Los millonarios no tienen crisis

Publicado por

Ethel Bonet

@Qarnabit

Periodista (Alicante, 1975). Vive en Beirut.

Publicado el 11 Oct 2013

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Alice y Roger Edde, magnates (Beirut, 2013) |   ©  Ethel Bonet
Alice y Roger Edde, magnates (Beirut, 2013) | © Ethel Bonet

Emil Khori aparece con un elegante Porche Cayanne negro. Vamos a cenar con dos amigas libanesas suyas, que están de visita, a “The Luxe”, uno de los nuevos restaurantes de moda, en el puerto deportivo de Beirut.

Tania Ahal, que vive en Londres, luce un fabuloso brazalete de diamantes negros, un joya exclusiva del diseñador libanés, afincado en Nueva York, Karma El Khalil.

Tomamos todo tipo de delicatesen, tres botellas de vino blanco Chardonnay francés, varios Martini y un Havana Club Añejo 7 años “on the rocks”. Como buen caballero pagó la cena con su American Express.

Khori, cristiano maronita de 40 años, es el dueño de una distribuidora de libros extranjeros que vende a multinacionales como Virgin en diez países árabes. A este empresario no le afecta demasiado la crisis siria, ya que las ventas en el Líbano solo representan el 10% de su ganancias. Este empresario cristiano vive en un apartamento de lujo en Zuqaq al Blad, a 20 metros del Gran Serrallo, el palacio del primer ministro libanés.

“Líbano que es el rey tuerto en el reino de los ciegos”

“Decimos del Líbano que es el rey tuerto en el reino de los ciegos. El país sobrevive gracias a las divisas extranjeras que envían los libaneses expatriados en todo el mundo, por eso la lira libanesa no se devalúa y se mantiene siempre el cambio de 1.500 LL por 1 dólar estadounidense”, indica Khori.

Este cristiano no se muestra demasiado preocupado por las consecuencias en el Líbano si hubiera una intervención en la vecina Siria. Él cree que Hizbulá “no puede atacar ahora a Israel”. La milicia chií libanesa “es consciente de que si lo provoca, esta vez, será su fin. Israel no va a permitir que se repita la guerra del 2006”, anhela Khori, que no oculta su odio hacia el movimiento de resistencia armada islamista.

A sus 31 años Rania Abu Mosleh es propietaria de un lujosa vivienda en Sofil, -valorada en más de un millón de Euros-, en el barrio burgués de Ashrafiyeh, y directora general de AMB (Assessement ang Managment Bureau), una empresa de servicios de consultoría e inversiones. La mayoría de sus inversores son de los países del Golfo pero también hace consultorías para europeos y estadounidenses. Su aspecto es desenfadado, top negro y vaqueros ajustados de marca, pero el anillo que luce de oro blanco macizo con un rosetón de diamantes incrustados, y pendientes de aro a juego, marcan la diferencia.

Los principales inversores son qataríes o saudíes

Esta empresaria reconoce que en el último año las inversiones en el Líbano han caído, debido a la crisis en Siria. “Los principales inversores son qataríes o saudíes. Pero están tan metidos en financiar la revolución siria que a penas están invirtiendo en nuevos proyectos en el Líbano. También nuestros socios de la Unión Europea y EEUU han congelado algunos proyectos debido a la inestabilidad de la zona”, sostiene la empresaria.

Rania ve a los refugiados sirios como un problema para el Líbano. “Cuando paso por delante de un grupo de sirios sentados en la calle, sin hacer nada, y me observan, me siento incómoda. Es muy diferente con los vienen al Four Season de Rauche (la playa de Beirut) o van a restaurantes como el Balthazar, (en el centro de Beirut)”, expone con un cierto tono racista.

Por el momento, Rania se siente segura en su país, pero “siempre hay que tener un plan B”, -comenta- que consistiría en marcharse por un tiempo a Doha, donde su familia tiene propiedades y varias cuentas bancarias. “En un principio nos subiríamos a la villa que tenemos en el valle de Alley, o a la casa de las montañas de Farafra”, explica antes de concretar que “en el caso de un ataque con armas químicas nos macharíamos del país”.

