Epidemia de violencia sexual

Publicado por

Nuria Tesón

Publicado el 21 Oct 2013

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Mujeres en El Cairo (2013) |  ©  Imane Rachidi / M'Sur
Mujeres en El Cairo (2013) | © Imane Rachidi / M’Sur

“Eh, tía buena, eres como la miel, como la nata… dulzura, déjame que te coma. Ven aquí, mira lo que te voy a hacer…”

“Las mujeres a veces provocan que las violen poniéndose a sí mismas en situaciones en las que pueden ser violadas. […] Si una mujer se une a las protestas entre un grupo de matones y vagabundos debería protegerse a sí misma en lugar de pedir al ministerio del Interior que la proteja”.

“No queríamos que dijeran que habían sido asaltadas sexualmente o violadas, queríamos demostrar que no eran vírgenes desde el principio. […] Ninguna de ellas lo era. […] Las chicas que fueron detenidas [y sometidas al test de virginidad] no eran como su hija o la mía. Eran las chicas que habían acampado en tiendas de campaña con los hombres que se manifestaron en la plaza de Tahrir”.

 “No pasa un día sin que sufra acoso, si no es físico es verbal. Con palabras horribles”

La libertad de las mujeres en Egipto está en peligro de extinción y en estas tres citas se resume el por qué. A finales de 2013, casi 3 años después de la revolución de Tahrir, la violencia sexual se extiende ramificándose hasta atenazar de pies y manos a las hijas de Eva, un virus que se extiende en todos los estamentos sociales cosificándolas y haciendo lo imposible por apartarlas de la esfera pública. La primera de ellas está escogida al azar; una de tantas de las que cualquier mujer oye a diario en el país del Nilo. Varias veces. Por ejemplo, Salma: “No pasa un día sin que sufra acoso, si no es físico es verbal. Con palabras horribles. Y a mí las palabras me afectan, mucho”. “Con velo, sin velo, munaqaba [vistiendo el velo integral que solo deja ver los ojos], extranjera y no extranjera: nadie escapa al acoso”, concluye esta periodista de pelo encrespado y mirada segura mientras recorre con los ojos a las chicas que caminan a su alrededor por el centro de El Cairo.

Machismo en el Parlamento

Pero el machismo no se limita a los ambientes de calle. La segunda cita es una declaración realizada en febrero por Adel Afifi, miembro del Senado egipcio, el Consejo de la Shura (ahora disuelto). Afifi pertenece a un partido salafista minoritario, Asala, pero otros dos miembros de la Shura pronunciaron opiniones casi literalmente iguales. Uno pertenece al partido salafista Nur, el otro a Libertad y Justicia, la formación de los Hermanos Musulmanes a la que pertenecía Mohamed Morsi, entonces presidente del país.

Esta aseveración respondía a los casos de violaciones que se produjeron durante las manifestaciones contra Morsi, que se sucedieron a lo largo de su año de mandato, al que puso fin el pasado 3 de julio un golpe de Estado militar apoyado por millones de personas en las calles.

En aquellos días de finales de 2012 y principios de 2013, muchas mujeres se unían a las protestas intentando no solo recuperar su derecho a formar parte de la revolución, sino su derecho de compartir el espacio público en igualdad. Con los Hermanos en el poder y con Morsi, uno de los miembros de la cúpula de la Hermandad, convertido en presidente, el logro conseguido en Tahrir de poder manifestarse junto a los hombres se había desvanecido de nuevo.

Las violaciones masivas durante las protestas se convirtieron en la norma. Cada vez que había manifestaciones hordas de chavales acorralaban a las chicas y las agredían sexualmente en distintos grados. Ellas volvían cada día para reivindicar su derecho a estar allí, poder llamar suya la calle.

Es lo que hizo Julut El Sayed, una abogada de 26 años que trabaja en una organización de derechos humanos. Cuando estaba en una de esas protestas, precisamente contra la violencia sexual sufrida por muchas de ellas en jornadas previas, vio cómo se llevaban a una chica que estaba cerca; intento acercarse para arrancarla de entre las manos que la toqueteaban y cuando se dio cuenta se vio arrastrada por ellos: “Me quitaron el velo y toda la ropa entre unos quince chicos hasta que uno vino a abrazarme y a sacarme de allí. Tuvo que arrastrarme”. “No tenía muchas marcas, sólo un moratón en el brazo, pero el dolor sicológico es lo que se queda”, apunta cubriéndose media sonrisa nerviosa.

Durante las manifestaciones que precedieron y siguieron a la caída de Morsi la situación no ha sido distinta. Acudir a una protesta en la plaza de Tahrir era garantía de acoso. Tanto, que más de 80 mujeres fueron asaltadas durante la celebración del derrocamiento del hermano musulmán, a pesar del esfuerzo de los grupos que luchan contra esas prácticas.

Acudir a una protesta en la plaza de Tahrir era garantía de acoso

“El incremento de los ataques sexuales en Tahrir pone de relieve como todos los partidos políticos y los gobiernos sucesivos han fallado a la hora de enfrentarse a la violencia que la mujer experimenta cada día en Egipto de modo rutinario”, señala Joe Stork, subdirector para Oriente Próximo de Human Rights Watch (HRW) . “Estos serios crímenes son los que están forzando a las mujeres a mantenerse alejadas de una plena participación en la vida pública en un momento crítico del desarrollo del país.

