La revolución de los tres dedos

Publicado por

Laura Fernández-Palomo

@laurafpalomo

Periodista (Madrid, 1982). Desde 2011 vive en Jordania, desde donde viaja y sigue la evolución de los países árabes.

Publicado el 18 Dic 2013

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Miembros del Frente Revolucionario de Hadaik Al Quba en su sede de El Cairo (Diciembre 2013) |   © Laura Palomo / M'Sur
Miembros del Frente Revolucionario de Hadaik Al Quba en su sede de El Cairo (Diciembre 2013) | © Laura Palomo / M’Sur

Era tan solo uno de esos desplazamientos cotidianos de un grupo de amigos en busca de un café en el barrio cairota de al-Quba. Con la singularidad de que la relación de amistad se ha fraguado en los aledaños de la plaza Tahrir, es decir, afectada por el azote revolucionario que no necesita agendar una protesta, porque los motivos siguen estando. Brazos entrelazados, botes en el asfalto, coches parados, cánticos revolucionarios y tres dedos estirados. Ya descargados, se recomponen, vuelven a la acera y continúan su camino hacia el asueto.

La señal de los tres dedos no significa nada en el imaginario colectivo, pero es posible intuir su simbolismo frente a los dos dedos de la victoria que alzan los simpatizantes del ministro de Defensa, Abdel Fatah Sisi, y los cuatro que estira reivindicativo Abdelsalam cuanto jura que permanecerá en la calle hasta la vuelta del depuesto presidente Mohamed Morsi. Abdelsalam asiste a la protesta islamista que se celebra en el barrio de Giza una tarde de viernes, coincidiendo con otras decenas de manifestaciones que siguen convocando los Hermanos Musulmanes en los barrios de la capital sin apenas eco en los medios locales.

Los miembros del grupo en busca del café de media tarde son también vecinos que, por temor y pragmatismo, quedaban durante los días de la revolución para hacer el camino juntos hasta la plaza. “Yo lo único que quería era ir con gente, porque si moría algún conocido podía avisar a mi familia”, expresa sin dramatismos Ahmos Mahgoub, mientras repasa en el ordenador las fotografías que documentan la creciente afluencia de vecinos a un grupo que ha terminado por constituirse como el Frente Revolucionario de Hadaik Al Quba, nombre de la zona.

Hay un trabajo a nivel de barrio: intervenir en la política nacional ofrece demasiadas resistencias

Se trata de una de esas experiencias anónimas que se repiten en barrios como el de Abbasía. Grupos de jóvenes que se organizan a nivel local para seguir con un trabajo de movilización vecinal con el objetivo de mejorar, aunque no sea más que la situación de sus barrios. Lo de intervenir en la política nacional está ofreciendo demasiadas resistencias. Aunque lo intentan. Estos días organizan lecturas colectivas de la Constitución y charlas entre los residentes sobre el referendo, convocado para el próximo 14 y 15 de enero.

Pero en general, sucumben a su pesar a las dinámicas políticas y sociales de estos tres años de revolución en los que han dominado dos claros actores, los Hermanos Musulmanes y los militares. La secuencia es simple pero su realidad compleja: Hosni Mubarak cae por las protestas masivas en 2011; el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas, conectado con el antiguo régimen, se encarga de tutelar el periodo de transición hasta las elecciones presidenciales de junio de 2012. Es acusado de varias masacres contra manifestantes, de amparar los juicios militares a civiles y trastocar el calendario electoral que debía haber aprobado una Constitución que determinara los poderes del futuro presidente. Pero no se hizo.

Una población hastiada desea volver a la normalidad, aunque suponga mantener los tanques en la calle

Egipto entra sin una nueva Constitución democrática en una etapa islamista, con el triunfo de la corriente confesional por mayoría en el Parlamento y el candidato de la Hermandad en la presidencia del país. Una politica sectaria, la aprobación de una Carta Magna en diciembre de 2012 con todas las fuerzas opositoras fuera de la Asamblea Constituyente, y una economía estrangulada desembocan en 2013 en otro golpe de efecto de una accidentada transición.

El resultado, una población hastiada, que desea la vuelta a la normalidad, aunque eso suponga mantener el uniforme militar y los tanques en la calle. Y unos jóvenes activistas, que bailan entre posiciones ante los eventos que se precipitan en Egipto; unos se arrepienten, otros reculan, los más, se contradicen.

