Evocación orientalista

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 25 Mar 2014

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Sonetos Mickiewicz

Adam Mickiewicz
Sonetos de Crimea

Género: Poesía
Editorial: Renacimiento
Páginas: 90
ISBN: 978-84-8937-198-9
Precio: 6 €
Año: 2000

Dos personas que oyen el nombre de un lugar rara vez evocan una misma imagen. De acuerdo, puede que ante la palabra “París” algunos coincidan en visualizar la Torre Eiffel, o ante la idea de Venecia corran por sus ojos algunos fotogramas de Visconti. Pero el juego sin duda tiende a la diversidad de referencias. ¿Qué pensamos, por ejemplo, al oír el nombre de Crimea? Algunos imaginarán la carga de la Brigada Ligera, puede que a través de los poemas de Tennyson, o tal vez con la banda sonora de The Trooper, de Iron Maiden; otros el sitio de Sebastopol, o la famosa foto de Churchill, Roosevelt y Stalin que inmortalizó la conferencia de Yalta. Yo confieso que no he podido evitar pensar en Los sonetos de Crimea, de Adam Mickiewicz.

Mickiewicz (Zaosie, 1789-Constantinopla, 1855) es casi desconocido en España, donde apenas han visto la luz un par de ediciones de sus Sonetos, mientras que en su país de origen, Polonia, figura como indiscutible gloria de las letras. Una estatua suya es el punto de reunión equivalente a madrileño Oso y madroño en el centro de Cracovia, y uno de sus más célebres personajes, don Tadeo, Pan Tadeusz, inspiró una celebrada marca de vodka y un filme de Wajda. Su condición de gran poeta romántico se ve acompañada por un profundo sentimiento nacionalista frente a la prepotencia de la Rusia imperial, que le condujo en 1825 al exilio en Odesa. Desde allí se asoma a Crimea, y la fascinación produce un par de años después esta escasa veintena de poemas que bastan para inscribir su nombre entre los mejores de su tiempo.

Crimea, griega, romana, mil veces invadida por Asia, posee suficientes elementos exóticos para recrear sultanes y minaretes

Aunque hay en ellos abundantes referencias marineras que habrían estremecido a un Espronceda, como en el poema La tempestad (“El viento aúlla triunfal, el ángel de la muerte/ gravita en los cristales –montañas del delirio/ que del abismo brotan– y va tras el navío/ igual que va el soldado sobre el ruinoso fuerte…”), lo que predomina en el libro es el magnetismo orientalista. Crimea, griega, romana, mil veces invadida por los bárbaros de Asia, bizantina y turca al fin, posee suficientes elementos exóticos para recrear ese mundo de sultanes y minaretes.

Mundo, también, en ruinas. “Oh Crimea versátil, en la noche del tiempo los hundidos castillos…” Un sonoro decadentismo recorre de forma evidente poemas como Bakchi-Serai, con esa “natura ocupando lo humano en su redor”, o La tumba de una Potocki, donde el poeta intuye o fantasea su propio sepulcro en el exilio. El asombro ante la Naturaleza abrumadora, sea el precipicio de Yejud-Kalé o el Chatirdaj, “almuédano del mundo”, contrasta con la paz que transmite la “noche de Oriente”, ese imaginario rico en aromas y colores, pero sobre todo impregnado de armonía y espiritualidad.

Claro que un libro no es solo su versión original. Se impone hacer un aparte y preguntar qué llevó a un lector, poeta y crítico sevillano, Vicente Tortajada, a atraverse a publicar la primera traducción de los Sonetos de Crimea a mediados de los años 80; primero en una editorial artesanal y amiga, Mágico Íntimo, y más tarde, en 2000, en la editorial Renacimiento, trasladando incluso la tipografía de aquella. Y hablo de atrevimiento porque sin tener la menor idea de polaco, a partir del francés, Tortajada se empeña en traer a la lengua de Cervantes el verso de Mickiewicz manteniendo, en la medida de sus posibilidades y con alguna licencia, su rima y su métrica perfectas, plantando delante del jardín un breve prólogo en el que, allí donde la erudición se detiene, florecen la gracia y el entusiasmo.

No está de más recordar a un poeta al que consideran suyo los polacos, pero también lituanos, bielorrusos y hasta ucranianos

Cuentan quienes le conocieron que Tortajada se sintió atraído por esos “grabados profundos de la épica y la elegía románticas”, como quiso definirlos, pero también por una sutil identificación con su ideario, afín al andalucismo. Y no hay que olvidar que aquella militancia, en los albores de la Transición española, era por igual refractaria al rancio imperialismo tardofranquista como reivindicativa de un mítico Al-Andalus fundacional, culto y tolerante, que acabó derivando en el llamado mester andalusí. ¿Hubo algo de esto en aquel esfuerzo formidable? ¿O solo una justa valoración de ese poeta ignorado en el extremo occidental de Europa?  Chi lo sa…

Lo cierto es que Crimea parece lo bastante importante como para no dejarnos solo informar sobre ella a través de los periódicos: volvamos sobre los Sonetos. Volvamos una vez más, pues su lectura revela brillos diferentes cada vez que se renueva. Volvamos sobre esa figura, ese “buscador de revoluciones que nunca le fueron propias” al decir de Tortajada, que trató de convencer al papa Pío IX para formar legiones de polacos contra Austria, y con similar propósito halló su fin en Constantinopla, lo mismo que Byron –con quien pudo haberse tuteado– encontró la malaria en Missolonghi.

En tiempos de banderas flameando al son de los tambores bélicos, no está de más recordar a un poeta al que consideran suyo los polacos, pero también los lituanos, y los bielorrusos, y hasta los ucranianos. Porque sabemos que Mickiewicz, como la Crimea de los Sonetos, pertenece a ese territorio sin fronteras que es la literatura.

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