En uno de los casos documentado por HRW en los días que antecedieron a la caída de Morsi la mujer requirió cirugía tras ser violada con “un objeto afilado”, según detallan los voluntarios que la atendieron. Al menos una de ellas fue separada de su esposo, con el que había acudido a la plaza y retenida durante más de 5 horas durante las cuales fue sometida a vejaciones por un número indeterminado de hombres, según publicaron diferentes medios locales.

La tercera declaración mencionada al principio de este reportaje pertenece a un general del Ejército egipcio que habla bajo condición de anonimato de las mal llamadas pruebas de virginidad a la que fueron sometidas las manifestantes de Tahrir el 9 de marzo de 2011, un mes después de la caída de Hosni Mubarak. Entonces, al menos 18 mujeres fueron violadas al forzarlas a ser inspeccionadas por médicos militares para probar que no habían mantenido relaciones sexuales, pero antes se las había torturado, golpeándolas y electrocutándolas en el Museo de Antigüedades egipcio, donde la policía militar había instalado su feudo los días del alzamiento contra Mubarak y que se mantuvo meses después.

“Nos amenazaron con acusarnos de ser prostitutas para hacernos la ‘prueba de virginidad’ “

Una de aquellas mujeres fue Salwa Hosseiny: “Nos amenazaron con acusarnos de ser prostitutas”, afirma. “Me puse a gritar como una loca, estaba histérica, no quería que me tocaran. El médico se asustó, pero el oficial al mando le ordenó que hiciera su trabajo”, relata. Hosseiny fue amenazada para someterse a la inspección médica y aún rompe en sollozos cuando lo recuerda.

Además de la violencia sexual que durante las protestas han sufrido las mujeres en estos dos años y medio de revolución, las Fuerzas de la Seguridad Central que contienen – mejor dicho reprimen- dichas manifestaciones y la policía militar, han estado envueltas siempre en acusaciones de agresiones sexuales.

El caso más notorio fue el de la “mujer del sujetador azul”. En una imagen que dio la vuelta al mundo una manifestante es arrastrada por policías que le arrancan la ropa y el velo hasta dejarla en vaqueros mostrando un sujetador de color azul. Un símbolo que algunos artistas utilizaron para reivindicar la lucha y la defensa de las mujeres cubriendo la ciudad de grafitis con sostenes azules.

La foto mostró que la violencia contra las mujeres no era propiedad exclusiva de los islamistas. Viene de lejos. Ni Mubarak puso nunca coto al problema del acoso sexual, ni los militares movieron un dedo durante su regencia tras la caída del octogenario rais. Es más, una de las primera medidas que en 2011 acometieron los generales fue eliminar la cuota que garantizaba a las mujeres su espacio en el Parlamento.

Pero es cierto que la situación de las egipcias empeoró con la llegada al poder de los Hermanos Musulmanes. Tanto que algunas voces se alzan ya diciendo que las mujeres estaban mejor con el depuesto faraón Hosni Mubarak, cuya esposa, Suzanne, dedicó parte de su trabajo de primera dama a ocuparse de asuntos femeninos. Eso sí, siempre a través de una cohorte de señoras de alcurnia con poco o ningún contacto con las madres que amamantan a Egipto.

La violencia contra las mujeres, como una actitud habitual, cotidiana, imbuye toda la sociedad. Y se manifiesta no sólo en las protestas sino en cualquier aglomeración. Durante la Fiesta del Cordero, celebrada la semana pasada, los casos de agresión se dispararon. Este año se denunciaron al menos dos casos de agresión masiva, según el diario Al Masry al Youm: en uno, dos decenas de hombres agredieron de forma conjunta a siete chicas, en el otro, unos 20 se abalanzaron sobre dos jóvenes.

Las mujeres – y hombres – organizan grupos de ayuda antiacoso sexual en la calle

La mayor parte de este tipo de abusos se da en la puerta de los cines, porque hay colas y densidad de transeúntes, señala al mencionado diario un grupo de activistas antiacoso, que intervino ese día en otros 23 casos de agresiones sexuales en la calle y llevó a cabo una campaña de concienciación. Sólo una de las muchas iniciativas que están surgiendo para luchar contra esta lacra social.

Porque ya hay quien se organiza ante la violencia machista callejera. Existen grupos antiasalto como Tahrir Bodyguard o la iniciativa Operación anti acoso y asalto sexual (OpAntiSH, en sus siglas en inglés). Aunque sus esfuerzos no han conseguido aún poner fin al problema, ya son muchos los hombres y jóvenes que hacen suya esta lucha.

El acoso no es el único problema de las mujeres en la tierra de los faraones. La falta de acceso a la educación, los matrimonios tempranos, el maltrato en el hogar, la discriminación a la hora de participar en el proceso político… todo suma. Pero el constante peligro de sufrir agresiones reduce aún más la posibilidad de luchar por estos derechos.

Si la libertad de las mujeres está amenazada es por culpa de gobiernos que no legislan – el 95% de las mujeres encuestadas en un estudio reciente de ONU Mujeres pidió que se creen y apliquen leyes para castigar el acoso- y por culpa de unas fuerzas de seguridad que no cumplen su deber: el 50% no recibieron ayuda policial cuando denunciaron a su agresor, sumado a que el 16,9% de los agresores son policías. Y también por culpa de unos padres, hermanos, primos e hijos, que perpetúan esa práctica. En mayor o menor medida los agresores pertenecen a todos los estamentos sociales y profesiones y a todas las edades. El resultado: el 99’3% de las hijas de Eva sufre acoso a diario, según datos de ese mismo estudio. Queda un largo camino por recorrer.

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