Sus dos hermanos tienen pasaporte estadounidense, así que para ellos sería más fácil ir a Occidente. En su caso y el de sus padres irían a Qatar por un tiempo. “Aunque es un país que no nos gusta porque la gente es muy conservadora”, indica.

Su padre disfruta de una jubilación de oro, con la fortuna que ganó como gerente regional del gigante petrolero Chevron.

Como libanesa que pertenece a la minoría drusa, Rania se siente al margen de las disputas entre musulmanes suníes y chiíes. Y su comunidad no tiene problemas con los cristianos. “La verdad es que intento estar apartada de la política. No suelo leer la prensa regional, solo me interesan las noticias de economía”, asiente.

Ya hubiera deseado el último rey fenicio de Biblos (en el norte de costa libanesa), amasar una fortuna como la de Rober Edde. Este multimillonario, dueño de una cadena de hoteles de lujo, restaurantes, el mayor estudio de arquitectura y diseño del Líbano, se considera el heredero “ilegítimo” de lo que fue aquella civilización asentada en el Mediterráneo libanés. Edde es el nombre que recibió la fortaleza que resistió a la invasión de los mamelucos y ahora, el nombre del pueblo, propiedad de Roger. Edde es además el presidente de la formación política, El partido de la Paz, dentro de la coalición del 14 de Marzo, que está en contra del régimen sirio.

El magnate entra con su mujer a su restaurante el Café Edde, donde nos ha citado. Trajeado con corbata y chaqueta, y ella luciendo una pamela y un vestido amarillo, saludan afablemente a los empleados y Edde entrega su pistola automática a un camarero. No necesita protección dentro de su feudo.

El magnate entra al restaurante de su propiedad y entrega la pistola automática a un camarero

“Mi país vive bajo la misericordia del Partido de Dios (Hizbulá)”, denuncia el multimillonario cristiano. “El control político de Hizbulá ha provocado que los ingresos hayan caído el 20% y el 60, en el turismo en El Líbano”, asegura Edde, antes de detallar que “desde hace dos veranos no han vendido nuestros mejores clientes saudíes al Edde Sands”.

Muchos libaneses temen por la respuesta de la milicia chií, subordinado de Irán, frente a un eventual ataque de Occidente en Siria. La posibilidad de que Hizbulá vaya a dispar cohetes en Israel llevaría de nuevo al Líbano a una guerra como la del verano de 2006. Durante aquel verano, en el que las fuerzas israelíes bombardearon contra objetivos chiíes en el sur y los suburbios de Beirut, la clase alta se refugió en Brumana, en el monte Líbano, en el “Palace Printania”, un resort de lujo, alejado de las bombas en la capital.

“Allí estábamos como si no pasara nada. Al margen de la guerra. Disfrutando de las fiestas nocturnas, karaoke, y aperitivos en la piscina”, explica una libanesa, que prefiere no dar su nombre. “Lo más increíble era que, cuando nosotros estábamos tomando cócteles en la piscina, cientos de libaneses murieron por los ataques de la aviación israelí”, comenta con cierto sentimiento de culpabilidad.

La ex Suiza de Oriente

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La llamaban la Suiza de Oriente, país de bancos, negocios, lujos y resortes de esquí en las montañas (aparte de playas). La guerra civil (1975-1990) dejó la imagen del país duramente golpeada, pero no destruyó la estructura mercantil y financiera. Los magnates libaneses siguen atrayendo inversiones de toda la región árabe, y más ahora cuando en los países vecinos – Siria, Iraq, Egipto -, el futuro parece cada vez más frágil. Las reservas de divisas de Líbano son enormes en comparación con otros países: un 80% del Producto Interior Bruto, cuando Egipto no llega al 7%.

Los flujos de dinero hacia Líbano hacen que el país tenga una de las rentas per cápita más altas de la zona (fuera de los emiratos petroleros), duplicando la de Jordania, y acercándose a la de Turquía. Pero no hay datos sobre la desigualdad entre las capas sociales. Pese a sus hoteles de lujo, sus coches caros y su intensa vida nocturna, en Líbano también hay pobres. Eso sí, la clase más baja del proletariado la forman, desde hace décadas, los inmigrantes. Sobre todo sirios.

I. U. Topper

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