La guerra de nervios

Publicado por

Irene Savio

Publicado el 24 Mar 2014

Publicidad

Militar sin insignias y miliciano prorruso en Bakhchysarai, Crimea (Marzo 2014) |  © Irene Savio
Militar sin insignias y miliciano prorruso en Bakhchysarai, Crimea (Marzo 2014) | © Irene Savio

Simferópol | Marzo 2014

Pocos, a esta altura, apuestan por morir. La guerra en Crimea es más bien una prueba de nervios, una semana después de que esta península se declarase parte de Rusia. Un movimiento no reconocido por casi nadie aparte de Moscú, pero aparentemente ya un hecho consumado sobre el terreno. Ucrania retrocede y Rusia prospera. En Simferópol, la capital de la península, a nadie le sorprende ya de ver cambiadas las insignias del Parlamento crimeano. ‘Soviet Supremo de Crimea’ se lee ahora.

A pesar de que la desproporción de fuerzas es abrumadora, los ucranianos, recluidos en las bases militares, mantienen la calma como boxeadores sonados, mientras los rusos vagan aquí y allá, sin estar en formación de asalto y algunos ya sin sus pasamontañas. En todo caso, todo el mundo cree que son rusos, aunque se sigue tratando de soldados – o de mercenarios – sin insignias. El Kremlin no admite que sean parte de su Ejército, pero algunos se identifican, de hecho, como rusos.

Soldados sin insignias patrullan ante la base ucraniana: los fieles a Kiev están dentro,  arrinconados

Llevan semanas patrullando el centro de Simferópol, armados con granadas de mano, kalashnikovs y fusiles con mira telescópica y silenciador, bordeando el perímetro exterior de la base de la Marina ucraniana donde hay un batallón de soldados fieles a Kiev. Estos están dentro, como ratones arrinconados. Fuman en la oscuridad, observan, intentan no perder la compostura. Ninguno de los dos, ni los de dentro ni los de fuera, se va. Nadie cede. Es una guerra psicológica.

La situación es desesperada para los ucranianos -están completamente sitiados– pero todavía hay quien se niega a rendirse. Como es el caso de la base de Simferópol y de un puñado de otras sedes en la península. No salen. Nunca. Están atrincherados, aunque sus barricadas tengan la misma solidez que un castillo de arena. En una esquina con la calle Pavlienko en la capital, un tronco de un árbol apoyado sobre un oxidado portón metálico los protege del enemigo. Más allá, hay restos machacados de un ancla náutica delante de una alambrada.

Los soldados ucranianos llevan en esa tensa espera ya tres semanas: desde que, el 27 de febrero, grupos armados tomaron el control del Parlamento de la República Autónoma de Crimea en Simferópol y los diputados eligieron un nuevo presidente: Sergei Aksyonov. Kiev no lo reconoce. Pero desde ese día, las fuerzas prorrusas tienen el control sobre la península. Al apacible tráfico del centro de Simferópol se ha sumado un blindado, con sus lanzacohetes y ametralladoras de fabricación rusa y una bandera de Crimea pintada de mala gana. Ninguno de los vecinos sabe decir cuándo y cómo ha aparecido el vehículo. Otro idéntico está situado pocos metros más allá, justo delante de una de las entradas de la base de la Armada ucraniana en la capital de Crimea.

“Nuestros sistemas de comunicación con Kiev no funcionan. Solo nos comunicamos con los móviles”

“Nuestros sistemas de comunicación con Kiev no funcionan. Solo nos comunicamos con los móviles. Creemos que los invasores los sabotearon”, confesó ya a inicios de marzo el coronel Igor Mamchur, coronel y segundo en el mando del batallón de Simferópol. “Nadie sale de aquí pues nos rodean las 24 horas. Tienen armas de asalto de fabricación rusa. Pero ellos lo saben. Si nos atacan, responderemos”.

Los rusos aprietan el acelerador: el jueves, una veintena de hombres armados asaltaron un buque de guerra ucraniano amarrado en el puerto de Sebastopol. Pero la mayor parte del tiempo se dedican a enviar emisarios. “Estamos en una fase de negociación entre nosotros, Kiev y los soldados rusos”, declara Mamchur ahora. Relata que ha recibido la visita de un oficial ruso. “Nos han dicho que si nos vamos nos darán garantías”.

