Los sueños (2000)

Naguib Mahfuz

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 9 Abr 2014

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MahfuzHe visto mi sueño…

He visto mi sueño (Ra’aytu fima yara al-na’im) fue una colección de relatos cortos de Naguib Mahfuz (1911 – 2006) que vio la luz en 1982. Cada uno de ellos empezaba con la frase que da título al volumen, y según los expertos enlazaban con la antiquísima tradición árabe de narrar e interpretar los sueños, ese nebuloso ámbito donde confluyen lo perdido y los asuntos de actualidad, resucitan los muertos, se revelan asombrosas profecías, y donde el deseo y los temores adoptan siempre imprevisibles disfraces.

Años después, mientras se recuperaba lentamente de las heridas provocadas en 1994 por un fanático islamista que le clavó una navaja automática en el cuello, Mahfuz empezó a publicar en la revista femenina cairota Nisf Al-Dunia una nueva serie de relatos numerados, breves y autoconclusivos, que tituló Sueños del periodo de recuperación (Ahlam fatrat alnaqaba). La principal diferencia con aquella primera entrega era que ahora se trataba de auténticos sueños desarrollados narrativamente, y no de relatos creados conscientemente, dotados de mayor o menor ambientación onírica.

Por otro lado, aunque pudiera parecer que con esta serie Mahfuz se alejaba de su vertiente más realista, la que lo hizo mundialmente famoso y le deparó el premio Nobel en 1988 –hablamos de títulos como Hijos de nuestro barrio y, sobre todo, El callejón de los milagros–, el lector se sorprenderá encontrando, a pesar de la naturaleza fragmentaria de Los sueños o acaso gracias a ella, un compendio de la mirada mahfuziana sobre el mundo: ahí están lo cotidiano y lo absurdo, las preocupaciones políticas, su insobornable nacionalismo, el miedo a la invasión de su país y al terrorismo, el recuerdo de amigos y profesores de juventud, incluso personajes de sus propias novelas que cobran vida y asumen insólitos roles… Y cómo no, las mujeres, siempre las mujeres, cuya belleza escuece y quema por las callejuelas del tiempo y la memoria.

En esta breve muestra que ofrece M’Sur en exclusiva, encontramos también figuras inquietantes, como las Rayya y Sakina que se citan en el sueño 13, mujeres maduras que antes de ser detenidas en 1921, participaron en el asesinato y robo de numerosas jóvenes en Alejandría. En los sueños 72 y 73, el autor saca a relucir su buen humor para evocar algunos personajes de su vida real, a los que pudorosamente identifica solo con iniciales. El sueño 170 confronta sutilmente patriotismo y represión, bajo el feroz recuerdo de los manifestantes egipcios abatidos por soldados británicos en la revolución de 1919, cuando él era un niño. El sueño 206, que vio la luz póstumamente, anticipa el fallecimiento de Mahfuz.

El espléndido prólogo de Raymond Stock, donde se nos facilitan estas y otras muchas claves, señala que el Naguib Mahfuz de Los sueños se inscribe en la estela de un Abu Ali ibn al-Banna, el gran contador de sueños del Bagdad del siglo XI. No obstante, a pesar de su conocida inclinación al clasicismo, resulta inevitable relacionar el esfuerzo de estos escritos con los de otros escritores de su tiempo: desde el Borges del Libro de los sueños hasta los de Fernando Quiñones, escritos, como los del maestro egipcio, durante la convalecencia previa a la muerte, podríamos hablar de una arraigada tradición que atrajo a lo más granado de la intelectualidad del siglo XX: Freud, Jung, Adorno, Benjamin, Walser…

Ni aquel sicario a las órdenes del jeque Omar Abd al-Rahman –amigo de Osama Bin Laden y hoy condenado a cadena perpetua en EE.UU. por su implicación en el 11-S–, ni las diversas complicaciones de salud que sobrevinieron, pudieron acallar la voz de Mahfuz, ni abolir su capacidad para soñar. En las 200 noches largas de este libro perdura, viva y palpitante, una parte de la mejor literatura árabe de ayer y siempre. Y de paso, recuerda a las generaciones venideras la necesidad de seguir consignando los propios sueños, para que no se desvanezcan en un abrir y cerrar de ojos.

