Mandela: la película

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 29 Dic 2013

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opinion

Acabo de ver la nueva película “Mandela”, y estoy tan lleno de impresiones que no puedo evitar anotarlas todas.

Es un filme excelente, con actores extraordinarios. Pero esto no es el punto principal. Es un filme muy verídico, que describe lo que realmente pasó en Sudáfrica, y uno no puede evitar reflexionar una y otra vez sobre el tema.

¿A qué me lleva mi reflexión?

Si hace unos 35 años, alguien hubiera preguntado a cualquier sudafricano, negro o blanco, por cómo iba a terminar el conflicto, la respuesta habría sido muy probablemente la siguiente: “No terminará. No hay solución”. Esta es exactamente la respuesta que uno recibe hoy en Israel y Palestina.

No podía haber solución. La inmensa mayoría de los sudafricanos negros querían libertad y un gobierno negro. La gran mayoría de los blancos, tanto boers como británicos, sabían que una vez que los africanos accedieran al poder, los blancos serían masacrados o expulsados. Ninguno de los dos bandos podía ceder.

Ya lo dijo Schiller al inicio de la era colonial: “Teme al esclavo que rompa sus cadenas”

Sin embargo, sucedió lo increíble, lo inimaginable. Los negros ganaron. Un presidente negro asumió el poder. A los blancos ni se les masacró ni se les expulsó. Algunos afirman que hoy tienen más poder que los negros, en muchos aspectos.

Nos hemos acostumbrado tanto a esto que ya no somos ni conscientes de que es un milagro.

Cuando Argelia se independizó, tras una larga y brutal guerra de liberación, más de un millón de ‘colonos’ huyeron para salvar la piel. Este inmenso éxodo no era algo impuesto. El presidente, Charles de Gaulle, simplemente dejó claro que el ejército francés se retiraría en una fecha concreta, y todos los colonos huyeron despavoridos. Muchísimos colaboradores locales fueron masacrados.

Esto es el curso normal de los sucesos cuando un dominio colonial se termina tras un largo periodo de brutal opresión. Así lo escribió Friedrich Schiller al inicio de la era colonial: “Teme al esclavo que rompa sus cadenas”.

¿Será que los negros sudafricanos son otro tipo de gente? ¿Más humanos? ¿Más amables? ¿Menos vengativos?

En absoluto.

Como la película muestra claramente, ellos tenían sed de venganza. Habían sufrido miserias indescriptibles durante muchas décadas. No abstractas. Habían sufrido a diario humillaciones en la calle, en los parques, en las estaciones de tren, en todas partes. No se les había permitido olvidar ni un momento que eran negros e inferiores, incluso subhumanos. Muchos habían pasado largas temporadas en cárceles inhumanas.

Y sólo un ser humano se puso entre una orgía de sangre y una transferencia ordenada del poder

Así que era natural que el día de su liberación se abalanzarían sobre sus torturadores, los quemarían, los matarían, los destruirían. La propia mujer de Mandela, Winnie, encabezaba la demanda de venganza. Incitaba a las masas.

Sólo un hombre se interpuso entre una orgía de sangre y una transferencia del poder en Sudáfrica

El filme muestra cómo Nelson Mandela, completamente solo, se lanzó contra el oleaje. En el momento decisivo, cuando todo pendía de un hilo, cuando la Historia aguantó la respiración, se dirigió a las masas en televisión y se lo dijo a las claras: “Si yo soy vuestro líder, ¡me vais a seguir! Si no, ¡buscaos otro líder!”

Su postura era racional. La violencia habría dividido el país, quizás más allá de toda salvación, como ha ocurrido en algunos otros países africanos. Los negros habrían vivido con miedo, como los blancos habían vivido durante todo el periodo del apartheid.

Y por increíble que parezca, el pueblo le siguió a Mandela.

Sin embargo, Mandela no era un ser superhumano. Era una persona normal, con instintos normales. Había sido un terrorista de pura cepa, que había enviado a personas a matar y a dejarse matar. Había sufrido años de tratamientos brutales, tanto físicos como psicológicos, años de confinamiento solitario, lo que le podría haber llevado a la demencia.

Aún en la prisión, y contra la voluntad de sus camaradas más cercanos, empezó a negociar con los dirigentes del régimen de apartheid.

¿Podría haber existido un Mandela sin un Frederik Willem de Klerk? Buena pregunta. El filme no profundiza en la personalidad de De Klerk. Pero he aquí un hombre que entendió la situación, y que aceptó un acuerdo que significaba una rendición prácticamente completa ante los despreciados “kaffir”, y lo hizo sin derramar una gota de sangre. Como Mijail Gorbachov, en otras circunstancias, dirigió una revolución histórica no sangrienta. (Es curioso que el término ‘kaffir’, que los blancos empleaban de forma racista para referirse a los negros, se deriva de la palabra árabe y hebrea para “infieles”.)

Mandela y De Klerk se complementaban perfectamente, aunque sería difícil imaginar a dos individuos más distintos.

Qué es lo que causó el colapso del apartheid?

En todo el mundo, también en Israel, se cree comúnmente que lo que rompió la columna vertebral al Estado del apartheid fue el boicot mundial. En decenas de países, la gente decente rechazó tocar mercancías sudafricanas o participar en encuentros deportivos con equipos sudafricanos, lo que convirtió Sudáfrica en un Estado paria.

Los métodos: lucha armada (siempre calificada de “terrorismo”), acciones  no violentas,  huelgas

Es cierto y es admirable. Cualquiera que haya participado en esta oleada de toma de conciencia a nivel mundial merece respeto. Pero creer que éste era el elemento decisivo de la lucha es en sí mismo un síntoma de una condescendencia occidental, una especie de colonialismo moral.

La película dedica sólo unos pocos segundos a las protestas en todo el mundo y al boicot. Nada más.

Era la lucha heroica de las masas sudafricanas, la mayoría negras, pero también indias (descendientes de inmigrantes) y ‘de color’ (es decir, mezcla de razas) lo que alcanzó la victoria. Los métodos eran la lucha armada (siempre calificada de “terrorismo” por el opresor), las acciones de masa no violentas y las huelgas masivas. El apoyo extranjero servía sobre todo para levantar la moral.

Mandela no era sólo uno de los principales dirigentes de esta lucha, sino también un participante activo, hasta que le encarcelaron bajo cadena perpetua.

El filme podría dar la impresión de que existían dos Mandelas: el dirigente de la lucha armada, que derramaba sangre, y el pacificador, que se convirtió en un símbolo mundial de la tolerancia y el perdón.

No vemos en ninguna parte a un Mandela palestino y mucho menos a un De Klerk israelí

Sin embargo, estos dos Mandelas eran el mismo: la personalidad de un hombre que estaba dispuesto a sacrificar su vida por la libertad de su país, pero que también era magnánimo y sabía perdonar a la hora de ganar.

Era exacto al antiguo proverbio judío: “¿Quién es un héroe? El que consigue que lo llegue a amar el que le odiaba”.

Un israelí no tiene más remedio que hacerse la pregunta inevitable: ¿Qué nos dice la película sobre las similitudes y las diferencias entre la situación de Sudáfrica y la de Israel-Palestina?

La primera impresión es que son situaciónes casi totalmente diferentes. El contexto político y demográfico dista años luz. Las similitudes son en su mayor parte superficiales.

Pero en concreto, la diferencia más obvia es ésta: No vemos en ninguna parte a un Mandela palestino y mucho menos a un De Klerk israelí.

Mandela, por su parte, era un defensor enardecido de la causa palestina. Veía en Yasser Arafat a un hermano espiritual. De hecho, comparten aspectos: al igual que Mandela, Arafat empezó con una lucha de liberación violenta (terrorista) y al igual que Mandela decidió hacer la paz con el enemigo (en los Acuerdos de Oslo). Si Arafat hubiera sido alto y guapo como Mandela, quizás el mundo lo habría tratado de forma diferente.

En su actitud antisionista, Mandela se asemeja a Mahatma Gandhi, cuyas ideas se formaron en los 21 años que pasó en Sudáfrica, donde sufrió el racismo (antes de que el apartheid se impusiera de manera formal). Gandhi tenía un nombre de pila musulmán (Mohandas, que significa “ingeniero” tanto en árabe como en hebreo).*)

Sin embargo, el credo del perdón de Mandela sí que ganó, y el de la no violencia de Gandhi fracasó. La liberación de India se acompañó de una violencia indescriptible, en la que murió al menos medio millón de musulmanes e hindúes… entre ellos el propio Gandhi.

La película termina con la elección de Mandela como presidente, aclamado tanto por negros como por blancos.

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