A pocos metros, la impotencia de estos soldados se hace evidente en la conversación entre un marino y su novia, ambos unidos por un teléfono móvil y separados por un oxidado alambrado. “Él es crimeano, por eso no sé adónde podrá irse”, explica la chica. Pero aún así, los militares ucranianos no maldicen a los rusos. Repiten que son sus hermanos; gente con la que antaño compartieron la extinta Unión Soviética.

De hecho, muchos de los altos mandos del Ejército ucraniano se han formado en las filas de la antigua URSS. Es muy difícil imaginar que combatan contra Moscú. Ya en los primeros días de marzo, el contralmirante Denis Berezovski se negó a hacer frente a los rusos en la ciudad de Sebastopol, el puerto militar de Crimea donde tiene su base la flota rusa, gracias a un acuerdo con Ucrania.

Berezovski fue destituido de forma fulminante. Y eso que hacía solo dos días que había sido designado por Kiev para sustituir a Yuri Ilyin, nombrado por el ahora derrocado presidente ucraniano Víctor Yanukóvich. Un similar destino espera a otros jefes militares relacionados con el viejo Ejecutivo ucraniano. Más aún cuando, en más de tres meses de protestas, los militares no se pronunciaron sobre la revuelta de la plaza Maidán de Kiev.

Que acabe o no abriéndose una fractura en todo el Ejército ucraniano dependerá de la actitud que adopten los nuevos poderes de Ucrania. Aunque, como explica Mykola Sungurovskyi, experto en asuntos de seguridad, lo innegable es que las tropas ucranianas “tienen la moral muy baja y poca aceptación popular”. Tampoco son muchos: el Ejército ucraniano, en total, esté integrado por apenas 180.000 soldados, que eventualmente contarían con el apoyo de otros 350.000 agentes de fuerzas del orden. Y por supuesto, muchos soldados son rusoparlantes.

Los ‘cuerpos de defensa’ son milicias locales de hombres y mujeres que van armados

En Sebastopol, la tensión es particularmente alta: aquí, los militares ucranianos mantienen la base de Belbek y los rusos la de la flota del Mar Negro, gracias a un acuerdo entre Kiev y Moscú, pactado al descalabrarse la Unión Soviética y en vigor desde entonces. Desde Sebastopol salen los buques rusos que estos meses patrullan ante la costa de Siria. Pero hay una segunda base más al este, en Feodosia, y otra cuatro en la costa rusa. En total, Moscú puede movilizar en la zona 57 buques de guerra y unas 300 naves auxiliares. Y a mediados de marzo, el Ministerio de Defensa ucraniano informó de que Rusia había elevado a 22.000 la cifra de soldados presentes en la península, muy por encima del acuerdo en vigor entre ambos países.

Los ucranianos, por su parte, poseen en esta ciudad una pista de aterrizaje para aviones que algunos analistas militares consideran entre las mejores de la región. La tensión en esta zona es altísima, debida a la actitud hostil de las milicias de civiles. Éstos, los llamados cuerpos de defensa, son grupos locales, tanto de hombres como de mujeres, que suelen ir armados y, a veces, también encapuchados. En algún caso se identifican con un cinta roja en el brazo derecho. A menudo acompañan a los militares sin insignias.

“¡Hay que ir a Crimea! ¡Todos! ¡Tenemos que defender nuestra patria!” gritan en Kiev

En la base de guardacostas de Balaklava, antigua base secreta de submarinos soviéticos, los encapuchados impiden el acceso a personas no gratas. Un miembro de las milicias civiles, tras las insistencias de esta periodista, acepta finalmente intercambiar unas palabras. Los militares “no están aquí para matar. Nada pasará si no invaden Crimea”, asegura, en referencia a un posible envío de tropas desde Kiev.

