Amaneser en Estambul

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 5 May 2014

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Emel Benbasat en la oficina del Sentro de Investigasiones sefardí en Estambul (2014) | © Ilya U. Topper
Emel Benbasat en la oficina del Sentro de Investigasiones sefardí en Estambul (2014) | © Ilya U. Topper

Estambul | Mayo 2014

Un día llega una nave al puerto de Salónica, los marineros van por los cafés y uno se enamora de una muchacha sefardí. Ella habla con su familia y lo invita a casa a cenar el día del shabat y el mancebo también le cae muy bien al padre. Pero queda una duda respecto al futuro yerno y el padre se va a consultar al haham [rabino]: Mire, le dice, mi hija se ha echado novio y es un chico muy educado, yo los casaría, pero lo que me extraña es que no conoce nuestros ritos, no sabe ni la más simple oración de shabat. No entiendo como puede ser.

El haham se interesa por las circunstancias y concluye: Está claro, este chico es cristiano.

No puede ser, replica el padre. ¡Habla perfectamente judeo!

Hubo que explicarle al padre que el idioma judeo, más conocido como español, lo hablan muchas personas en el mundo, sin ser judíos.

El chiste lo cuenta Eliezer Papo, sefardí nacido en Sarajevo e investigador de la Universidad Ben Gurión del Neguev. Ilustra a la perfección cómo los sefardíes del Mediterráneo Oriental, desde Bosnia a Grecia y Anatolia, habían ido creando una cultura propia, manteniendo inalterable su lengua como seña de identidad, pero en gran parte sin vínculos ya con aquella España que los expulsó en 1492.

Hay quien mantiene vivo el recuerdo. Es posible encontrarse en Estambul a sefardíes que, al escuchar hablar español en el tranvía, se presentan con las palabras: “Hola, mi familia es de Valencia. Vinimos de allí hace quinientos años”. Hay quien lleva con orgullo apellidos como Toledo, Seviya, Bejar o Benveniste. Pero para muchos, la existencia de España es algo que se aprende en clase de geografía, insiste Karen Gerson Sarhon, directora del Sentro de Investigasiones sovre la Kultura Sefardi -así se escribe en la ortografía del judeoespañol, también llamado ladino-.

«¡Cómo se van a acordar de España los sefardíes tras cinco siglos! Son mitos», dice la socióloga Karen Gerson Sarhon

“No es verdad que los sefardíes recordasen España. ¡Cómo se van a acordar después de cinco siglos! Los que tuvieran apellidos de ciudades sí pueden saber su origen, pero los demás no tenían ni idea; durante siglos no sabían ni donde estaba España. Pensaban que todo aquel que hablaba español era judío”, afirma la socióloga y lingüista. “Entonces no viajaban tanto, eran comunidades muy cerradas”.

La ley del retorno, discutida

Por eso, a Sarhon no le agrada mucho el revuelo que se ha organizado alrededor de la reforma de la ley del retorno, que facilita el acceso de los sefardíes a la nacionalidad española. “Sí es verdad que mucha, muchísima gente va a pedir el pasaporte. Pero es sólo por el pasaporte. Tampoco tienen interés en ir a vivir a España. Sólo para viajar. Un pasaporte español es algo mucho más valioso que uno turco”, asegura.

“Ahora lo de la nacionalidad española es todo palabrería. Lo de llevar las llaves es todo una tontería, están más que oxidadas, ¿tú ves lógico que alguien conserve una llave durante tantos siglos?  Son mitos, y estos mitos que se están creando no me gustan mucho”, concluye Sarhon.

Otros sí le dan cierto valor emocional a la ley. “Es una forma de reconocer un error cometido en aquel momento histórico, y aunque sea muchos años después, es una forma muy civilizada de reconocerlo; eso es muy importante para mí”, dice Sylvie, una mujer sefardí de unos 40 años, que trabaja como gerente en una empresa turca y que pide no utilizar su nombre real, “por razones de intimidad”.

La nueva ley del retorno solo cambia en que ya no hace falta renunciar a la nacionalidad original para recibir la española

Sylvie ya solicitó el documento rojo hace varios años, pero aún no lo ha recibido. “Esperemos que ahora, con la reforma, vaya más rápido”, dice. Sabe que el cambio de la ley, pese a airearse en la prensa española como si se tratase de una novedad, apenas modifica un detalle:  ahora ya no hace falta renunciar a la nacionalidad original en el momento de recibir la española.

