«La extrema derecha europea es solo política, política de poca monta»

Claude Lanzmann

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 16 Nov 2013

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Claude Lanzmann (Sevilla, 2013)  | © Sergio Caro / SEFF
Claude Lanzmann (Sevilla, 2013) | © Sergio Caro / SEFF

Sevilla | Noviembre 2013

Claude Lanzmann (París, 1925) no es precisamente un entrevistado fácil. Sus estampidas y salidas de tono en ruedas de prensa y platós de televisión son casi tan legendarias como su figura. A sus 88 años su voluminoso cuerpo tal vez no le permite ya salir corriendo, pero tiene otras formas de evadirse de las preguntas de la prensa. Su elocuencia la reserva para el lenguaje cinematográfico, por ejemplo el de su último trabajo, El último de los injustos, de tan solo 218 minutos de metraje; muy lejos, en todo caso, de las casi diez horas de su indiscutible obra maestra, Shoah.

Aunque se proclama ateo, Lanzmann figura ya en la Historia del séptimo arte como el gran narrador del Holocausto, y no disimula su orgullo cuando se refiere a Shoah. “Cambió la mentalidad de la gente, hay un antes y un después de esa película. Tras su estreno se sucedieron miles de artículos, de libros…”, se jacta. Muy conectado con aquel hito está, de hecho, El último de los injustos, un documental en torno a Benjamin Murmelstein, último presidente del Consejo Judío del gueto de Theresienstadt –“la ciudad donada por Hitler a los judíos”, en la República Checa– y el único decano de los judíos –como los definían los nazis– que sobrevivió a la guerra. El director lo entrevistó exhaustivamente durante una semana en Roma, en el año 1975, pero ha tardado casi 40 años en culminar el proyecto de este filme.

“Antes de rodar Shoah estaba obsesionado con los consejos judíos”, recuerda el director

“Antes de rodar Shoah estaba obsesionado con los consejos judíos”, recuerda el director, que luce corbata a rayas de nudo ancho y el pin del Oso de Oro de Honor de la Berlinale en la solapa. “Tuve la oportunidad de grabar en Jerusalén al número dos del Consejo Judío de Kaunas (Lituania). Estaba muy enfermo, pero tenía que intentarlo. Su mujer me decía ‘no venga, está muy débil, no le sale la voz del cuerpo, lo va a matar usted con sus preguntas’, pero fui. Resultó muy difícil, rodábamos, parábamos, volvíamos media hora más tarde, era una tarea imposible… Murió dos días después de que nos marcháramos”.

Al mismo tiempo, Lanzmann había establecido contacto con Murmelstein, que vivía en Roma. “Le había escrito varias veces, pero no me hacía caso. Hasta que, a fuerza de insistir, terminó aceptando”, dice, omitiendo que fue su mujer de entonces, judía alemana, la que acabó por persuadirlo. Al final, fue una semana de conversaciones muy intensas, según recuerda, en la que tiró “kilómetros y kilómetros de película”. “Era un hombre fascinante, tremendamente inteligente, con muchísima cultura y un sentido del humor muy agudo, era muy fino en sus réplicas…”, enumera el cineasta, y de pronto el sonido de su móvil, unas frenéticas teclas de piano, lo desconcentran. “En ese momento no supe qué hacer con tanto material, reconozco que yo estaba bastante loco en ese momento”.

Murmelstein, que había sido rabino en Viena, se empeñó tras la anexión de Austria por parte de Alemania en 1938, en luchar contra Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS, ayudando a emigrar a más de 120.000 judíos durante siete años, y evitando la liquidación del gueto. En él encontró Lanzmann una figura “capital en el génesis y desarrollo de la Solución Final”.

En Murmelstein, Lanzmann encontró una figura “capital en el génesis y desarrollo de la Solución Final”

Aunque Murmelstein podría haber huido fácilmente, al disponer de un pasaporte diplomático de la Cruz Roja, prefirió mantenerse firme y sobrevivió al arresto y la prisión antes de exiliarse en la capital italiana. Cuentan que no llegó nunca a visitar Israel, aunque manifestó su ferviente deseo de hacerlo.

¿Por qué, teniendo todas aquellas grabaciones, demoró tanto Lanzmann en darle forma? “Dos años después de aquellas entrevistas empecé el rodaje de Shoah, que me llevó 12 años. Fue un trabajo agotador y peligroso, buscando nazis por todas partes, haciendo viajes a Polonia… Me absorbió tanto, que me olvidé de Murmelstein. Me dije que ya volvería sobre él más tarde”, recuerda. Sin embargo, no volvió. Lanzmann se convirtió en una celebridad internacional, famosa por sus desabridas entrevistas y aclamada por los cinéfilos.

“Fue mi amigo Raul Gilbert quien me animó a hablar con el Museo del Holocausto de Washington, argumentando que tal vez ellos tendrían la manera de salvaguardar todo el material”, prosigue el director. Llegamos a un acuerdo, pero les dije que no tenían derecho a hacer películas con aquellas grabaciones. No lo respetaron al cien por cien. Un día me invitaron a Viena, donde iban a proyectar parte de lo rodado, y ahí reaccioné con furia. Me dio la sensación de que me habían robado, violado, raptado algo… No me gustó y decidí hacer mi propia película”.