[Alejandro Luque]

Los sueños  

Sueño 13

 

Era el aeropuerto. El ambiente estaba cargado de sonidos e idiomas diversos. Las mujeres, terminados todos sus preparativos, esperaban quietas. Me acerqué a ellas, regalando una rosa envuelta en papel de plata a cada una.

—Que tenga buen viaje… rezaré porque todo salga bien —dije.

Me dieron las gracias, sonriendo, mientras una de ellas decía:

—Es una misión agotadora, y llevará años y años que salga bien.

Entendí lo que quería decir, y el miedo me atenazó el corazón. Intercambiamos miradas silenciosas de despedida, mientras los viejos tiempos pasaban ante nuestros ojos. El aeroplano se movió: mi vista lo siguió hasta que la nave se perdió en el horizonte. Cuando volví a la sala de espera, lo único que conseguí recordar era que deseaba encontrar una estafeta de correos.

Era como si hubiera venido con ese único objetivo. Oí una voz que susurraba:

—¿Busca una estafeta de correos?

Desconcertado, miré en su dirección… y me encontré con una chica a la que no había visto nunca. Le pregunté quién era.

—Soy la hija de Rayya. Puede que te acuerdes de Rayya y Sakina.

Con un pánico creciente, contesté:

—¡El recuerdo me aterra!

—Si buscas la estafeta de correos —aconsejó—, entonces sígueme.

Y —con el mayor espanto— hice lo que decía.

 

Sueño 72

 

La antigua casa de Abbasiya estaba llena de aves migratorias —mis hermanos y mis hermanas— el día que nos habíamos puesto de acuerdo en ir a ver a nuestra madre. Quisieron tomar el pescado que preparaban en el famoso restaurante cercano.

Fui inmediatamente al restaurante y lo pedí, y encontré que todas las mesas estaban llenas menos la más próxima a la puerta. Me dirigí a ella, me senté en un extremo y esperé. Entonces una mujer de unos sesenta años, acompañada de otra más joven de unos veinte, se acercaron y se sentaron a la mesa. El camarero vino con platos de tajin.

De modo inesperado, la mujer mayor me invitó a compartir su comida. De modo igualmente inesperado, acepté la invitación en silencio y me puse a comer de su comida. El camarero no tardó en traer envuelta la comida para los de nuestra casa, así que la agarré me levanté y me fui sin dar las gracias ni disculparme. Cuando salía del restaurante, vi a cierta distancia a mi amigo ya fallecido, A. Sh., y me quedé encantado. Impulsado por una excesiva cortesía, le ofrecí el paquete. Sin pronunciar palabra, él lo agarró con impaciencia antes de meterse por una puerta abierta… que cerró con llave detrás de sí.

Asombrado por su comportamiento, no tuve más elección que volver al restaurante y encargar la comida de nuevo. Cuando el camarero trajo unos dulces a la señora y su joven acompañante, me invitaron a compartirlos con ellas; lo hice sin dudarlo.

La mujer me contó que le apetecía ir a Shari Bayn al-Sarayat, pero que no sabía cómo llegar allí. Acepté acompañarla y los tres anduvimos por las calles de Abbasiya. Nos fuimos haciendo amigos por medio de un intercambio de agradecimientos y conversaciones de diverso tipo hasta que nos pasamos Shari Bayn al-Sarayat sin que yo me diera cuenta.

También olvidé la comida que me estaban preparando en el restaurante… lo mismo que olvidé a los hombres y las mujeres que me esperaban en la antigua casa de Abbasiya.

Sueño 73

 

Vuelvo a la antigua casa de Abbasiya y estoy evidentemente molesto porque mis críticas sobre que se pintasen las paredes y se arreglase la madera del suelo y los muebles no habían tenido efecto.