Antes ¿habría trocado su pasaporte turco por el español? Sylvie levanta los hombres. “Lo habría decidido cuando llegara el momento”. No tiene previsto, en todo caso, irse a vivir a España. Pero poder viajar libremente por Europa es un motivo fundamental para acogerse a la ley del retorno. Al menos, mientras solicitar un visado Schengen siga suponiendo meses de espera y papeleo para cualquier ciudadano turco.

“El Gran Rabino de Turquía y el presidente de la comunidad sefardí recibieron la noticia de la reforma legal de forma muy positiva. Hay un gran interés y hay muchas llamadas de ciudadanos que quieren informarse”, confirma Pablo Benavides, cónsul español en Estambul. “Ahora mismo tenemos unos 4.000 casos en fase de trámite, solicitadas bajo la antigua ley. Tardan bastante, la burocracia puede durar unos cinco años, y veremos si con la nueva ley se acelera”, añade.

“No ha habido colas en la puerta; muchas llamadas para informarse, sí. Pero todavía no es la fase de aportar documentos. También se pueden renovar las solicitudes ya echadas para que se tramiten bajo la nueva ley. Lo que está claro que tendremos mucho más trabajo a partir de ahora”, vaticina el cónsul.

«No ha habido colas en la puerta; muchas llamadas para informarse, sí», dice el cónsul Pablo Benavides

El factor fundamental para pedir la nacionalidad, tanto bajo la ley actual como bajo la proyectada, es acreditar que uno es sefardí. “No judío, sino sefardí”, recalca Benavides. “Para ello hace falta un certificado del Gran Rabino de Turquía.  Eso sí, la mayoría de los judíos en Turquía son sefardíes”, acota. “Luego, si se quiere, se pueden aportar documentos complementarios, que demuestren la vinculación con España, pero lo esencial es el certificado del rabino. No se pide que el o la solicitante hable ladino”, especifica.

Emel Benbasat, también miembro del Sentro de Investigasiones, coincide con Sarhon en que “la mayoría de los sefardíes pedirá la nacionalidad para tener el pasaporte. Es sólo eso. El pasaporte”. ¿Interesa todavía tanto, con España en crisis?  “En crisis aquí hemos estado siempre”, responde Benbasat. Pero España tiene buena fama. “A Israel no se quiere ir nadie de los que estamos aquí, no. A España sí”. Sarhon tiene una visión más despegada: “A Israel siguen emigrando. Cada vez que la política va a peor o la economía, hay gente que va a Israel. Ahora también. La gente, si no tiene qué comer, se va a Israel”.

La mayor comunidad del mundo

La gran mayoría ya se ha ido. En 1927, el censo de la recién fundada República de Turquía arrojaba la cifra de 81.000 judíos. Hoy quedan entre 15.000 y 18.000, casi todos sefardíes, según las estimaciones del Sentro de Investigasiones. Aún así, es la mayor comunidad sefardí del mundo con diferencia, frente a los 5.000 que quedan en Bulgaria, los alrededor de 4.000 en Grecia, unos 1.000 en Bosnia y quizás otros mil en Marruecos.

A estas cifras hay que sumar muchos miles de descendientes de sefardíes en Israel, pero en este país no se diferencia entre sefardíes y mizrajíes, es decir judíos arabófonos del Magreb, que siguen la liturgia religiosa sefardí. La confusión llega hasta el punto de que la prensa israelí publicó algunas especulaciones sobre el número de beneficiarios de la ley española, que contabilizaba como “sefardíes” a los millones de mizrajíes del país.

Quedan numerosas sinagogas en Estambul, pero pocas funcionan de forma regular, como la Neve Shalom en el barrio de Galata, debajo de la famosa torre. Allí también se realizan encuentros culturales, como la tarde de humor sefardí, organizada por Garson, a la que acudió Eliezer Papo, pero también el humorista estambulí Jojo Eskenazi. El espectáculo de este cómico arranca carcajadas a medio centenar de asistentes, pero hay que ser de Estambul para entenderlo: Eskenazi mezcla numerosas palabras en turco en los diálogos que escenifica, un fiel reflejo del habla local.

Quedan numerosas sinagogas en Estambul, aunque pocas funcionan de forma regular

Papo, en cambio, habla un judeoespañol “estándar”, sin los turquismos pero también sin los préstamos del serbocroata que salpican el habla de los sefardíes de Bosnia  “Es más o menos como el ladino que se habría escuchado si unos señores sefardíes de Estambul se encontraban con los de Salónica y Sarajevo”, explica. Se le entiende perfectamente.

En Turquía, el uso cotidiano del ladino se fue abandonando a mediados del siglo XX y hoy sólo los muy ancianos lo hablan como lengua materna. “Ya únicamente lo entienden los mayores de 50 años y lo hablan los mayores de 70 años”, precisa Sarhon. “Los que nacieron después de 1945 ya no aprendieron ladino como idioma materno”. Ella tampoco: “Mi idioma nativo no es el ladino. En mi familia se hablaba francés y algo de ladino, pero yo crecí con el francés. El ladino lo aprendí como segundo idioma, a la vez que el turco”, detalla.

Este cambio de idioma para toda una comunidad se debió al trabajo de la Alianza Israelita Universal, una iniciativa lanzada en 1860 por el abogado y político francés judío Adolphe Crémieux con el objetivo de mejorar la situación de las comunidades judías norteafricanas y mediterráneas mediante la educación. “En el siglo XIX establecieron numerosas escuelas en todo el Imperio Otomano para llevar el progreso a los judíos y los escolarizaron en lo que era la lengua de cultura de entonces: el francés. No tuvieron ningún interés en mantener vivo el ladino, les parecía de atrasados y ellos querían llevar la Ilustración”, narra Sarhon.

Cuando se fundó la República de Turquía, en 1923, los judíos, reconocidos como minoría religiosa, tenían la opción de crear una red de colegios propios, al igual que hicieron armenios y griegos. “Pero no se aclararon en qué idioma se haría la enseñanza. Todos los libros de colegio que tenían eran en francés. El hebreo nunca se usaba más allá de los textos religiosos. Pero el francés no es la lengua de los judíos… así que decidieron integrarse en el sistema de educación público y adoptar el turco”. Ya era hora, después de 500 años, pensarían.

La comunidad adoptó el turco al integrarse en el sistema educativo, condenando a la extinción al judeoespañol

La decisión condenó prácticamente a la extinción el judeoespañol como lengua viva. Sylvie aún aprendió ladino en su infancia, pero hoy, también ella se expresa en el castellano moderno que aprendió en unos cursos. Al igual que Emel Benbasat, que ha estudiado español y lo habla con fluidez, un caso muy común entre los jóvenes sefardíes de Estambul. Pero es una decisión personal. “Hablamos turco y vivimos como los demás turcos. En la comida sí hay algunas diferencias, tenemos platos propios”, señala Benbasat.

No faltan esfuerzos para rescatar la herencia cultural sefardí. Existe una importante literatura en ladino, escrito en rashi, una derivación del alfabeto hebreo ya realizada en la época española, y el Sentro de Investigasiones alberga una amplia biblioteca. Karen Sarhon es la fundadora del grupo musical ‘Los Pasharos Sefaradis’, especializado en aprender y tocar las centenarias canciones sefardíes. Desde 1978, el grupo ha dado más de 300 conciertos, ha publicado ocho álbumes y tiene un repertorio de 400 canciones. Y Sarhon no duda en arrancar a cantar una ‘kantika’ cuando organiza una tarde cultural: “Todo bueno tengo, marido viejo tengo / de ver a los mansevos m’enamoro yo…” La j se pronuncia a la manera portuguesa, como la y.

Publicaciones propias

Además, el Sentro publica el semanario Salom, escrito en turco, pero acompañado cada mes por el suplemento cultural El Amaneser, con 24 páginas en ladino, con su ortografía fonética desacostumbrada, pero inteligible sin problemas para un lector español. Todas las publicaciones sefardíes, de Sarajevo a Israel, usan esa misma ortografía, estandarizada en Estambul, subraya Benbasat.

El abandono de la lengua y, con ella, la particularidad sefardí puede ser una pérdida desde el punto de vista cultural, pero quizás fuera el precio a pagar para alcanzar una mayor libertad social, opina Sylvie. El colectivo sefardí tradicional era muy cerrado, especialmente en lo que a derechos de las mujeres se refiere, y de haberse mantenido esta cultura y lengua en una especie de gueto, las jóvenes no lo habrían tenido tan fácil para salirse del ámbito familiar y decidir con libertad sobre su vida, reflexiona.

Nadie tiene quejas de la convivencia con la mayoría musulmana, aunque se adoptan medidas de seguridad

Sylvie recuerda su paso por el sistema de educación público – en los años 70– como una época sin tensiones. Entre sus mejores amigas figuraban musulmanas y cristianas y las niñas se invitaban mutuamente a casa. No habría sido raro que se acabara casando con un chico musulmán, aunque su marido es sefardí como ella.