Ahora se siente “harto” de que le pregunten por qué no incluyó parte de aquel material alrededor de Murmelstein en Shoah, y acto seguido se extiende durante diez morosos minutos en desarrollar la respuesta: “Shoah es una película épica, con una tensión permanente, y el tono de lo que sería El último de los injustos era incompatible con el filme. Además, hay que entender que construí Shoah sin una sola palabra de comentario, nada que explique una cosa u otra, porque la película genera su propia inteligibilidad. Además, si hubiera querido integrar a Murmelstein el resultado habría durado por lo menos quince horas, y eso es claramente demasiado. Ya las nueve horas y media de Shoah son el límite absoluto, una locura. Pero quince sería como no hacerlo…”, suspira.

Fue el propio Murmelstein quien le brindó el título del filme aludiendo a la conocida obra de André Schwarz-Bart El último de los justos, además de ofrecerle un testimonio de primera mano sobre aquellos decanos que tuvieron trágicos finales –suicidios, deportaciones, asesinatos–, así como sobre la tremenda experiencia de Theresienstadt.

 “Scholem es un gran erudito, pero caprichoso cuando se trata de ahorcar a alguien”

Por otra parte, sobre la dureza con que un Gershom Scholem, a la sazón padrino de boda de Lanzmann, juzgó a Murmelstein hasta el extremo de afirmar que “debería haber sido colgado”, recuerda una frase del propio decano: “Es un gran erudito, pero caprichoso cuando se trata de ahorcar a alguien”. Y sobre Hannah Arendt, que también criticó al protagonista del filme, responde que “Einchmann era lo contrario a esa idea de banalidad del mal” que al cabo no es “más que la banalidad de las propias conclusiones de la señora Arendt”.

Volviendo sobre Shoah, “una película sobre lo ineludible de la muerte, de principio a fin”, Lanzmann recuerda que en su estreno en Israel “los que tenían miedo eran los profesores, no los alumnos. Ellos lo entendían todo, el mal, el fascismo, se entienden…”. Cuando se le pregunta qué temían los profesores, responde de un modo sorprendente: “Aquellos adolescentes habían sido educados con una visión sionista de la Historia. Ahora descubrían de golpe que los judíos podían ser víctimas. Pero lo entendieron muy bien, muy rápido”.

“Los adolescentes israelíes descubrían de golpe que los judíos podían ser víctimas”

A este respecto, rechaza que su trabajo tenga un sentido pedagógico, porque “la pedagogía no llega muy lejos, desconfío de ella. Yo al menos, no la he buscado. Creo que el Holocausto se ha contado muy mal desde el ámbito académico, al final lo que más enseña son las obras de arte”, asevera.

Con sus hombros ligeramente vencidos por el peso de su propia gloria, este mítico cineasta reacciona una vez más con aspereza cuando M’Sur le pregunta por el auge de la extrema derecha en Europa y el rebrote del antisemitismo. “No lo sé, no debería hacerme preguntas como esa… ¿Qué le voy a contestar?”, duda. “Todo eso es solo política, política de poca monta”, apostilla.

De Argelia a Jerusalén

Claude Lanzmann (Sevilla, 2013)  | © Sergio Caro / SEFF
Claude Lanzmann (Sevilla, 2013) | © Sergio Caro / SEFF

 

A pesar de su complicado carácter, pocas figuras son tan fascinantes en el cine europeo actual como Claude Lanzmann, quien mucho antes de alzar la cámara empuñó el fusil: con 18 años organizó en 1943 la resistencia en el instituto Blaise Pascal de Clermont-Ferrand, participó en el movimiento urbano e incluso se alistó con los maquis en la Margeride y el Mont Mouchet y participa en las emboscadas del Cantal y del Alto Loira. En 1952 trabó amistad con Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, y desde la muerte de esta última dirige la revista Les Temps Modernes. Hijo de judío originario de la Europa del Este, firmó el Manifiesto de los 121 que denunció la represión francesa en Argelia y apelaba a la objeción de conciencia, lo que nunca colisionó con su lealtad sin fisuras hacia Israel. La aparente paradoja inspiró su primera película, Israel Why (1973), que se estrenó en Nueva York horas después de comenzada la guerra de Yom Kippur.

Junto a su título más emblemático, Shoah (1985), estrenó Tsahal (1994), sobre las Fuerzas de Defensa de Israel. A visitor from the living (1997) está basada en una entrevista que Maurice Rossel, delegado berlinés del Comité Internacional de la Cruz Roja en 1942, le concedió durante el rodaje de Shoah. Le siguieron Sobibor (2001) y El informe Karski (2010). El pasado 14 de febrero, el Festival de Cine de Berlín lo reconoció con el Oso de Oro a toda su carrera.

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