Ganas no faltan, a tenor de las arengas que se vivieron en Kiev a inicios de marzo. Un portavoz del Partido Radical Ucraniano, uno de los tantos grupúsculos nacionalistas que hay en el país, levanta la voz delante de un grupo de manifestantes en el centro de la capital. “¡Hay que ir a Crimea! ¡Todos! ¡Tenemos que defender nuestra patria!” grita. Los altavoces de la plaza empiezan a difundir un mensaje aún más preocupante: el líder del partido Udar, Vitali Klitschko, asegura que es necesaria una “movilización general” de las Fuerzas Armadas, en respuesta a la iniciativa del Parlamento ruso de enviar tropas a Crimea.

Finalmente, nada ocurrió. Es más, empezó a circular el rumor de que las tropas ucranianas en Crimea se iban a rendir. Lo cierto es que han pasado tres semanas y ahí siguen. Pero también siguen los militares no identificados. “Los seguirán sitiando hasta que se agoten mentalmente”, afirma Tim Manoshtan, un joven de la delegación de Maidán de Kiev que está en Crimea.

La partida está todavía abierta. O eso cree Yuriy Shcherbak, exembajador ucraniano en Washington: “Este conflicto es global, acaba de empezar y pondrá en riesgo la seguridad internacional”, aseguró esta semana. Valeriy Chaly, experta en seguridad, va más allá: “Se puede pronosticar un enfrentamiento militar”. Ya hace semanas, Oleh Shamshur, exembajador ucraniano en Estados Unidos y miembro del partido Udar, sugirió que Kiev podría subir la apuesta: “Lo que podríamos hacer es cortarles el sumistro de agua potable, sin el cual tendrán serios problemas”. Pero de momento, los grifos siguen manando.

Se ven los uniformes azules de los berkut, las fuerzas especiales disueltas tras la masacre de Kiev

Otra incógnita es el futuro de los 3.300 miembros de las temidas Berkut, las fuerzas especiales disueltas después de protagonizar un asalto a la plaza Maidan en Kiev que arrojó más de 80 víctimas mortales y casi 700 heridos. Muchos de estos agentes se han trasladado a Crimea. No es difícil ver en Simferópol a sus uniformes azules y se comenta que algunos incluso han obtenido pasaportes rusos.

El Gobierno de Kiev dice que hay 6.000 ‘paramilitares’, es decir soldados no identificados, en Crimea, pero ningún intento de hablar con ellos da resultado. Ante cualquier pregunta, responden con un pestañeo y un movimiento giratorio del cuello. Se niegan a identificar a sus jefes o a dar cifras. Al principio, en sus momentos de mayor verborrea sólo pronunciaban “niet”. Ahora se han ido relajando algo y de hecho, algunos hacen de negociadores con los ucranianos. Pero se siguen negando a dar entrevistas.

La gente local sobrevive como puede ante estos huéspedes de armas tomar. “Nosotros estamos aquí y ellos allí. No hablamos”, afirma un bombero, en cuyo patio han aparcado los paramilitares sus camiones. Muchos los miran de reojo, algunos con reprobación. Otros no se alteran e incluso piden sacarse fotos junto a ellos. “Es para Facebook”, les aclara un niño. “Niet”, responden de nuevo.

Ya es de noche cuando el coronel Mamchur está a punto de entrar en su barracón. Se da entonces la vuelta y suelta una perla cínica. “Cuando ustedes los periodistas, se vayan, empezará lo peor”.

crimea

Las fechas

siglo XV: Janato tártaro.
siglo XVI: Soberanía otomana.
1783: Anexión de Crimea por el Imperio Ruso.
1853–1856: Guerra de Crimea.
1921: República Autónoma soviética (dentro de Rusia).
1954: Transferencia de la república autónoma a Ucrania.
1991: Colapso de la Unión Soviética. Crimea permanece en Ucrania.
2014: Crisis de Ucrania.
22 Feb: Derrocado el presidente  ucraniano Víctor Yanukovich.
27 Feb: Grupos armados toman el Parlamento de Crimea.
11 Mar:  Parlamento de Crimea y Consejo de Sevastopol se declaran unidos.
     16 Mar: Referéndum. Gana el Sí a la adhesión a Rusia.
     21 Mar: Moscú ratifica su aceptación de Crimea.

Post relacionados

11 comentarios en “La guerra de nervios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *