«Entre el periodismo y el activismo solo hay una delgada línea roja»

Javier Bauluz

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 30 Ene 2014

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Javier Bauluz (2014)  | ©  Alejandro Luque
Javier Bauluz (2014) | © Alejandro Luque

Sevilla | Enero 2014

El fotógrafo Javier Bauluz (Oviedo, 1960), primer español en obtener el premio Pulitzer por su trabajo en Ruanda, no ha dejado nunca la cámara de lado, pero a su faena de siempre le ha añadido un cometido mayor: capitanear Periodismo Humano, una web que desde 2010 quiere dar una respuesta al declive de la prensa tradicional. Desde esta plataforma acaba de publicar #resistenciaminera, un libro-DVD realizado en colaboración con Marcos Martínez sobre las revueltas mineras de Asturias. “Allí nos llamaban el Dúo dinámico”, explica con humor. Y aunque reconoce que le satisface más hacer reportajes que cuadrar las cuentas de un proyecto como PH, lo tiene claro: alguien tiene que contar lo que pasa.

¿Qué tiene la minería para seguir atrayendo la atención que no tengan otros sectores obreros?

El movimiento obrero minero tiene una tradición de lucha grande, a la vanguardia de la defensa de sus derechos y de otros derechos más grandes. Hubo lucha en el 34, en el 62, y ahora, pero hay muy poca información de los primeros conflictos. Por eso este libro tiene algo de memoria histórica actualizada. En la última batalla fueron 65 días de huelga, 50 de encierro en los pozos, barricadas, la marcha a Madrid… Era muy interesante para contarlo, y para mí suponía volver a mis orígenes, pues mis primeras fotos publicadas fueron de guardiaciviles persiguiendo a mineros por el monte. Es una buena imagen de dónde estamos, 30 años después.

«Cuando los mineros entraban en Madrid, se volvió a gritar “Que viva la lucha de la clase obrera”»

Es curioso que, justo cuando se decretaba el fin del movimiento obrero y se hablaba de desmovilización total, se desmintiera todo de un modo tan rotundo, ¿no?

Efectivamente, la entrada en Madrid fue lo más emocionante, una imagen histórica. Miles de personas de todo tipo, ideología y condición, salieron a recibir a los mineros como héroes, y por primera vez en mucho tiempo se volvió a oír un grito que en estos años de burbuja de estupidez parecía apagado: “Que viva la lucha de la clase obrera”. A partir de ahí, otros colectivos empezaron a movilizarse, quizá no con la lucha directa, pero sí con las mareas: por la sanidad, por la educación…

¿Fue ése el preámbulo de Gamonal?

Sin duda. Acabo de estar allí, y lo veo como el otro punto de inflexión del movimiento obrero, desde el punto de vista de los ciudadanos de barrio obrero. No se trata de un bulevar ni de unos aparcamientos, eso es solo la chispa que ha encendido Gamonal y muchos lugares de España. En una semana de resistencia no solo han logrado parar las obras en las que iban a gastarse ocho millones de euros mientras se cerraban guarderías. Es algo más, es el hartazgo por todo lo que está pasando, la corrupción y el caciquismo. Los que dicen que eran vándalos, que vayan a contar cuentos a otro lado. He visto abuelos, niños, señoras, todos muy cabreados, yendo a manifestaciones o a comisaría, a exigir la libertad de los detenidos.

«Me da igual estar en el Chile de Pinochet, en Bosnia como en Gamonal: se trata de contar lo que sucede»

¿Todo esto viene a demostrar que no hay que ir muy lejos para encontrar grandes dramas y conflictos?

Siempre explico los mismos estándares de trabajo, me da igual estar en el Chile de Pinochet, en Bosnia como en Gamonal: se trata de contar lo que sucede, aunque sean distintas realidades. Hoy los intentos de ocultar la verdad son un poco absurdos, porque ya no son los de siempre los que tienen el megáfono. Los ciudadanos y otro tipo de periodistas aportamos puntos de vista diferentes.

Recuerdo, por ejemplo, que cuando empezaron a aparecer cadáveres de inmigrantes en las costas españolas, nadie creía que eso pudiera suceder en Europa.

Empecé a trabajar en ello en el 96, cuando leí en el periódico “Impermeabilización de la frontera de Ceuta” ¿Qué querrían decir? ¿Levantar el muro de Berlín en Ceuta y Melilla? Hubo miles de muertos en el Estrecho y Canarias, por no hablar de los cortes de las concertinas. Vi a docenas de subsaharianos tirados como perros, ateridos de frío, quemados o heridos, al cargo de una pareja de guardia civiles que solo tenían el uniforme y la pistola. Algunos de esos agentes tenían que hacer hogueras para que no se les murieran por hipotermia. Costó mucho conseguir contar eso, y que se supiera. Yo venía de Ruanda, y avisé a Médicos sin Fronteras de que esto estaba pasando aquí. Una emergencia humanitaria en el sur de la rica Europa.