Entonces, desde el extremo más alejado de la casa, la voz de mi madre dice en un tono dulce y agradable que es hora de que salga a buscar un piso nuevo que me guste.

Llegado a ese punto, el tiempo y el lugar cambian y me encuentro en un gran vestíbulo con muchas habitaciones y personas. Su aspecto me recuerda el de un organismo gubernamental. Eso lo confirma la llegada de mi fallecido compañero de trabajo, H. A., que me informa de que el ministro ha pedido verme. Salí disparado de inmediato hacia el despacho del ministro y, pidiendo disculpas, entré en él… y encontré el comportamiento del hombre distinto del habitual, pues no sonreía. Dijo que había soñado con mis críticas a la revolución y su líder, que estaba profundamente herido. Le dije que me consideraba completamente entregado a los principios de la revolución, y no era de los que se oponían a ella… aunque también deseaba siempre que llegara a realizarse plenamente y se evitaran tropiezos y retrocesos.

De nuevo fui llevado a través del tiempo y el espacio hasta que era un niño que andaba por la plaza Bayt al-Qadi. Un amigo de mi edad me invitó a la boda de su hermano mayor. Dijo que su hermano había invitado a Saad Zaghlul para que oficiara en la ceremonia y diera sus bendiciones… y que el gran hombre había aceptado, prometiendo asistir. Completamente desconcertado, le dije:

—Incluso más importante que ser primer ministro en la actualidad es que Saad Zaghlul es el líder de la nación. Y lo que es más: tú no estás entre sus parientes o sus camaradas en la lucha.

—Saad es sin duda el líder de la nación —replicó el chico—, y elige a gente sencilla a la que apreciar. —Y añadió que ya lo vería por mí mismo.

En la fecha prevista fui a la fiesta de la calle Púrpura, donde mi amigo me condujo a una habitación. Allí —en el puesto de honor— vi a Saad Zaghlul, vestido de maestro de ceremonias, y que mi amigo se sentaba con él. Los dos entablaron conversación, riéndose mucho juntos. Estaba tan desconcertado por lo que veía que aquello quedó arraigado en mi interior para siempre.

Sueño 170

 

Restauré la vieja casa en que he nacido, y cuando los trabajadores terminaron, me dirigí a ella y recorrí sus habitaciones pasando revista a mis recuerdos.

Salí a la terraza. Por entre las ranuras de su celosía vi la plaza Bayt al-Qadi, con la comisaría de Gamayila y todo lo que había en ella: la fuente pública de agua y los árboles de la Barba del Pachá.

En ese momento oí alboroto dentro… y vi a mis compañeros de infancia, a los que Dios se había llevado, corriendo alegremente hacia mí. Después cantaban los himnos patrióticos de nuestra juventud, cuando un agente acompañado de soldados irrumpió en la casa.

Todo quedó en silencio cuando el hombre me preguntó qué habíamos estado cantando. Yo dije que, aparte de mí, allí no había nadie. De modo que registraron la casa, antes de llevarme a la comisaría… donde me acusaron de ocultar a delincuentes en busca y captura y de incitación al derrocamiento del régimen en el poder.

Más tarde el abogado me dijo:

—No se preocupe: no tienen nada contra usted.

Pero yo estuve lejos de quedarme tranquilo.

 

Sueño 206

 

Yo estaba poniendo la mesa y los invitados se encontraban en la habitación de al lado. Me llegaban sus voces… las de mi madre, y las de mis hermanos y hermanas… mientras, entre tanto, el sueño me dominó.

Durante un momento fui presa del terror, antes de recuperar la memoria. Recordé que todos se habían ido a morar cerca del Señor… y que yo había asistido a sus entierros, uno después de otro.

 

 

© Naguib Mahfuz · 2010 | © Traducción: Mariano Antolín Rato [Cedido por Alianza Editorial · Abr 2014].

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