¿Quién mató a Munir?

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 10 Abr 2014

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Munir conversaba con unos amigos en la plazoleta del Príncipe cuando vio aparecer a los encapuchados desde varias esquinas. Instintivamente echó a correr, porque todos los vecinos del barrio conocen los peligros de una balacera. Lo que acaso nunca pudo imaginar es que él fuera el objetivo a abatir. Un disparo en el pecho puso fin a su vida cuando contaba tan solo 20 años de edad. Los sicarios lo habían confundido con otro.

En el multitudinario entierro que tuvo lugar en el cementerio de Sidi Embarek, en las colinas de Ceuta, las peticiones de justicia, las exigencias de detener a los culpables y de reforzar la presencia policial en el barrio eran un clamor. ¿Quién mató a Munir El Mgharbi? Obviamente, quienes abrieron fuego. Y en segunda instancia, quienes dieron la orden de actuar de tal modo, quizá como parte de alguno de los frecuentes ajustes de cuentas entre bandas narcotraficantes ceutíes que cada tanto salpican de sangre las portadas de los periódicos.

Sin embargo, mal haría la ciudad si se quedara en el pórtico del crimen, con todo su terrible dramatismo, y no llegara hasta el fondo de la cuestión: hay demasiadas armas en Ceuta. Y donde hay armas, hay dedos que las disparan, a veces por accidente, otras por arrebatos pasionales, también por planes minuciosamente estudiados. En todos los casos se siegan vidas, o cuando menos se pone en peligro la de toda la población. Pocos mecanismos son más simples que el de un gatillo. Y lo sucedido no habría dejado de ser un asesinato a sangre fría si, en lugar de este estudiante del instituto Siete Colinas, los pistoleros hubieran acertado a su presa real.

Hay demasiadas armas en Ceuta. Y donde hay armas, hay dedos que las disparan

No olvidemos que el asesinato de Munir viene precedido por la detención de un delincuente de 25 años que causó heridas de bala a un vecino del mismo barrio del Príncipe apenas unos días antes, y que al ser detenido portaba una pistola Star, un revólver y dieciséis balas. Pero también por el caso de un sargento del ejército que, unas semanas atrás, le descerrajó seis tiros al compañero de su expareja antes de entregarse a la Guardia Civil. Quienes creen en los milagros, atribuyen a uno el hecho de que la víctima siga viva.

Esta vez no procede recurrir al eterno chivo expiatorio, el salvaje Marruecos: el país vecino posee una legislación restrictiva como pocas respecto al uso de armas de fuego. Tampoco sirve seguir hablando del Príncipe como una suerte de pedanía de Ceuta, a la que siempre hubiera que echar de comer aparte. El fenómeno, como ha apuntado el rotativo El Pueblo, está directamente vinculado a robos realizados en la propia ciudad autónoma. ¿A quién? Como es lógico, a quienes tienen pistolas: las fuerzas del orden.

La progresiva desmilitarización de Ceuta no ha impedido que muchos militares, policías y guardias civiles sigan detentando más armas de las que corresponden al estricto ejercicio de sus funciones, aun después de jubilados o en reserva. El hecho de que no todas estén registradas, y de que no todos los robos sean denunciados en aras de evitar eventuales sanciones, ha contribuido sin duda a la merma de la seguridad ciudadana.

Algunos lo han definido como ‘mexicanización’ de Ceuta, pero se antoja más bien una tibia ‘americanización’ de la ciudad

Desde luego, no se trata de criminalizar directamente a estos sufridos cuerpos, pero sí de señalar la parte de responsabilidad que les corresponde. La concentración de vecinos convocada para hoy, 10 de abril, bajo el lema ‘Contra la inseguridad’ no puede limitarse a reivindicar más vigilancia sobre las personas, sino también sobre los instrumentos más dañinos para éstas.

Lo que algunos, con evidente alarmismo, han definido como ‘mexicanización’ de Ceuta –por suerte, aún estamos lejos de un fallo total del sistema parangonable al de este país– se antoja más bien una tibia ‘americanización’ de la ciudad, y no necesitamos que venga Michael Moore, como en Bowling for Columbine, para avisarnos de que allí donde hay armas hay diablos dispuestos a cargarlas.

El mejor homenaje que puede hacerse a Munir, y a todos los inocentes caídos en circunstancias similares, es un gran pacto social contra las pistolas. Es ahí, más que en ningún otro sitio, donde corresponde poner el punto de mira.

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