¿Cree que su portada en el New York Times sirvió más que otros llamamientos?

No solo fue esa foto, publiqué varios reportajes, hice un documental que emitió Tele5, Saramago exigió un mínimo de trato humanitario… Conseguimos que se diera más ayuda, pero dos años después se repitió el mismo fenómeno en Fuerteventura: hombres encerrados como animales en una especie de Guantánamo 2, donde no se dejaba entrar a la prensa, y la Guardia Civil solo tenía unas pocas mantas, siempre las mismas. Alguien se secaba con ellas y tenía que volver a ponerse la ropa mojada.

¿Hay, a su juicio, una clara frontera entre periodismo y activismo?

Es la delgada línea roja, por eso nuestro proyecto se llama Periodismo Humano. A un lado está lo humano, al otro el periodismo profesional. Queremos contar las cosas como son, pero con los Derechos Humanos como bandera ideológica. A veces te apetece ir más allá y hacer más cosas. Nos ceñimos a lo que pasa, para no caer en lo que se está cayendo, en contar la historia según mi ideología o mis intereses económicos. Pero la base es el manifiesto de 2008. Estamos al servicio de los ciudadanos, no de los políticos.

«Queremos contar las cosas como son, pero con los Derechos Humanos como bandera ideológica»

¿Tiene algo de vacuna contra la insensibilización del oficio?

En realidad llevo haciendo lo mismo 30 años. Si me insensibilizara, me dedicaría a hacer otro tipo de cosas, porque no es agradable estar entre guerras y miserias. Se trata de buscar herramientas que te permitan contar, y por fin la tecnología nos lo ha permitido.

Associated Press suele insistir en que el periodista no debe modificar la realidad, y pone como ejemplo no mover ni la botella de agua de una rueda de prensa. ¿Es exagerado?

No. Al final, si el periodista interviene en la realidad, la cambia. Y ya no sería verdad. Claro que no es lo mismo borrar a un señor en la foto y poner a tu prima, que mover un centímetro una botella de agua. ¿Dónde está el límite? Mejor no mover nada, porque más tarde querrás mover el fusil del soldado, y… Los periodistas debemos ser invisibles.

Las nuevas tecnologías, ¿han favorecido las manipulaciones?

Bueno, Stalin era un maestro en borrar a la gente de las fotos. Ahora solo es un poco más fácil, con un ordenador en casa quitas, pones, ¡puedes hacer incluso arte! Pero el periodismo, como los notarios, se basa en la credibilidad. Si creyéramos que los notarios mienten como bellacos, no servirían de nada. Eso es lo que nos ha pasado, en cierto modo.

¿Puede un conflicto agotarse? Pienso, por ejemplo, en Palestina, que usted conoce bien. Las imágenes que usted tomó en la primera intifada se siguen repitiendo: piedras, fusiles, alambradas… Me pregunto si pueden gastarse.

No lo sé. Cuando abrimos un diario, de cincuenta imágenes se te quedan grabadas una o dos, o quizá ninguna. Depende del contenido. Si mañana alguien hiciera una foto parecida a la mía del joven palestino apuntando con el tirachinas al helicóptero israelí, seguiría teniendo influencia y fuerza. Pero evidentemente, claro que nos cansamos: las noticias son noticias porque son nuevas. Todos los días nos olvidamos de algún conflicto.

«Tras cuatro años de Sarajevo, la creencia general era que “ todos son iguales”. Pero no es lo mismo»

Usted cubrió también Sarajevo, ¿fue un conflicto distinto por el hecho de estar dentro de él, por la imposibilidad de tomar distancia física?

Es verdad que en El Salvador, por ejemplo, ibas con la guerrilla, y al volver te metías en un hotel en el centro de la ciudad y te olvidabas de todo. Sarajevo en cambio fue Madrid 1936: una ciudad cercada, rodeada, bombardeada y defendida por gente que no era militar, ni nada. Había ingenieros, mecánicos, católicos, musulmanes, defendiéndose de los radicales serbios. Tras cuatro años de contar aquello, la creencia general era decir “todos son malos, todos son iguales”. Pero no es lo mismo un francotirador que dispara a los militares que a los niños, un saqueo que violar a 20.000 mujeres, una matanza de 8.000 personas en tres días, como en Srebrenica, que la defensa de una posición, o unas ideas.

Como decíamos antes de los inmigrantes del Estrecho, ¿parecía mentira que algo así pudiera suceder al lado de casa?

Aquí la gente no se lo creía, o no se lo quería creer. Al final hubo un movimiento de defensa de Bosnia bastante intenso, y paró la guerra porque le pegaron unos cuantos bombazos a los serbios: en 15 días se acabó una matanza de cuatro años. Recuerdo un día que volví después de fotografiar a unos ancianos que se habían construido una especie de igloo de piedra. Mientras revelaba las fotos, en la tele del hotel vi unas manifestaciones enormes en España. Protestaban por no sé qué equipos de fútbol que iban a bajar a Segunda División por no pagar.

