Vuelve, vuelve oh Shulamit

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 2 Feb 2014

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Pete Seeger y yo nos cruzamos en la vida una sola vez. Pero de qué manera.

Fue pocos días antes de la Guerra de los Seis Días de 1967. Después de casi tres semanas de tensión ascendente, la fiebre de guerra estaba acercándose a su punto álgido. Sabía que tan solo faltaban días, o quizás horas, para que la guerra estallara.

Dina Dinur, la esposa del escritor de obras sobre el Holocausto K. Zetnik, me llamó para invitarme a que conociera a Pete Seeger. Dina, una gran mujer, había reunido durante años a un grupo de intelectuales judíos y árabes, que se reunían en su casa regularmente para discutir sobre la paz.

La reunión tuvo lugar en el hotel Hilton de Tel Aviv. Fue triste, había depresión en el ambiente, pero también edificante de una manera extraña. Estábamos pensando en todos los hombres jóvenes, nuestros y suyos, todavía vivos y respirando, que iban a morir en los días siguientes.

Éramos un grupo de dos o tres docenas de personas, judíos y árabes. Pete, acompañado por su guitarra, cantó para nosotros canciones sobre paz, humanidad, rebelión. Todos estábamos profundamente conmovidos.

Nunca volví a coincidir con Pete Seeger, pero 19 años después, inesperadamente, recibí una postal suya

Nunca volví a coincidir con Pete Seeger. Pero 19 años después, inesperadamente, recibí una postal suya. Decía con clara caligrafía: ‘‘Querido Uri Avnery: tan solo una nota de profundo agradecimiento por continuar intentando llegar a la gente y actuar. Espero que la próxima vez que estés en Estados Unidos mi familia y yo podamos llegar a escucharte. Pete Seeger’’. A esto lo seguían tres caracteres chinos y un esbozo de lo que parecía ser un banyo.

#Dos días antes de que falleciera Pete Seeger, enterramos a Shulamit Aloni. Quizás algunos de los que participaron en aquella triste reunión también estaban presentes en esta ocasión.

Shula, como nosotros la llamábamos, fue una de las pocas líderes de la izquierda israelí que dejó una huella duradera en la sociedad de Israel.

Aunque era cinco años más joven que yo, pertenecíamos a la misma generación, la que luchó en la guerra de 1948. Nuestras vidas transcurrieron en líneas paralelas; líneas que, como aprendimos en el colegio, pueden estar muy cerca pero nunca llegan a tocarse.

Ambos fuimos elegidos para la Knesset al mismo tiempo. Antes de eso, actuábamos en el mismo campo. Yo era editor de una revista que destacaba, entre otras cosas, por la lucha por los derechos humanos. Ella era profesora y abogada, ya famosa por aquel entonces por defender los derechos de los ciudadanos en la prensa y en la radio.

Shulamit Aloni organizaba bodas ilegales, porque el rabinato no reconoce la igualdad de la mujer

Esto suena fácil, pero por entonces era revolucionario. El Israel pos-1948 era todavía un país donde el Estado lo era todo, los ciudadanos estaban simplemente para servir al Estado, y especialmente en el ejército. El colectivo lo era todo, y el individuo prácticamente nada.

Shula predicaba lo contrario: el Estado estaba para servir a sus ciudadanos. Los ciudadanos tienen derechos que no se les pueden arrebatar o disminuir. Esto ha llegado a formar parte del consenso israelí.

Sin embargo, había una gran diferencia entre nuestras situaciones. Shula provenía del corazón de la clase dirigente, que no me podían ni ver. Ella había nacido en una parte pobre de Tel Aviv, y cuando sus dos padres se alistaron en el ejército británico en la Segunda Guerra Mundial, se la envió a la aldea juvenil Ben Shemen, un centro de adoctrinamiento sionista. Uno de sus compañeros de colegio era Shimon Peres. Por entonces yo era miembro del Irgun, que se oponía férreamente a la cúpula sionista.