El último de esos acontecimientos, que marca la actual agenda política, es la manifestación del 30 de junio en la que millones de personas se manifestaron contra el mandato del presidente islamista Mohamed Morsi, a la que siguió un golpe militar el 2 de julio, apoyado y aplaudido por gran parte de la población.

“Nosotros también nos unimos a la llamada de Tamarrod – grupo convocante – y salimos a la calle a pedir firmas para exigir la salida de Morsi. Pero después de lo ocurrido dejaron de comunicarse con los movimientos sociales”. Ahmos insinúa el engaño y las intenciones de un movimiento social que ha terminado por vincularse con los militares. “Dos miembros de Tamarrod entraron en el comité constituyente y no han sido capaces de manifestarse sobre la ley antiprotesta”, denuncia.

La nueva normativa aprobada el pasado mes obliga a que los manifestantes pidan permiso previo y se identifiquen antes de convocar una protesta, así que a gran parte de los revolucionarios, que apoyaron el golpe militar y confiaban en su senda democratizadora, se les torció el gesto. La disidencia queda perseguida y ya no es sólo el grupo de los Hermanos Musulmanes sino todo signo de oposicion.

La nueva normativa obliga a que los manifestantes pidan permiso y se identifiquen antes de convocar una protesta

El emblemático movimiento juvenil del 6 de Abril ha terminado por dar la espalda al Gobierno que apoyó en el mes de julio. “Hemos descubierto que toda la solución que propone es la fuerza. Pero estamos tanto en contra de la violencia que el Ejército ejerce contra los Hermanos Musulmanes, como de la vuelta del presidente Morsi”, expresa su coordinador junto a la calle de Taalat Harb. Allí arrestaron hace unas semanas a varios miembros de la organización, incluido al líder juvenil y cofundador, Ahmed Maher, que fue requerido por la policía tres días después.

El grupo se había unido a los Socialistas Revolucionarios y a la campaña contra los juicios militares a civiles, contra la nueva normativa. Ya forma parte de este sector de la población, todavía minoritario pero creciente, que rechaza las dos alternativas. Islam, de Hadaik Al Quba, también estaba allí, y terminó detenido con 28 manifestantes más.

El falso dilema

Antes de esta ley, la intervención militar que provocó 600 muertos en el desalojo de la acampada a favor de Morsi en la plaza de Rabaa al Adawía en el mes de agosto, ya había generado profundas dudas sobre los métodos empleados que deslizaban un tufo a épocas pasadas. Sin embargo, el sectario mandato de Morsi y la no siempre conciliadora actitud de los simpatizantes islamistas había generado tal rechazo social que sus opositores se ven tentados a justificar la represión que están viviendo sus aliados desde el pasado mes de julio.

Mohamed susurra cuando habla en público de la organización porque ahora debe mantener oculta su identidad. Cuando sus compañeros de la Hermandad le advierten de la cercanía de los militares, elije dormir fuera de casa por miedo a detenciones y se ha tenido que enfrentar en más de un ocasión a los baltaguía, los matones a sueldo del poder, que solicitan la documentación, como si una fuerza de seguridad se tratara, en los autobuses de línea.

Si a esto se le suma una maquinaria propagandística por la que los islamistas están acusados de cometer todo tipo de tropelias y que el Gobierno ha declarado que está luchando contra terroristas, el valor de sus vidas está en rebajas. Por otra parte, los Hermanos Musulmanes generan tal repulsa que anula la crítica social ante los abusos de poder, sea quien fuere el que lo ostenta. Cualquier cosa menos la Hermandad es la consigna.

La sociedad egipcia está condenada al falso dilema. “Tenemos que elegir entre islamistas y militares, como si no hubiera otra opción”, se compadece la joven activista Lamya Mohmoud que, a su vez, reconoce no aceptar ninguna concesión hacia los islamistas que protagonizan varios de los altercados que se suceden en el país. “Están contra todos nosotros”, asegura. ¿Y quienes son “nosotros”? Su dialéctica acrecenta una confusa dicotomía en contraposición con los militares. Calla, fuma y medita. Ella ya no se siente de ningún bando.

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