Desde aquello de “Si la foto no es buena, es que no estás lo suficientemente cerca” de Capa, se han sucedido las recetas para sacar óptimas imágenes. ¿Tiene usted la suya?

La receta de don Roberto es básica, no solo se trata de estar cerca físicamente, también psicológica o anímicamente. Tienes que entender lo que estás fotografiando.

El tópico del fotero iletrado, ¿está definitivamente desterrado?

Hay gente que tiene tres carreras. Pero lo que hace falta es tener el ojo, la sensibilidad, el talento, conocimiento de lo que sucede y capacidad de observación. Y algunas virtudes adivinatorias para anticiparte a lo que venga.

¿El miedo sirve de algo?

El miedo es el enemigo del hombre, y solo es bueno si lo vences. Si te vence él a ti, estás perdido. Esto no vale solo para una guerra, también para decirle a una chica que te gusta. El miedo es lo peor que te puede pasar. Por eso en muchas sociedades nos lo meten desde pequeños, para tenernos controlados.

« En los últimos años, la palabra periodista la he escuchado más en boca de Belén Esteban que en cualquier otro sitio»

Ahora hay tres compañeros secuestrados en Siria. Por duro que parezca, para mucha gente es el único modo de darse cuenta de que para desayunar con las noticias en la mesa hay gente jugándose la salud y la vida…

Así es, en los últimos años la palabra periodista la he escuchado más en boca de Belén Esteban que en cualquier otro sitio. Creo que se debe a que una gran cantidad de medios tradicionales han incumplido su función y se han desviado hacia el ánimo de lucro. Eso nos ha hecho más daño que la propia Belén Esteban.

Los propios periodistas, ¿no han sido unos pésimos defensores de su propio gremio?

Es complicado de explicar, y no conviene generalizar. Son más de 10.000 los periodistas despedidos en los últimos tres o cuatro años, proporcionalmente es una barbaridad, y a veces a los que echan son de los mejores. Por otro lado, hay miles de periodistas secuestrados en sus propias redacciones. No pueden hacer lo que quieren, no les dejan ni salir a la calle, porque es más barato producir desde la redacción.

¿Cómo ha acogido la profesión el nacimiento de Periodismo Humano?

Con respeto y apoyo. A muchos les gustaría que tuviéramos el poder económico para contratar a toda la gente que tiene ganas de hacer cosas, porque solo con darle a Me gusta los periodistas no comen. Hay que echarles de comer, aunque sea como en el zoo, para que podamos hacer nuestro trabajo.

«Lo seguro es que el mundo de los medios que conocí se derrumba»

¿El Pulitzer no le aseguró el pan?

El premio, los premios en general, nos dan la responsabilidad de decir cosas, de tener voz. Por ejemplo, en esta entrevista. Pero por la parte laboral y económica, no es ni mucho menos la panacea. Antes el Pulitzer eran cuatro pelas, que me gasté en el teléfono de México, ahora parece que lo han subido. A lo mejor a otro fuera de España les sirve más.

Usted ha sido un gran defensor de los periodistas free-lance, pero ahora vamos camino de que no existan periodistas en plantilla.

Se abre un escenario diferente, ante el que nos preguntamos, ¿qué va a poder hacer el periodista? Si va a contar cuentos chinos, me da igual si está en nómina o no. Si va a ser libre e independiente, ojalá pueda comer. Lo seguro es que el mundo de los medios que conocí se derrumba: vemos caer el imperio Romano, las columnas, los frisos, los capiteles. Buscamos nuevas fórmulas, que todavía no hemos encontrado.

¿Se siente un fin de raza?

No. El periodismo existirá siempre. Siempre habrá alguien que quiera saber qué pasa al lado. Las maneras, los formatos, variarán.

En las revueltas árabes vimos cómo los blogueros y los tuiteros reemplazaban a los medios independientes. ¿Eso es bueno o malo?

El periodismo ciudadano, o los ciudadanos haciendo información, surgen porque claramente los medios fallaron. En el mismo Madrid, en el 15-M, se contaron las cosas mucho más desde la gente no profesional. Nosotros llevamos tres años hablando de desahucios, de los que los grandes medios estaban desentendidos. ¿Por qué? Porque los que desahucian son los mismos bancos que financian los periódicos. Y había miles de familias que no tenían precisamente la culpa de lo que les estaba pasando. En PH hemos demostrado que se puede hacer otra cosa.

¿Se imagina cómo es la gran foto que está todavía por hacer, la foto de su vida?

Mi foto soñada sería una foto que significara paz, amor y armonía, es decir, paz, justicia y libertad para todo el mundo. Pero siempre habrá algún sitio donde alguien esté jodido.

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