Nadie tiene quejas de la convivencia con la mayoría musulmana. Eso sí, la oficina del Sentro de Investigasiones, un piso superior en un edificio nada destacado del barrio de Nisantasi, no lleva letrero abajo, y el portero es un guardia de seguridad que examina a conciencia, aunque sin perder la sonrisa, los credenciales de cualquier visitante. Una pesada puerta de hierro aisla el último tramo de la escalera. ¿Tantas medidas? “Sí, hay mucha seguridad ahora, desde el atentado contra la sinagoga”. Benbasat se refiere al ataque de 2003 contra el templo de Neve Shalom, atribuido a Al Qaeda. “Ahora tenemos miedo”. Pero es un miedo difuso, sin enemigos reales. “Nunca hay agresiones directas, no hacen pintadas en la pared, ni nada de eso”, confirma la joven.

La religión pesa poco en la vida de los sefardíes. “Hay dos restaurantes kosher en Estambul. La gran mayoría de los sefardíes no come kosher. Yo sí intento hacerlo. Pero por lo general nadie es muy religioso”, dice Emel Benbasat.  Efectivamente: en la sinagoga de Neve Shalom se respira un ambiente más bien abierto. Aunque las mujeres se sienten arriba y los hombres abajo, como es tradición, ellas – todas – llevan la cabeza descubierta. Durante la celebración del Día del Holocausto en el recinto, numerosos hombres prescinden de la kipa, el gorrito judío, y la ceremonia concluirá con la actuación de una joven violonista.

El espíritu religioso de los sefardíes de Estambul lo refleja a la perfección el dibujante satírico Irvin Mandel, miembro de la comunidad sefardí, aunque de origen asquenazí, en su tira “La Famiya Mozotros”, publicada en turco pero traducida al ladino por Karen Sarhon en lo que sería hasta hoy el único cómic en judeoespañol. En una viñeta, cuatro señoras, algo rebosantes en el bañador, charlan en la playa. “Ijikas, ¿ya meldadesh (leísteis) el anunsyo en el Salom? De agora en delante cuando mos vamos a ir al kal (sinagoga), no ay vistir kozas inapropriadas”. Todas asienten. “Un karar (decisión) muy djusto”. “Si, si, muy djusto”. “Ah, en kada vez mos patladavamos (estallábamos) para metermos vistidos dekolte (escote) i mini”.

Puede que las cosas cambien. “Últimamente tenemos aquí también al Chabad. Desgraciadamente”. Benbasat se refiere a la secta fundamentalista asquenazí también conocida como Loubavitch, fundada en el siglo XVIII en Lituania y hoy coordinada desde Nueva York, cuya misión consiste en extender la observancia de los ritos judíos, aparte de apoyar la expansión de Israel.

En el ladino no se conoce la palabra ‘goy’ (gentil, no judío), esencial en la cosmovisión asquenazí

Los asquenazíes no tienen especialmente buena fama entre los sefardíes, que les han puesto el mote poco cariñoso de wus-wus. “Por su forma de hablar”, explica Sarhon. Y cuenta otro chiste sobre una señora sefardí a la que se le muere el marido y tiene grandes problemas en encontrar una funeraria que le atienda: en cuanto pronuncia el nombre del difunto, Salomón de Toledo, la respuesta invariable es: “Ah, lo sentimos, somos de la comunidad asquenazí y no enterramos a sefardíes”. Al final, la señora da con una empresa sefardí que no quiere ni saber el nombre del marido: “No se preocupe. Aquí enterramos a todos. A los sefardíes por deber. Y a los asquenazíes por placer”.

Es otro mundo, afirma también Eliezer Papo. Subraya la enorme diferencia entre el humor asquenazí y el sefardí: la figura protagonista de los chistes sefardíes es Yoha, un personaje que se encuentra en la tradición popular, también la musulmana, desde Marruecos a Egipto, y que puede aparecer bajo cualquier identidad. “De Yoha no se sabe qué religión tiene. En algunos episodios realiza ritos judíos, en otros es derviche, o sea musulmán, en otros cristiano. Mientras que el héroe de los chistes asquenazíes siempre es judío, Yoha pertenece a un mundo de una cultura compartida”, analiza el sociólogo. En el ladino, añade, no se conoce la palabra ‘goy’ (gentil, no judío), tan fundamental en la cosmovisión asquenazí. La cultura sefardí distingue entre judíos, cristianos y musulmanes y cuantas más religiones haya alrededor, pero no existe un concepto que englobe a todas las sociedades del mundo frente al judío.

Concluye el chiste de la muchacha de Salónica que al final no se pudo casar con el marinero español. Le buscaron un novio de una familia asquenazí, y todos estaban contentos, menos la abuela. “No lo entiendo –se queja a su hijo- ¿a aquel judío no le quisiste dar tu hija y a este tedesco (alemán) sí?”

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