El hombre que es Turquía

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Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 1 Abr 2014

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El pueblo ha hablado, causa finita. Así cabe resumir el ambiente poselectoral en Turquía, donde el primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, ha ganado las elecciones con el 45,5 por ciento de los votos.

Porque en esta cita con las urnas, nadie ha recordado que se trataba de comicios municipales; que se trataba de elegir responsables para la gestión urbana. Ambos bandos habían convertido las elecciones en un referéndum sobre la gestión de Erdogan y el AKP, el partido que fundó y con el que llegó al poder en 2002 y que ha ido girando de islamista cauteloso (erróneamente llamado “moderado”) a simplemente islamista o, para el contexto turco, incluso radicalmente islamista.

Erdogan ha aprobado en el referéndum, y con holgura, no raspado, y como tal salió al balcón la noche electoral: como el hombre que encarna Turquía. La nueva Turquía, como la llamó, la que ha ganado una nueva “guerra de la independencia”. Agradeció su victoria a los pueblos de Palestina, Egipto, Balcanes y Siria, que rezaron por el triunfo suyo – dijo – y a quienes lo hicieron en las ciudades de toda Europa.

Erdogan agradeció su triunfo a quienes rezaron por él en Palestina, Egipto y Siria

Si esta nueva Turquía, que abarca desde El Cairo hasta los barrios turcos de Berlín, está en guerra con alguien, obviamente sólo lo puede estar con la otra Turquía: con aquel 54,5 por ciento de la población que no votó a Erdogan. Aquellos que durante la campaña electoral calificó de “ateos, izquierdistas, terroristas”. Por mucho que el líder de la nación repitiera la cifra de 77 millones – la población total del país – también dejó claro que para sus adversarios políticos, “peones utilizados por los enemigos de Turquía”, no hay sitio: “Los que pudieron han huido, otros huirán mañana”.

Atrás han quedado meses de escándalos de corrupción en torno al líder, sus ministros, sus familiares. Las investigaciones judiciales lanzadas el 17 de diciembre fueron yuguladas – es fácil cuando el Ministerio de Justicia puede destituir a los fiscales según le plazca – y las decenas de conversaciones telefónicas filtradas por las redes sociales ya no importan: aunque matar a la paloma mensajera azul de Twitter no ha impedido realmente que se difundan, Erdogan ha sido absuelto por las urnas. Es lo que exigió durante toda la campaña electoral y es lo que ha conseguido: ahora es inocente. ¿Quién necesita el veredicto de un tribunal si puede tener el de las urnas?

¿Quién necesita el veredicto de un tribunal si puede tener el de las urnas?

Erdogan ha sido absuelto por un pueblo al que no le importa que sus políticos sean corruptos, mientras hagan funcionar la luz, el agua corriente, la recogida de basura, el empedrado de las calles. “Todos roban, el AKP al menos hace algo” lo resumía un vendedor de té. Los votantes han agradecido la buena gestión municipal de Erdogan de cuando era alcalde de Estambul, y la que hacen sus sucesores (preferentemente en los barrios en los que saben que residen sus votantes). Y es innegable el ascenso económico del país durante la última década. Por mucho que los economistas digan que todo está cogido con pinzas, edificado sobre el flujo de capital extranjero, y que un aterrizaje será inevitable, de momento, al menos aparentemente, al menos comparado con otros tiempos, Turquía va bien.

Pero ganó el referéndum solo en parte por la economía. Desde que estallaron las protestas del parque de Gezi en Estambul, Erdogan subió la apuesta en un claro afán por dividir el país en dos bandos, los suyos y los otros, con discursos cada vez más furibundos. Hasta el punto de que muchos turcos se temían que el dirigente había perdido toda noción de la realidad, que vivía en un mundo paralelo.

No era de extrañar: es llamativo ver a un primer ministro declarando en público que no hará caso a sentencias judiciales, verle jurar que yugulará el “lobby financiero” al que atribuye la responsabilidad de una protesta ecologista, incluir cada día otra conjura más en el lote, hasta llegar al “lobby de los robots”, observar que asciende a altos cargos de responsabilidad a asesores que atribuyen la “campaña internacional contra Turquía” a la línea aérea Lufthansa para sabotear un futuro aeropuerto turco y proclaman que hay intentos de asesinar al primer ministro “por telekinesis”.

¿Fuera de la realidad? Pues no. El hombre que se crió en un barrio modesto de Estambul ha sabido tomar el pulso a la sociedad que le rodea, resulta ahora. Ha sabido conectar con el pueblo (imaginamos que esto es lo que se llama populismo). Ha sabido encarnar sus miedos, sus aspiraciones, su visión. Miedos, aspiraciones, visión que el AKP ha ido creando durante una década, gracias a una amplia red de medios de comunicación al servicio del poder y gracias a un presupuesto del Ministerio de Religión que alcanza el de otros 7 ministerios juntos y es mayor que el de Exteriores, de Interiores o de Salud. Ahora, esa Turquía es una realidad. Erdogan ha podido conectar con ella porque la ha creado, es su artífice.

Erdogan ha podido conectar con la Turquía islamista porque la ha creado, es su artífice

No es el único artífice, desde luego. En el último mes de campaña ha recuperado los miedos que crearon sus predecesores desde que se fundó la República: la visión de que Turquía está rodeada por enemigos, siempre acechada por conjuras internacionales para ser despedazada y destruida, amenazada por dentro por quienes son distintos, por los pueblos no musulmanes: así se aprende la historia de la nación en los colegios. Erdogan ha simplemente copiado un discurso de casi un siglo de antigüedad, reemplazando “armenios y griegos” por “los que atacan nuestras mezquitas”, los izquierdistas, los ateos, el enemigo en casa.

Erdogan ha sabido resolver la fórmula del islamismo: el viejo miedo a quien no fuera turco ha sido reemplazado con el miedo a quien no sea musulmán, ha sabido colocarle al nacionalismo un manto divino. Funcionó. Las elecciones del domingo 30 de marzo han demostrado una verdad sencilla: sí, el primer ministro vive en un mundo paralelo, pero se ha llevado a este mundo paralelo, durante los últimos diez años, a media Turquía.

Y dado que la otra media está dividido entre socialdemócratas, izquierdistas, activistas kurdos y nacionalistas antikurdos, Erdogan puede proclamar que él, gracias al veredicto del pueblo (de medio pueblo) y gracias a que Dios escuchara los rezos de los suyos, del Cairo hasta Berlín, es el hombre que encarna Turquía.

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