fecha fijada en un contrato significa incumplir el contrato. No se prestó atención a las fechas para iniciar seriamente las negociaciones de paz y por supuesto tampoco se tuvo en cuenta la fecha fijada para su consecución: 1999. Por entonces, ya nadie pensaba en Oslo.

Otra violación catastrófica fue la imposibilidad de fijar “los cuatro pasos seguros” entre Cisjordania y la franja de Gaza. Al principio se instalaron señales de tráfico que indicaban el camino a Gaza en la carretera de Jericó a Jerusalén, pero nunca se llegó a abrir ningún paso.

Las consecuencias de todo esto se hicieron visibles mucho más tarde, cuando Hamas se hizo con el poder en la aislada franja de Gaza, mientras que Fatah se quedaba con Cisjordania. La mejor expresión del divide et impera, (o la peor).

Quienes diseñaron el mapa de Cisjordania tras Oslo, con zonas A, B y C, no tenían la paz como objetivo

En los acuerdos que siguieron a Oslo, la Cisjordania ocupada se dividió temporalmente en zonas A, B y C. La zona C quedaría completamente bajo control israelí. Pronto se puso de manifiesto que los estrategas militares israelíes habían trazado el mapa cuidadosamente: el área C incluía todas las carreteras principales y los lugares reservados para convertirse en asentamientos israelíes.

Los que se ocuparon de idear todo esto, no tenían la paz como objetivo.

Pero no podemos limitarnos a un solo bando. En la época de Oslo los ataques violentos de palestinos a israelíes no cesaron. Arafat no los inició pero tampoco se desvivió por impedirlos. Probablemente pensó que empujarían a los israelíes a seguir adelante con los acuerdos. Tuvieron el efecto contrario.

Los asesinatos de Rabin y Arafat acabaron con Oslo a todos los efectos. Pero la realidad no ha cambiado.

Las reflexiones que a finales de 1973 llevaron a Arafat a decidir que debía negociar con Israel y las que en 1993 llevaron a Rabin a tratar con los palestinos, no han cambiado.

Hay dos naciones en este país y tienen que decidir: vivir juntas o morir juntas. Espero que elijan la vida.
Algún día, en Tel Aviv y Ramala le pondrán el nombre de estos acuerdos a alguna plaza. Y también en Oslo, por supuesto.

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