Después de Ben Shemen, Shula se unió al kibbutz Alonim (de ahí adoptó su apellido) donde conoció a Reuven y se casó con él. Éste llegó a destacar como funcionario superior a cargo de judaizar Galilea.

Aparte de escribir artículos y ocuparse de quejas ciudadanas en la radio, organizaba ceremonias de boda ilegales. En Israel, las bodas son un área exclusiva del rabinato, que no reconoce la igualdad de la mujer.

En la Knesset ella era miembro del Partido Laborista (entonces se llamaba Mapai), que gobernaba, y estaba sujeta a una disciplina de partido estricta. Yo era un bando de un solo hombre, libre de hacer lo que quisiera. Así que podía hacer muchas cosas que ella no podía, tales como presentar proyectos de ley para permitir que se legalizase el aborto, para permitir que se extrajeran órganos para trasplantes, que se anulara la antigua ley británica contra las relaciones homosexuales entre adultos con edad de consentimiento sexual, y cosas de este tipo.

Yo exigía también una separación total entre el Estado y la religión. A Shula se la conocía por sus ataques a la coerción religiosa relativa a los derechos civiles. Por eso me quedé totalmente sorprendido cuando en una de nuestras primeras conversaciones objetó rotundamente esa separación. ‘‘Yo soy sionista’’, decía; ‘‘lo único que une a los judíos en todo el mundo es la religión judía. Esto es por lo que no puede haber una separación entre el Estado y la religión judía en Israel’’.

De ahí en adelante, su perspectiva se fue ensanchando cada año más. En mi opinión, siguió la lógica ineludible de la izquierda.

‘‘Tú te ocupas de la paz y yo de los derechos civiles’’

De su compromiso original con los derechos ciudadanos, pasó a los derechos humanos en general. De ahí a la separación del Estado y la sinagoga. De ahí al feminismo. De ahí a la justicia social. Y al final, a la paz y a la lucha contra la ocupación. Y a lo largo de este tiempo siguió siendo sionista.

Este no era un camino fácil. A principios de 1974, cuando fue elegida para la Knesset, esta vez como líder de un partido pequeño (a la vez que yo perdía mi escaño), la llevé en mi coche a una reunión en Haifa. En el camino, que duró una hora aproximadamente, le dije que ahora, como líder de un partido, debía entrar en acción en la lucha por la paz. ‘‘Dividamos entre los dos esta tarea’’, respondió, ‘‘tú te ocupas de la paz y yo de los derechos civiles’’.

Pero 20 años después, Shula ya era una voz destacada por la paz, por un Estado palestino, contra la ocupación.

Teníamos otra cosa en común. Golda Meir no nos podía ni ver a ninguno de los dos.

Shula podía ignorar la línea del partido mientras el benevolente Levy Eshkol fuera primer ministro. Cuando murió repentinamente y el cetro pasó a Golda, las normas cambiaron de golpe.

Golda tenía una personalidad dominante, y, como dijo una vez David Ben-Gurion sobre ella, lo único que se le daba bien era odiar. Shula, una mujer joven y atractiva, con ideas no ortodoxas, encendía su ira. En 1969 retiró a Shula de la lista electoral. En 1973, cuando Shula lo volvió a intentar, Golda mostró toda la fuerza de su resentimiento: en el último instante la volvió a retirar.

Shula, una mujer joven y atractiva, con ideas no ortodoxas, encendía la ira de Golda Meir

Era demasiado tarde para que Shula pasara por el largo proceso de armar una lista electoral nueva. Pero ocurrió un milagro. Un grupo de feministas había preparado una lista propia, con todos los requisitos necesarios ya cumplidos, pero sin ninguna posibilidad de sobrepasar el umbral mínimo. Era una combinación ideal: una líder sin lista para una lista sin líder.

En las últimas horas del período asignado para la presentación de las listas, vi a Shula peleándose con una enorme pila de papeles, intentando dar un poco de orden a los cientos de firmas. Le ayudé a hacer el trabajo.

De esta manera nació el nuevo partido, ahora llamado Meretz, y ganó tres escaños en su primer intento.

Su momento de gloria llegó en 1992. Meretz consiguió 250.667 votos y se convirtió en una fuerza política. El nuevo primer ministro, Yitzhak Rabin, la necesitaba para su nuevo gobierno. Shula se convirtió en ministra de Educación, un trabajo que anhelaba.

El problema era que los 44 escaños del Partido Laborista y los 12 de Meretz no eran suficientes. Rabin necesitaba un partido religioso para formar un gobierno.

La transición de combatiente de la oposición a ministro de gobierno no es siempre fácil. Fue especialmente dura para Shula, que tenía más de predicadora que de política. La política, como Bismarck observó acertadamente, es el arte de lo posible, y la transigencia no era fácil para Shula.

Sin embargo, nada más empezar, cuando Rabin decidió expulsar a 415 ciudadanos islámicos radicales del país, Shula votó a favor. Durante la protesta contra esta atrocidad, mis amigos y yo fundamos Gush Shalom. Shula admitiría más tarde que su apoyo a la expulsión fue ‘‘un eclipse solar’’.

Shula nunca creyó en esconder sus opiniones. Era totalmente honesta. Quizás demasiado honesta

Pero el problema principal estaba por venir. Shula nunca creyó en esconder sus opiniones. Era totalmente honesta. Quizás demasiado honesta.

Como ministra de Educación dispensaba sus opiniones libremente. Demasiado libremente. Cada vez que decía lo que pensaba de algún capítulo de la Biblia y cosas de este tipo, los compañeros religiosos de la coalición explotaban.

El clímax llegó cuando anunció que la teoría de Darwin reemplazaría a la historia de la creación de la Biblia en todas las escuelas. Eso era simplemente demasiado. Los religiosos exigieron que Rabin destituyera a Shula del Ministerio de Educación. Rabin estaba ocupado con el proceso de paz de Oslo y necesitaba a los partidos religiosos. Se destituyó a Shula del Ministerio.

En su funeral, uno de sus dos hijos, en un elogio brillante, hizo una oscura alusión a la ‘‘traición’’ que supuso el momento más duro de su vida. Todos los presentes entendimos a lo que se refería, aunque no se explayó.

Cuando Rabin destituyó a Shula de su amado trabajo como ministra de Educación, sus colegas del partido no acudieron en su ayuda. Entre ellos la acusaban de actuar estúpidamente. Ella debería haber sabido que unirse a una coalición con los partidos religiosos exigiría un precio. Si no estaba preparada para cerrar la boca, no debería haberse unido en primer lugar.

El rabino Ovadia dijo: ‘‘¡Cuando muera Shulamit Aloni, se celebrará un banquete!’’

Meretz fue la creación de Shula. Los fundadores de partidos son generalmente personalidades fuertes, con los que no es fácil cooperar. Los colegas del partido de Shula conspiraron contra ella, y finalmente la sustituyó como líder del partido Yossi Sarid, un político de lengua mordaz del Partido Laborista que se había unido a Meretz recientemente. En las siguientes elecciones Meretz se estrelló, pasando de doce escaños a tres.

En los últimos años, rara vez se la veía en público. Nunca la vi en manifestaciones en los territorios ocupados, pero impartía clases incesantemente a cualquiera, en cualquier lugar, cuando se la invitaba.

En uno de sus frecuentes estallidos de vulgaridad, el rabino del partido Shas, Ovadia Yosef dijo: ‘‘¡Cuando muera Shulamit Aloni, se celebrará un banquete!’’

No ha habido ningún banquete esta semana. Incluso la derecha reconoce su contribución a Israel. Al partido Meretz, con seis miembros en la Knesset, le va bien en los sondeos.

El sexto capítulo del Cantar de los Cantares termina con el llamamiento: ‘‘¡Vuelve, vuelve oh sulamita, vuelve, vuelve!’’ No hay posibilidades de que eso pase. Tampoco hay muchas posibilidades de que exista otra Shulamit Aloni. Ya no las hacen así.

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